Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

El comercio no es únicamente una relación de mercado, sino una intervención institucional y un instrumento para la reconfiguración de la sociedad.


Reducir la explicación del comportamiento de la economía a una causa degenera en narrativas engañosas. Sucede en Colombia con las reacciones ante las cifras del DANE. Esta semana, por ejemplo, se reportó una caída del gasto del consumidor en 7,2% con respecto al año anterior y en la producción industrial de 3,2% durante el mismo período. La causal del bajo crecimiento, según el ministro Mauricio Cárdenas, se relaciona con la negativa del emisor a reducir las tasas de interés. Guillermo Botero, de Fenalco, ha señalado la falta de dinero circulante en los bolsillos del consumidor más una “percepción generalizada sobre la mala marcha del país”.

El problema político fundamental con estos análisis es que tienen como supuesto que en la economía hay ganadores y perdedores —el mercado interno genera mucha más rotación de trabajo que el comercio—. Con lo cual se produce una redistribución injusta, o al menos una redistribución que puede ser razonablemente percibida como injusta, al evaluar las causas de la falta de crecimiento y el bajo consumo.

Voy a explicarme. Es importante distinguir entre dos versiones del argumento de por qué el comercio es el principal afectado por el bajo crecimiento. Usaré una perspectiva social o política.

Hay dirigentes económicos como Botero que sugieren que el comercio es decisivo porque es el encargado de redistribuir el ingreso. La base de su análisis es verdadera, pero trivial. Porque todo lo que sucede en una economía de mercado de alguna manera redistribuye los ingresos. La inversión extranjera, la tecnología y la competencia son causales correlativas de crecimiento de la economía y consumo. Además otras causas, incluidas las tendencias a la innovación, la pérdida adquisitiva del salario mínimo, la crisis en las fronteras son factores que tienen efectos más decisivos en la distribución del ingreso que el consumo.

Es decir, tiene muy poco sentido separar lo que sucede en la microeconomía (el comercio) y desvincularla de otros dominios o enfoques para abordar por qué la economía va tan mal. Tómese como ejemplo la desigualdad creada en el mercado laboral por esta crisis (fallos en la concepción de la reforma tributaria, políticas repentinas de trabajo, políticas macroeconómicas sobre la creación de empleo, etc.). Las importaciones procedentes de países con los que Colombia tiene tratados comerciales pueden afectar negativamente a las empresas nacionales que han sido desplazadas.

Aunque no podríamos evaluar del mismo modo a quienes pierden su trabajo siendo afectados, digamos, por las innovaciones en tecnología. Hay motivos más que justificados para compensar a los grandes perdedores del libre comercio por razones de solidaridad y equidad. El argumento a defender es que las sociedades y los mercados requieren innovación. En consecuencia, las soluciones requeridas deberían ser las mismas.

Lo anterior nos lleva a un problema social y político por fuera de las explicaciones convencionales, a saber: que existen mecanismos comerciales que violan las normas incorporadas en nuestros arreglos institucionales. En Colombia coexisten con el comercio legal prácticas de negocios fraudulentos que socavan las ventajas sociales.

Dentro de tal sistema económico, compensar a los perdedores no es un propósito, porque lo que está en juego son estrategias para cambiar las reglas permanentemente. El contrabando y la evasión de impuestos, por ejemplo, destruyen capital social de confianza al torcer las reglas a favor de unos pocos. Más aún, el comercio no es únicamente una relación de mercado, sino una intervención institucional y un instrumento para la reconfiguración de la sociedad. Sería totalmente válido responder a los daños causados por la ilegalidad, restringiendo la cadena de flujos comerciales bajo sospecha. Después de todo, no es diferente a sancionar y castigar las importaciones que violen, digamos, las normas de control a la salud y la seguridad, como se hace en una mayoría de países.

Todo lo anterior puede resumirse en la siguiente hipótesis: si el comercio es tan solo un componente reducido (microeconómico) del impacto general del bajo crecimiento de la economía, ¿por qué ocuparse en tratados internacionales (la globalización) o diseñar soluciones integrales (reforma tributaria)? La respuesta es que lo que cuenta en la economía no son únicamente las cifras, sino el diseño institucional a través del cual se interpretan las cifras.

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