Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

El igualitarismo plano, chato y politizado es mediocre. Yo no creo en ese tipo de igualdad social que pretende hacernos a todos marranos. O la utilización ideológica de la igualdad para llevarnos a todos a una granja como si ésta fuera la universidad.


Ahora se pregona desde todas las esquinas que si el capitalismo no nos iguala, si no nos iguala la religión, ni nos iguala la política, lo que sí nos hace igualitarios es la educación. Y se cita a Paulo Freire, a Estanislao, a Platón, a Marx, a Žižek, a Althusser, a San Pedro y San Pablo. Los igualitaristas creen que el sistema puede ser injusto, pero bueno, si todos somos iguales.

Y se predica la democracia en medios académicos como expresión igualitaria al elegir representantes. Un estudiante, un voto; un profesor, un voto. En las urnas todos somos igualitos, como si los cargos académicos fueran tumbas. Ha venido sucediendo. El igualitarismo aplana todas las diferencias. Vale tanto si te has matado estudiando treinta años o en laboratorios de medicina, que si tienes la audacia de copiar y pegar un texto de Internet.

Pero, la verdad, una cosa es demandar las igualdades en derecho para el acceso a la educación de calidad y otra muy diferente creer que la educación por sí misma nos hace igualitos. Desde los griegos hasta el Renacimiento, y poco después, la educación y el conocimiento nos hizo diferentes. No que seamos de naturaleza superior, no. Pero la educación en su sentido más amplio, establece condiciones para que los talentos se muestren de manera desigual.

Estanislao, por ejemplo, cree como Amartya Sen que la educación amplía la democracia y mejora la calidad de vida de las personas. Pero ni Sen ni Zuleta juzgan que la educación nos iguale como seres humanos. Antes bien, la educación expone esas diferencias cualitativas entre unos y otros para que florezca la cultura.

El igualitarismo plano, chato y politizado es mediocre. Yo no creo en ese tipo de igualdad social que pretende hacernos a todos marranos. O la utilización ideológica de la igualdad para llevarnos a todos a una granja como si ésta fuera la universidad. Esas formas de igualdad menosprecian el valor de expresiones de la cultura que son extraordinarias.

En mi caso, no me avergüenzo de haber sido el niño que vendió periódicos, fue mensajero, jornalero y hacedor de tabacos. Pero justamente ese recorrido por la vida fue mejorado cuando llegué a la escuela, al colegio y la universidad. Porque entonces la vida del niño y el adolescente en el mundo pequeño cambió. En pocos años, la lectura, el estudio, la disciplina y el rigor conmigo mismo me hicieron habitante del universo infinito.

Lo más visto de Fernando Estrada

Economía

El Capital en el siglo XXI de Thomas Piketty

El Capital en el siglo XXI ha logrado reunir series históricas al comparar las desigualdades y la riqueza; pero su...

Sociedad

¡¡Los signos de exclamación!!

Mediante la puntuación, los mercados publicitarios y caricaturistas ponen énfasis determinados sobre rostros de personalidades, descripción de acontecimientos o gráfico...

Política y gobierno

Uribe y la mentalidad reaccionaria en Colombia

Las condiciones potenciales de reactivación paramilitar o una paz duradera en Colombia dependen menos de hechos políticos concretos que la...