Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

El camino más prometedor que tiene una sociedad para evitar amplias diferencias de autoestima, como es el caso de Judas, sería no tener que sopesar en común las dimensiones de las virtudes o defectos.


Judas Iscariote ocupa una posición singular en la historia. Y muchas páginas han sido escritas alrededor de su personalidad, su genealogía, sus creencias y su lugar entre los discípulos de Jesús. Hay suficiente documentación para verlo como un individuo real, de carne y hueso, tanta como para identificarlo como parte de la mitología. No me interesa entrar en esos detalles. Aquello que representa Judas, igualmente ha sido expuesto por rigurosos estudios de expertos en textos canónicos. Los predicadores usan a Judas desde los púlpitos para mostrar el lado oscuro del ser humano: traición, deslealtad, infidelidad, ambición, avaricia o egoísmo. Si Judas no hubiese existido habría que inventarlo. El salvador necesitaba al condenado para su doctrina. Y digo “necesitaba”, porque el acto de traición suprema fue profetizado por la misma víctima del calvario (Mt 26,14-75).

Pero quiero ofrecer otra perspectiva, una lectura complementaria: Judas el envidioso. No que el Iscariote encarne propiamente el egoísmo racional, preferencias maximalistas o los intereses del Homus economicus. Judas no se parece a un mercader británico con negocios en las Indias Orientales ni a un paretiano liberal. Aunque tiene de ambos. De hecho, el Evangelio de Juan señala un antecedente sobre Judas, era el tesorero y, según este Evangelio, Judas se apropiaba del dinero destinado a los pobres (Jn 12,6). Y tenemos dos características con las que podemos avanzar. Una posición de jerarquía social dominante y el abuso de poder.

Prefiero, sin embargo, concentrarme en la extrañeza de la emoción de envidia. ¿Por qué algunas personas prefieren que otras no tengan una mejor calificación en alguna dimensión en lugar de contentarse con el bienestar de otro? ¿Por qué si no alegrarnos al menos encogernos de hombros? En el fondo, quien es virtuoso representa una amenaza o deteriora la imagen de quien envidia. ¿Cómo pueden las características o las acciones de otros afectar nuestra propia estima? Respuesta: porque nosotros evaluamos lo bien que hacemos algo comparándonos con lo que hacen otros.

Ahora, ¿qué relación tiene esto con Judas Iscariote? Como en muchos otros casos de competencia, Judas concluyó en algún momento que después de todo no era muy bueno ni muy versado en milagros o mensajes evangélicos. Judas encontró que sus parámetros de comparación para hacerlo bien resultaban incomparables con los de su maestro. Por contraste con lo que describe León Trotsky en Literatura y revolución al indicar cómo sería el hombre (con el tiempo) en una sociedad comunista:

El hombre se volverá inconmensurablemente más fuerte, más sabio y más sutil; su cuerpo se volverá más armonioso y sus movimientos más rítmicos, su voz más musical. Las formas de vida serán dramáticamente dinámicas. El promedio del tipo humano se elevará a las alturas de un Aristóteles, de un Goethe o de un Marx. Y sobre estas cumbres surgirán nuevos picos.

Pero si esto sucediera, pienso, la persona promedio, “tan solo” en los niveles de Aristóteles, Goethe o Marx no pensaría que es muy competente o versada en tales actividades; tendría problemas de autoestima. Alguien en las circunstancias de Judas podría preferir que otras personas no tuvieran sus talentos o podrían preferir que dejaran de demostrar continuamente su valor, al menos frente a él; de modo que la estima que sentía Judas por sí mismo fue lastimada.

Regresemos al punto. Esta interpretación nos permite conjeturar varias enseñanzas: (a) la envidia se origina o relaciona con nuestra comparación social; (b) quien envidia pretende despojar virtudes o acciones que cree no merecidas; (c) la envidia se funda en sentimientos igualitarios (anómalos); (d) la envidia busca desconocer el valor de las diferencias y los talentos.

Cierto, en el caso de Judas Iscariote, la moralidad ha predominado sobre otras interpretaciones. Aquí hemos mostrado, sin embargo, algunas razones para el análisis de tipo económico o político. El camino más prometedor que tiene una sociedad para evitar amplias diferencias de autoestima, como es el caso de Judas, sería no tener que sopesar en común las dimensiones de las virtudes o defectos. Esto aumentaría las oportunidades de cada quien para encontrar sus propios caminos. En una sociedad abierta donde los individuos expresan sus talentos hay menos riesgos de que los envidiosos impongan sus propios principios.

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