Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

En su casa paterna no eran liberales ni conservadores, sino leibnizianos o newtonianos. Y eso lo guardaba en el recuerdo, porque la violencia había borrado toda su familia y sus bienes terrenales.


—Lo siento, señora, su niño no tiene la edad para ingresar a la escuela.

Con esas palabras la coordinadora despachó a su Madre, ante la mirada desolada de Diógenes. Eran como las diez de la mañana y habían recorrido tres barrios y tocado a la puerta de cinco planteles escolares. Quedaba la última oportunidad, la escuela Alfonso López Pumarejo, o bien, como lo había hecho desde que tuvo tres años, su Madre tendría que ejercer de maestra, tutora, planchadora, tabaquera y lavandera otro año más, hasta que el niño cumpliera la edad para ser aceptado por la escuela básica.

El director observaba unos informes, mientras su secretaria les hacía pasar. Levantó sus ojos por encima de sus gruesas gafas y espetó una sentencia: “Si no sabe sumar, restar y multiplicar, lo sentimos, debe regresar el próximo año. Los cupos se agotaron”. Su Madre dijo con voz entrecortada: “También sabe leer”. Y su murmullo parecía una plegaria de quien acompaña al reo hasta el suplicio. “Ven acá”, le dijo, levantándose, y señalando con un dedo el pizarrón que ocupaba el paredón lateral a su escritorio. Su vestido de paño impecable y su corbata de rojo reluciente le daban al señor director la majestuosidad de un rey que ordena en un tablero las cuentas de su reino.

Diógenes vio aparecer tres números: 1, 3, y 5 divididos por el signo más, luego, debajo, 2, 4 y el signo menos. El director había colmado de operaciones el pizarrón.

Su Madre le había enseñado que los números eran estrellas que descienden del cielo, algunas en armonía y otras en desorden, como los niños cuando juegan, primero que pase el rey y luego el juego a las escondidas. Su Madre creía que entre los números y la vida existía una armonía preestablecida. No que fuera astróloga ni que hiciera caso al dictado de sus crucigramas, sino que recordaba que su padre/abuelo le había enseñado el cálculo infinitesimal de Leibniz junto a las tres leyes del movimiento de Newton. Cuando su Madre hacía los tabacos, decía que los pliegues de las hojas de tabaco le recordaban un mundo leibniziano. En su casa paterna no eran liberales ni conservadores, sino leibnizianos o newtonianos. Y eso lo guardaba en el recuerdo, porque la violencia había borrado toda su familia y sus bienes terrenales.

El maestro Monsalve dividió el pizarrón en tres columnas. Su mano alargada escribía tres operaciones usando, primero, la parte superior del espacio, luego la otra mitad. Entonces corrió una pequeña escalera y le invitó a subir. “¿Cuál es tu nombre?”. “Me llaman Diógenes, señor”. Tuvo que vencer entonces dos desafíos: no caer mientras hacía el ejercicio y no equivocar los números. Recordó que su Madre le decía que la escuela era como una bóveda celeste en donde encontraría cientos de estrellas y soles y lunas. Se sintió aliviado al no tener que ver el rostro del director, sino algo de la bóveda celeste sobre el pizarrón. No supo cuánto tiempo pasó. Los números los había relacionado con la musicalidad de su Madre: Alfa, Omega, Orión y Saturno, y sumar restar o multiplicar no era más que reproducir la contracción o expansión de los cuerpos en la bóveda celeste.

Cuando descendió, le esperaba un oscuro silencio. Sólo se escuchaba el tic, tac, tic, tac del viejo reloj colgado sobre el techo. Miró a su Madre, y ella le cantaba con sus ojos. “Dijo usted: leer”, increpó el señor director. Sí, señor, leo periódicos y el Quijote. El legado que su padre había heredado, era la biblioteca del viejo Demóstenes Gallego, reconocido poeta de Viterbo, Caldas. Y su Madre le enseñaba las primeras palabras del castellano en la versión editada por Montaner y Sinón. “Nube, nube, nube; repite conmigo”, decía su Madre. “Nube” fue su primera palabra. Para entonces, su Madre había dado a luz dos hijos más.

“Su ingreso es condicional, señora, en quince días su hijo puede estar en casa. No se haga muchas ilusiones, tercero de primaria es difícil”.

De regreso al pasado, Diógenes recordaba que su Madre le llevaba de la mano mientras veía los números descendiendo como estrellas que se mueven en la bóveda celeste.

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