Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

La criminalidad relacionada con carteles que distribuyen la coca a nivel local es más temeraria y asesina que la cadena del negocio a nivel internacional.


Mientras se mantenga la demanda por drogas desde el mercado más grande del mundo, Estados Unidos; la cadena de la oferta: cultivos, producción, procesamiento y cargamentos, que van desde América del Sur pasando por Centroamérica, va a continuar. La geografía colombiana, con sus territorios amparados por bandas criminales, protegen un negocio redondo con el que sobornan a funcionarios y poderes regionales. La cocaína viaja por estos países sin mayores barreras de control, El Salvador, Honduras y Guatemala hasta llegar a México.

Pero los mercados del capital de drogas viene cargado también con muertos, asesinatos, masacres y venganza. A su paso por América Latina, los negocios de la cocaína han sido una causal de las guerras. La violencia cobra vidas en ciudades capitales e intermedias. El Instituto de investigaciones Igarapé en Brasil, arroja datos de estudio clasificando las cincuenta (50) ciudades más violentas del mundo [1]. En 43 ciudades de América Latina se concentran los mayores índices de asesinatos a nivel mundial. La guerra declarada entre pandillas por territorios urbanos, las fronteras invisibles entre los barrios, debilidad institucional y poca seguridad contribuyen a subir la escala y el registro de muertes causadas por la violencia.

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Según el trabajo de los investigadores, los países en la parte superior de la tabla no ha cambiado. Entre 2015 y 2016, El Salvador y su capital fueron los lugares más violentos del mundo. Aunque datos recientes reportan una leve mejoría: la tasa nacional cayó de 103 crímenes por cien mil personas en 2015 a 91 el año pasado. Y San Salvador redujo sus crímenes de 190 a 137. En cualquier caso esta reducción no es significativa. La fuerza pública en este país tiene un carácter represivo. Mientras que los gobiernos locales se ocupan de ofrecer soluciones sin fondo. Las causas de la violencia homicida permanecen intactas.

En forma análoga, Honduras, según el informe, también ha descendido. En este país, recordemos, San Pedro Sula fue por decenios la ciudad que nadie quería mostrar. Su primer lugar en criminalidad quedó ahora relegado al tercer lugar. En general, es posible advertir que en los países de América Central, la lucha contra la violencia causada por las drogas, la cocaína, o ambas, ha conseguido redistribuir la geografía en mapas, sin proponerse efectivamente prevenir la violencia. En 2015, Acapulco, un balneario de la costa pacífica mexicana, registró 108 homicidios por cada cien mil habitantes. En el informe, México ocupa el segundo lugar.

En México, el fenómeno es reflejo de una tendencia nacional: la tasa global de México aumentó de 14,1 asesinatos por cada cien mil a 17 asesinatos. Esta tasa se ha mantenido durante décadas anteriores. Las cifras en este caso parecen destinadas a mantener la retórica de la lucha contra las drogas y el delito. Seis (6) ciudades mexicanas se encuentran entre las primeras cincuenta (50) ciudades más peligrosas del mundo. No hay señales de inversión. Y este año no parecen mostrarse cambios.

En Colombia, dos ciudades siguen reflejando un estado crítico: Cali y Palmira. Ambas ciudades del Valle presentan problemas de bandas criminales, micromercados de drogas, desempleo y falta de oportunidades entre los jóvenes. En Palmira, la política de contención contrasta con incentivos de la misma policía, involucrada en los mercados dentro de los barrios. La carencia de un programa destinado a mantener controles y estudios de rigor que muestren avances han terminado en medidas de gobierno que no van a la raíz.

Mientras la demanda en los grandes mercados internacionales de cocaína y drogas, Estados Unidos y Europa, sea correlativa a la oferta de los países del sur en América Latina, el negocio seguirá dejando sus muertos de este lado. La criminalidad relacionada con carteles que distribuyen la coca a nivel local es más temeraria y asesina que la cadena del negocio a nivel internacional. En Colombia, ciudades como Cali y Palmira mantienen posiciones críticas. Los alcaldes se mueven entre obras de cemento y votos mientras los barrios se convierten en pequeños microestados.


Referencia:

[1] Instituto Igarapé. Ciudades seguras.

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