Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

La voluntad de poder en las generaciones digitales ha sido sometida por condicionales. Un “me gusta” en Facebook es equivalente a un abrazo. La fraternidad acoge el individuo solitario y le hace sentir parte de un todo.


En su inacabada obra, Pasajes, Walter Benjamin observa premonitoriamente los efectos de una época decadente. Contradictoriamente, París es detallada en sus destellos urbanos como esplendor de lo mejor y lo peor de la modernidad. Algo que encontramos también anticipado en Nietzsche como el nihilismo. O en la novela moderna desde Rabelais hasta Diderot, bajo la imagen de la cultura kitsch. Hemos pasado de una época de grandes palabras: libertad, igualdad, justicia, Iglesia, Dios o Estado, a un momento prolongado por la insoportable levedad del ser. Un acontecimiento que cierra la esfera de esta época es el frenesí del medio digital. Lo decadente es expresivo, masificado, unificado mediante el plasma. La era del acceso es anodina: cada uno es el todo y viceversa.

De ahí que quienes reaccionan críticamente sobre Facebook o WhatsApp, tanto como los nuevos ritmos del rap o el reguetón, tienen razón: el tiempo que las nuevas generaciones pasan enganchados a sus celulares, tabletas o portátiles, las horas que navegan con sus dedos en sitios web y se desplazan nerviosos entre un chat y sus tareas de universidad, lo hacen teledirigidos hacia conclusiones preconcebidas. Las presiones de estos medios sobre el hipotálamo llevan a los usuarios a responder mecánicamente. Una función de la ingeniería tras los bastidores es hacernos creer que lo mejor es amoldarnos.

La voluntad de poder en las generaciones digitales ha sido sometida por condicionales. Un “me gusta” en Facebook es equivalente a un abrazo. La fraternidad acoge el individuo solitario y le hace sentir parte de un todo. No hay que culpar a Steve Jobs, Bill Gates o Mark Zuckerberg. No son ellos quienes se ocultan manipulando a las masas, como en la parodia de George Orwell. En realidad, somos nosotros los responsables. Quienes elevamos a un artista mediocre o celebramos el dinero fácil de cantantes populares. Los encargados de conducir a las personas como un rebaño o las masas como idiotas sonámbulos, somos nosotros. Nada es orquestado por Facebook o WhatsApp, sino por nosotros mismos.

El oscuro café de putas en París enseña a Baudelaire su individualidad. Un trato cara a cara en medio de la embriaguez. O Rimbaud en El cabaret verde:

Estiré las dos piernas, feliz, bajo la mesa
verde, mientras miraba los dibujos ingenuos
del tapiz. ¡Qué alegría cuando la criadita,
la de las grandes tetas y los ojos como ascuas
—a ésa, sí que no le asusta un simple beso—,
con risas, me ofreció tostadas de manteca
y jamón tibio, en plato de múltiples colores!

En ambos casos nada es homogéneo. La individualidad hace diferencias en lo pequeño. Los poetas malditos comparten el mismo tono en sus elegías. No es poesía para el gran público, ni declamada, ni premiada. Por eso mismo son poetas, como Hölderlin o Von Kleist.

En cambio, el medio digital nos familiariza, consuela y tranquiliza. Facebook o el WhatsApp nos mantienen seguros en un medio que reclama entretenimiento y diversión. Nadie quiere salir de su zona de confort. Aceptamos o rechazamos contactos dependiendo de si comparten gustos y preferencias. El medio digital nos transforma de acuerdo a sus patrones, que son los nuestros. Cuatro horas ante una pantalla y las cabezas armonizan con las mismas canciones, los mismos rostros, los mismos lenguajes. Es un regreso desde la familia virtual hacia la tribu. El celular es espejo de nuestras veleidades. Aunque parezcan varias personas sentadas en forma de círculo, es una única persona ante sí misma. Cada uno ve sólo su propio ego: narciso.

La dialéctica del contrario, que dio surgimiento a los diálogos de Platón, ha sido reemplazada por el unanimismo. En Internet, “una de las cosas que queremos es pasar más tiempo con personas que piensan como nosotros y menos con quienes son distintas”, (Jonathan Haidt). Facebook ha sido diseñado con ese objetivo. Darnos cada día más de lo mismo. ¿Se trata acaso del eterno retorno? ¿Es una condición de la época decadente? El unanimismo tiene en Internet el mismo formato de “pensar igual a los demás”. Quienes piensan diferente deben ser aislados.

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