Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Como ciencia social, la economía aborda parcialmente la realidad. Una ciencia modesta que debería practicarse con humildad. Y los economistas tienen mayores posibilidades de ser útiles en la medida en que no pretendan resolverlo todo a partir de un método o su modelo.


Hace medio siglo, los debates entre humanistas y científicos sociales estuvieron marcados por preferencias teóricas muy extendidas. Liberales herederos de la traición clásica: Smith, Bentham, Mill; conservadores que adoptaron a Burke, Tocqueville o Chateaubriand y marxistas con Trotsky, Althusser o Foucault. Los movimientos sociales y la lucha política animaba posiciones a favor o en contra de las revoluciones. En Europa y América Latina, los intelectuales se comprometían con grandes causas y los teóricos acusaban las necesidades de cambios estructurales a gran escala.

En Estados Unidos y el Reino Unido, y en general, en países de tradición anglosajona, los mismos debates se traducían al lenguaje del positivismo lógico, la filosofía analítica o las contradicciones entre los universales y el nominalismo. Las profesiones académicas en Cambridge, Oxford, Stanford o el MIT estuvieron ligadas a resolver específicamente problemas en cada disciplina, desinteresándose de las grandes narrativas.

En ese contexto, las disciplinas: historia, antropología, sociología, filosofía, literatura o economía se cultivaron contradictoriamente en unidades de análisis cada vez más reducidas. Después de los años ochenta, las ciencias sociales corrieron la misma suerte que la piel de zapa. Se habían perdido los grandes referentes o los metarrelatos de la modernidad. Foucault o Bourdieu, por mencionar a dos pensadores influyentes, acotaban sus investigaciones en la microfísica del poder o en la sociología de los medios.

¿Y qué sucedía con la economía? Algo semejante. El debate entre neokeynesianos y neoclásicos estuvo dedicado a problemas específicos de la demanda, la teoría de los ciclos o la estanflación. Más aún, con las doctrinas del estado mínimo y la influencia monetarista, las políticas de Reagan y Thatcher encontraron una amplia justificación ideológica. La teoría económica ha oscilado desde entonces en corrientes contrapuestas a nivel macro como a nivel micro.

Algunos de sus críticos juzgan que la economía ha abandonado la teoría social a gran escala al estilo de Adam Smith y Karl Marx. Y el regreso a los grandes temas de la sociedad: desigualdad, pobreza, desarrollo se cree necesario para renovar las condiciones y los desafíos de las sociedades del siglo XXI. Un movimiento significativo de estudiantes desde distintos países aboga porque las facultades y escuelas de economía modifiquen sus programas de cara a los nuevos retos que imponen los problemas contemporáneos. La economía, creen, debería ocuparse de asuntos estructurales.

El debate puede fortalecerse al considerar los modelos de explicación y las teorías usadas en economía por contraste con las ciencias sociales y las humanidades. Según creo, sin embargo, buena parte de la fortaleza de la economía reside precisamente en el análisis a pequeña escala, en el uso de un pensamiento contextual que busca esclarecer las relaciones causales. Pienso también que las distinciones clasificatorias entre la macroeconomía y la microeconomía no sólo no son pertinentes, sino problemáticas dentro de los programas y las facultades de estudios.

Como ciencia social, la economía aborda parcialmente la realidad. Una ciencia modesta que debería practicarse con humildad. Y los economistas tienen mayores posibilidades de ser útiles en la medida en que no pretendan resolverlo todo a partir de un método o su modelo. La búsqueda de leyes universales sobre la riqueza o pobreza del mundo o sobre el funcionamiento de los sistemas capitalistas puede ser ideal pero poco realista al confrontar los mecanismos de explicación que usamos en las ciencias.

Los prejuicios heredados entre humanistas y científicos sociales han prevalecido con consecuencias deplorables. Los humanistas ven a los economistas como profesionales que aplican marcos teóricos simples a problemas complejos. Calculadores e instrumentales, los economistas son los egoístas racionales a quienes hay que tratar como tontos racionales en las ciencias sociales. Esos estudiantes son relativamente buenos en matemáticas y estadística, pero poco saben y son útiles en todo lo demás.

Y los prejuicios en dirección inversa. ¡Los economistas como gremio juzgan como bichos raros a sus colegas sociólogos, antropólogos! Para los economistas, las demás ciencias sociales y las humanidades en general son blandas, indisciplinadas y engreídas, sin polo a tierra, sin base empírica. Poco expertos en las trampas y obstáculos del análisis de datos. Los economistas saben cómo pensar y obtener resultados, mientras que los filósofos dan vueltas en tautologías o círculos especulativos.

Hace medio siglo los debates se fundaban en grandes narrativas. Hoy la discusión sobre la práctica de las ciencias sociales podría mejorar si se presta atención a la argumentación analítica y a las pruebas, que son el punto de apoyo de los economistas. Adam Smith y Karl Marx, tanto como John M. Keynes, ocuparon el firmamento de casi todos los problemas de su tiempo. Usaron más que sus teorías su imaginación y sus ideas para explorar otros mundos posibles. La economía reúne, en realidad, una gran variedad de marcos teóricos en constante evolución, con diferentes interpretaciones sobre cómo funciona la realidad social y diversas implicaciones para el diseño de las políticas públicas.

En Colombia, la compleja realidad: geográfica, poblacional y cultural desafía a los economistas. Trabajar de la mano con humanistas y científicos sociales es más que necesario. A su vez, los no economistas deberían ingresar a los procesos de investigación empírica de la economía para aprender a mejorar sus niveles de análisis.

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