Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Reducción al absurdo significa que las profesiones no se corresponden a las personas que las desempeñan, ni las cosas a las palabras que las designan, ni las amantes a sus amantes, ni los hijos a sus padres, ni los creyentes a su fe, ni los cuerpos a las almas. Vivimos en un mundo en donde predominan asimetrías fundamentales, escandalosas.


“Para crear me destruí”

Fernando Pessoa.

Cuando tenía diecisiete años, leí una noche el Libro del desasosiego, compuesto por Bernardo Soares, ayudante de tenedor de libros en la ciudad de Lisboa, de Fernando Pessoa. Aquella noche fue como un día que fue, a su vez, como mil años. Desde entonces, el autor de la mejor poesía portuguesa ha sido mi compañero en este desencantado mundo. Un principio heredado de los escritos de Fernando Pessoa, es la reductio ad absurdum. Todo es absurdo. Comprender la vida de los demás, las cosas, los sentimientos, los proyectos y las ideas, como parte del absurdo, es una condición necesaria si queremos vivir una vida con imaginación.

Hay personas que buscan a diario ganar dinero, acumular capital rentable e invertir. Odian tener hijos y no piensan en dejarle herencia a nadie. Personas a quienes el dinero trasciende, porque saben que el dinero por sí mismo no les hace inmortales. Otras personas se proponen llegar a la celebridad, reúnen todos sus esfuerzos para adquirir la fama que les hace eternos, pero no creen en la supervivencia que les daría el reconocimiento de la fama. Aquellos se consumen persiguiendo ideales por fuera de sus capacidades, otros empeñan sus días en hacer lo que realmente no les gusta.

En el mundo de las escuelas y universidades están quienes enseñan a los demás y no son capaces de enseñarse a sí mismos. Unos que leen para saber inútilmente y otros creen que todo saber es práctico. Reducción al absurdo significa que las profesiones no se corresponden a las personas que las desempeñan, ni las cosas a las palabras que las designan, ni las amantes a sus amantes, ni los hijos a sus padres, ni los creyentes a su fe, ni los cuerpos a las almas. Vivimos en un mundo en donde predominan asimetrías fundamentales, escandalosas. Nada parece corresponderse.

Voy en Transmilenio y observó con cuidado, como siempre lo hago, todos los detalles de las personas que tengo por delante. En mi caso, los detalles son como lo que ofrece el microscopio a la mirada del microbiólogo. Detalles son frases, colores, ruidos, voces, movimientos. En esa chaqueta del joven que está frente a mi descompongo el vestido de paño de que está hecha, el trabajo con que la hicieron, asimismo en la sencilla camisa cubierta veo el hilo de seda con que se bordó, y las trabajadoras ocupadas, las máquinas, la materia prima, las horas laborales, la fatiga y el esfuerzo.

Como si fuera una introducción a la economía, en esos detalles puedo ir reconstruyendo las fábricas y los trabajos, el capital, los precios, la oferta y la demanda. Las relaciones del mundo laboral, con sus cientos de miles de trabajadores cumpliendo un oficio remunerado por el salario. Las fábricas en donde se hacen los tejidos, los talleres en donde se hacen los tejidos de seda, las máquinas que producen los botones de colores. Veo en una prenda de vestir algo más que un ornamento diario, veo las fábricas y la tercerización laboral, las máquinas y sus ruidos durante las veinticuatro horas del día.

Estoy viendo al joven que lleva la chaqueta, los gerentes acumulando ansiedades los fines de cada mes para poder pagar la nómina. Y en los archivos de contabilidad las operaciones que ponen al día el estado de las empresas. Sin embargo, veo más allá, las vidas sometidas de quienes padecen a diario el trajín del mundo. La vida social y familiar que tienen esos cientos de trabajadores. El poco tiempo que tienen para disfrutar del ocio y el descanso. Los dominicales de trabajo, también mal remunerados.

Toda la economía política se nos ofrece a los ojos con sólo observar, durante un trayecto en bus u otro medio de transporte, la manera de vestir, comer y caminar de la gente. Ignoro qué cara tienen quienes llevan esas prendas, si la piel es mestiza, blanca o negra, casi siempre evito mirarles de frente. El azul oscuro de la chaqueta semeja una noche que apenas comienza.

En Medellín, viviendo en los alrededores del zoológico, en una zona industrial, observaba este mismo paisaje. Y me imaginaba el amor de las trabajadoras y de los obreros, y el alma de todos los que se dedicaban para que una persona llevase puesta una prenda de vestir. Aquel joven o aquella muchacha usa, alrededor de su cuello mortal, la banalidad sinuosa de un hilo de seda azul oscuro, dibujando un ornamento de botones sobre la parte media de su torso.

Fernando Pessoa nació el 13 de junio de 1888. Mientras conmemoramos su natalicio, pienso en su obra y experimento que su vida resume también mi propia vida. Y que su manera de estar en el mundo, es también nuestra forma de poder estar.

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