Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Kafka no está negado al sentimiento erótico, sino que, en el acto de la escritura, las puertas de su propio ser permanecen abiertas.


Nadie puede soportarme y yo a nadie, pero lo segundo no es más que la consecuencia, sólo tu libro me hace bien. Hace tiempo que no era tan profundamente infeliz sin explicación alguna. Mientras lo leo me aferro a él, aun cuando no se propone ayudar a infelices, pero si no lo hago es tan imperiosa la necesidad de buscar a alguien únicamente para que me toque con cariño que ayer estuve con una prostituta en un hotel. Es vieja para ser melancólica, sólo lamenta, aunque no le sorprende, que con las prostitutas no sea tan cariñoso como lo soy con una amante. Yo no la consolé ya que ella tampoco me consoló.

(Carta a Max Brod del 29–30 de septiembre de 1908).

He extraído esta cita de la obra sobre Kafka de Reiner Stach. Franz tenía veinticinco años entonces y sabía que era su soledad la que lo empujaba hacia las putas, hacia Hansi y hacia los hombros de Josci, y que sería la soledad la que volvería a apartarlo de allí, e incluso capaz de aceptar la posibilidad de separarse por un tiempo de la cercanía humana. La nota a Brod fue escrita en el verano de 1908, después de una excursión de varios días a los bosques de Bohemia y poco antes de su ingreso en el Instituto de Accidentes de Trabajo. La nota revela más de lo que oculta.

La vida nocturna de Kafka es capítulo aparte. Conoce mejor el mundo de los cafés, bares y cantantes de Praga que el de los teatros, conciertos y salas de conferencias. Sus pocas horas libres las pasaba como un animal salvaje. Habla de “aquellos tiempos de pretendida juerga, en los que me pasaba muchas noches en tabernas, sin beber. Si hubiera de juzgar por sus nombres, eran sitios maravillosos: Trocadero, Eldorado y otros por el estilo”. Años más tarde le confiesa a Felice Bauer: “Desde luego, no he sido un haragán entusiasta, sino un melancólico, el cual, a fuerza de inequívoco arrepentimiento, pretendía quitar su aspereza a la indudable desdicha del próximo día”.

Posiblemente en aquellas noches Kafka no era feliz, porque se alejaba demasiado de la persistente alegría de la lectura, la escritura, y le robaban la única justificación que habría hecho aceptable la esclavitud del empleado subalterno. Aunque hay indicios de que, dos o tres años de trato con mujeres en burdeles, le permitieron un ambiente de vida poco usual. Contradictoriamente con experiencias de profunda tristeza. Escribe Brod: “Recuerdo su pasión por una camarera, Hansi, de la que un día dijo que regimientos enteros de caballería habían cabalgado sobre su cuerpo. Franz fue muy desdichado con aquella relación”.

Son años de economía experimental. Kafka conjura sus contradictorias pulsiones del deseo en la escritura. Es su método y su medio de control. No funcionan ni la reflexión ni la sublimación. En su obra escrita durante este período ejerce el mismo pulimento que Spinoza sobre los lentes. Kafka quiere quitar con las asperezas de la perversión. No hay en su narrativa episodios estimulantes o eróticos del estilo de Sade o Moliere. La motivación sexual despierta más bien compasión e incomodidad física. Bien sea de una puta joven y delgada o una “gorda y un poco mayor” por las que se siente atraído. En los burdeles de Praga lo mortecino se confunde con la escritura como medio de redención.

Kafka no está negado al sentimiento erótico, sino que, en el acto de la escritura, las puertas de su propio ser permanecen abiertas. Mientras en Schopenhauer lo sensible se contrae al mundo como voluntad de poder. El foco de Kafka se desplaza hacia la observación y la autoobservación. Se trata de una forma de ser natural. Las perversiones del sentimiento erótico provocan ruido e interferencia, Kafka las transmite en forma estética, no social. No es, por tanto, el joven afamado por ser “Don Juan” o “Casanova”. La experiencia de Kafka con las prostitutas se conduce de manera privada, y se domina de noche, en el escritorio.

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