Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

El capitalismo ha logrado engañar a las nuevas generaciones, haciéndoles creer que es asunto de embrutecimiento y consumo. Y los medios por los que navegan los viejos ideales son usados por una mayoría: Facebook y WhatsApp.


Los modos de producción capitalista han creado también formas de ser revolucionario. Pero sus modelos han dejado de ser los obreros, estudiantes o luchadores en las calles. Trotsky o el Che quedaron relegados. Ahora el revolucionario parece moverse como el espíritu hegeliano, sin tiempo ni espacio. O mejor, proponen cambios en universos digitales. El capitalismo ha condicionado espejismos de cambio desde WhatsApp y Facebook. Y los contenidos del nuevo Manifiesto Comunista son pequeños Tips. El capitalismo ha inducido a los nuevos revolucionarios a creer que vale más una pataleta ofensiva que una ideología. Y el resultado de semejante metamorfosis son muchachos que se cepillan con Colgate, toman Coca-Cola y pueden pasarse cuatro horas en sus smartphone mirando sus propias caras.

Una muchacha universitaria cree que la igualdad comienza haciendo igual nuestras vulgaridades. Cerrar brechas es cerrar distancias y hablar de tú a tú. Valen igual el idiota y el sabio. Cree que las revoluciones son actos de insurgencia simbólica y que todos somos iguales bajo la cama. La misma que proclama revoluciones expone la necesidad de aprendernos el manual de buen comportamiento. Nuevas generaciones que han invertido los principios de Frida Kahlo, Eva Perón o Simone de Beauvoir. El capitalismo ha logrado engañar a las nuevas generaciones, haciéndoles creer que es asunto de embrutecimiento y consumo. Y los medios por los que navegan los viejos ideales son usados por una mayoría: Facebook y WhatsApp.

Los medios de producción y las mercancías ingresaron en el siglo XXI a las relaciones de oferta y demanda global. Y las masas alienadas de las cuales hicieron crítica Feuerbach, primero, y luego Marx, son ahora cientos de estúpidos consumidores de basura informática. El capitalismo ha socavado los mismos lugares de la conciencia revolucionaria. Esos cerebros de universitarios reducidos a la nada por cuenta del plasma digital. Una estudiante lograba celebrar su paso de cuatro a seis horas chateando con sus amigas. Y otro, sus engañosas trampas para presentar exámenes. Semejante devaluación en el mundo de la experiencia juvenil cumple un viejo presagio de Nietzsche: el nihilismo. Esto significa un mundo sin valores, o su equivalente; un mundo en donde todo vale, y nada vale.

Salir de los estrechos moldes: educación, familia, ideologías para dinosaurios, tradiciones y cultura es uno de los desafíos de un espíritu libre. A mi me duele encontrar muchachos que son revolucionarios con sus lenguas, pero mentalmente reaccionarios. Porque su revolución es imaginaria. Y mientras uno no piense por sí mismo (Kant) sus dudas (Descartes) no alcanzarán las dimensiones del cambio que necesitamos para este mundo (Gramsci).

En Colombia hay regiones conservadoras, godas y tradicionales (Santander y Antioquia, por ejemplo) en donde las revoluciones son espejismos ilusos y no una manifestación colectiva de resistencia. En estos territorios hay muchos que reclaman cambios sociales, pero llevan camándulas y manuales de normas. Y los muchachos quieren cambiar el mundo, pero no cambian ellos mismos. La excepción revolucionaria en estos lugares siempre son los de abajo: negros o mestizos excluidos.

Una masificación (Canetti) atolondrada de revolucionarios de papel (Benjamin) que mientras grita permanece sedentaria frente a la pantalla de su smartphone, jugando con sus caras bonitas en Facebook, Instagram, WhatsApp o Twitter. Y luego, en escenarios públicos, representando sus represiones psicológicas. Esa celebración narcisista de las nuevas revoluciones es en el fondo una enfermedad contagiosa. Aquí prevalece la mediocridad (Schopenhauer).

Yo creo que una forma de rebelarse contra esta epidemia es provocar, primero, un cambio profundo en nosotros mismos. Nacer de nuevo (anti–Nietzsche) y cumplir un acto revolucionario en nuestras neuronas, es decir, en nuestros cerebros. Confrontar ideas con quienes tienen ideas (Keynes) y obtener nuestra ciudadanía mental (Hayek). Lograr semejante cambio requiere regresar al tiempo lento de muchas, muchas lecturas, reflexiones, meditaciones. Y espacios abiertos de la naturaleza, menos tecnologías, menos celulares, menos pantallas digitales.

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