Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

La idiotez digital ha transformado nuestro estilo de vida. Hemos pasado de unas formas de comunicación “cara a cara” a expresiones de sordera individual y colectiva.


Antes que existiera la cultura de la posverdad teníamos una cultura del aprendizaje y el conocimiento. Kant enseñaba física teórica, antropología, filosofía, estética, geografía, lenguas, y Newton escribía la mecánica clásica a mano en su aposento. Ahora tenemos una cultura líquida del desapego, la discontinuidad y el olvido. Y la modernidad fue transformada en modernización, centro comercial, consumo y moda. Una constante producción de basura informática; niños, jóvenes y viejos pegados a sus celulares o móviles como idiotas digitales.

Nos encontramos en condiciones sociales enfermas. La gente culta e informada y los analfabetos se confunden en un todo. El medio digital ha idiotizado a una mayoría, no sólo de quienes caminan, sino de los que conducen. Se trata de una epidemia sin control que está llevando las relaciones humanas al grado cero. Se nos incentiva y predispone, como afirma Zygmunt Bauman, a actuar de “manera egocéntrica y materialista”.

La cultura de medios digitales no tiene personas para ilustrar. No forma conceptualmente, no ennoblece el carácter, antes, por el contrario, dispersa la atención de los individuos, los aliena, los transforma en clientes por seducir. La magia en los mercados del consumo digital consiste en hacer a las personas borregos obedientes. Un clic y el sujeto queda atrapado en un sistema que lo puede capturar durante horas y horas del día.

Y como toda expresión cultural, también los medios digitales responden a una economía. Se llama mercados del consumo digital. Sin levantarse de su silla, el individuo puede pedir comida, vestuario, electrodomésticos, masajes y sexo. Todos los bienes y servicios se convierten, con solo hacer un clic, en decisiones que sirven para enriquecer a los ricos y empobrecer a los pobres.

Es la economía de la manipulación, además de relacionarse con una economía del exceso y la marginalidad. El consumo del centro comercial o en grandes plataformas digitales está ganando más clientela. Es la economía del engaño. Estos mercados responden al condicionamiento psicológico y a la creación de necesidades artificiales. Los compradores digitales son seducidos mediante la imagen y la propaganda. Y esto se traduce socialmente en una manada, un rebaño pasivo y conformista.

En semejante contexto, la sociedad queda estratificada. Aunque no nos engañemos, se trata de la misma sociedad de clases. Los estratos sociales buscaron silenciar las enojosas divisiones de clase como divisiones del poder. Y las nuestras siguen siendo, sin embargo, sociedades capitalistas dirigidas por mercados del consumo. Sociedades en donde se vende como mercancía una representación retórica de los ciclos económicos: depresión/recesión. Y como toda sociedad estratificada, divide los costes económicos de las pérdidas y ganancias de manera desigual. Arriba quedan los poderosos con sus rentas de capital y abajo una distribución de clase media y baja, mendigando.

En una sociedad alienada y digital, las personas cuentan como códigos. Y cambian las relaciones consigo mismas. El aislamiento masivo y la soledad entre la muchedumbre predominan. Si no tienes la solución para un dilema de vida cotidiana, si ninguna de las salidas parece sensata, las personas tienden a comportarse de manera irracional. Ese individuo toma un martillo y comienza a hacer pedazos los vidrios del transporte público. Así las soluciones a los problemas se hacen más lejanas.

Nos hemos referido antes a las clases marginadas. Se trata de individuos, familias o grupos humanos cuyo destino parece cifrado por quedar excluidos. Son los barrios apostados sobre las montañas o en las laderas de las grandes ciudades. Territorios en donde habita gente de la periferia. Aquí los usos de las metáforas de lugar prevalecen. Pero también la estigmatización social, laboral y económica.

El idiota digital experimenta su identidad en el plasma, su yo en un celular. De modo que la pérdida de su aparato significa angustia, perdición y muerte. El idiota digital obtiene una cantidad más grande de información que se desplaza a velocidades infernales. Y con ese progreso informativo su comprensión se hace más difícil. Es el idiota fragmentado, porque pertenece a una sociedad sin polo a tierra.

Todo lo anterior, desde luego, tiene efectos personales y sociales. En la manera como nos relacionamos con nosotros mismos, con el conocimiento, el trabajo, los amigos y familiares. La idiotez digital ha transformado nuestro estilo de vida. Hemos pasado de unas formas de comunicación “cara a cara” a expresiones de sordera individual y colectiva. Es la vida social convertida en un líquido gelatinoso, un plasma electrónico, un ciberespacio; pero sin alma.

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