Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Los economistas colombianos de esta nueva generación han ocupado funciones de poder con ventaja. De hecho, el acceso a los cargos de mayor influencia en la tecnocracia económica colombiana ha dependido de la formación académica de los individuos y, en particular, de sus grados en universidades de tradición conservadora.


En su columna dominical, “Economistas, antes y ahora” (El Espectador, 04/06/2017), Armando Montenegro repasa la posición que los economistas han tenido en Colombia y en el contexto internacional. Señala los cambios en su formación profesional y los logros académicos, destacando a quienes se dedican a la macroeconomía y el uso de técnicas avanzadas en econometría y economía experimental. Menciona nombres propios, entre los que se destaca Restrepo por su trabajo en mercados laborales con Daron Acemoğlu. Además, economistas que forman una “vibrante comunidad académica” en Colombia, todos ellos profesores de los Andes. En publicaciones internacionales, la excepción a la producción académica de los Andes, es Juan Fernando Vargas, del Rosario. Los aportes realizados a la disciplina, según Montenegro, “constituyen una verdadera radiografía de la situación del país”.

La descripción de Montenegro es sesgada. Académicamente, mantiene esa preferencia envolvente del centralismo que deja por fuera la producción científica de los economistas en las universidades públicas. Y políticamente excluye uno de los motivos más críticos de la profesión en Colombia, a saber: los vínculos que han tenido los economistas con el poder, su control del sector público, en especial, del Ministerio de Hacienda y sus palancas destinadas a granjearse ventajas con el sector privado. Montenegro no menciona responsabilidades en los fallos del manejo de la economía después de los años ochenta, ni a Rudolf Hommes, decano de economía en los Andes y luego ministro, con sus desaciertos sobre los tratados comerciales y el agro, ni a Alberto Carrasquilla, también decano de la misma universidad, con sus inversiones con ganancias privadas en Reficar y los papeles de Panamá.

No dice que los economistas de los Andes han sido principalmente los responsables del precario balance que ha tenido el país sobre el manejo de los impuestos a las grandes rentas y tierras. Las políticas tributarias recesivas con evidentes desbalances. Montenegro ha pasado por alto que por más de medio siglo el fracaso estructural de la economía colombiana para resolver los enormes problemas de desigualdad ha sido en parte responsabilidad de los economistas formados en universidades de élite.

Los economistas de esta nueva generación, como la anterior, han ocupado funciones de poder con ventaja. De hecho, el acceso a los cargos de mayor influencia en la tecnocracia económica colombiana ha dependido de la formación académica de los individuos y, en particular, de sus grados en universidades de tradición conservadora. Pero el punto más controvertido es este: la evidencia muestra que los egresados de los Andes tienen una probabilidad más alta de ingresar a los programas de posgrado en el exterior que los estudiantes de cualquier otra universidad colombiana. Los mecanismos de publicación y las destacadas alianzas que tienen estas universidades propician condiciones excluyentes para el resto de profesionales formados en las universidades públicas.

Pierre Bourdieu situaba los términos de este debate sobre la formación de la nobleza y la educación en Europa, la construcción del modelo neoborbón exitoso. En la historia sobre la formación de las élites, Frank Safford también mostró cómo en Estados Unidos, a partir de un momento, las élites comenzaron a enviar a sus hijos al extranjero a estudiar cosas prácticas. Hubo un propósito de apolitizar las grandes decisiones, de someterlas a un procedimiento en el cual la política pesara menos y la técnica pesara más. Esta forma de hacer las cosas facilitó el desarrollo del capital de las élites, excluyente en sus mecanismos de acceso, que les permitía prolongarse en el poder. Es lo que sucedió con la creación de los Andes en Colombia tras los hechos del 9 de abril de 1948. El objetivo fue hacer una universidad que respondiera a una nueva ideología y contribuyera a domesticar las pasiones políticas, civilizar al pueblo y apolitizar la toma de las decisiones de Estado.

Si bien el análisis de Montenegro acierta al mostrar los logros de los economistas colombianos en el mundo académico, publicaciones internacionales y asociaciones internacionales, se equivoca al valorar el papel de los mismos en el manejo de los asuntos del país. O al menos en dejar de lado el balance negativo que los economistas, en particular de los Andes (ministros y burócratas), han tenido de la economía colombiana.