Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Hay momentos, instantes y fugaces pasajes en mi vida cuando creo que mi cuerpo es como una prisión desde la que se me da una pequeña ventana para observar este mundo y esperar el fin.


Desde que el optimismo pasó a convertirse en una epidemia generalizada, escogí el pesimismo. Tomar cada experiencia por el lado oscuro y sombrío, y hacerme observador atento a los detalles. Una vida así no es ejemplar, ni pretende serlo. No tiene tampoco como destino la felicidad, ni el éxito, ni las apariencias.

Un observador de tal naturaleza no sabe a dónde le llevará la vida, porque no sabe nada. Ve, huele y siente como los demás, pero no es como los demás. Hay momentos, instantes y fugaces pasajes en mi vida cuando creo que mi cuerpo es como una prisión desde la que se me da una pequeña ventana para observar este mundo y esperar el fin.

Me complacen menos las aturdidas manifestaciones de alegría de la masa que unos momentos de soledad y sosiego. Cuando salgo de mi cuarto, del mundo fuera me absorbe únicamente lo que pueda capturar con mis ojos y oídos, los sonidos del paisaje o el canto de las aves. Mientras voy y vengo, compongo pequeñas unidades de frases con las que puedo resumir mis sensaciones.

Vivo cada día como si fuera el primero de mi segundo nacimiento, o mi tercero o cuarto. Nacer de nuevo es mi condición natural. Gozo de lo más pequeño que me dan; a veces, muy pocas, no pregunto más ni busco dentro de mí mismo respuestas a las preguntas de mi existencia. Mi existencia en un universo de mundos y seres que van y vienen, me tiene sin cuidado. Mi propia consciencia de existir es lo único por lo que lucho.

No me pregunto quién soy, porque no creo en una identidad singular, única ni eterna. Griego, de una clase estilizada por el epicureísmo, quizás. O un escéptico cortante con los dogmas de la fe y la ortodoxia en un país tercermundista. Algo así u otra cosa que llena un espacio ínfimo en el universo. Esas preguntas por la identidad nunca me han quitado el sueño.

Muchas veces en la vida he tenido que escoger lo que detesto, ideales que odia mi pensamiento, o formas de actuar que repugnan a mi sensibilidad; en tipos de situaciones así, nunca creo que las cosas suceden y ya. Porque no creo que este mundo sea como es, y menos nosotros. El mundo no es como es, el mundo es como puede llegar a ser.

Si me dan a escoger entre personas de acción o de imaginación, por regla general, no escojo a ninguna. Me caen mal ambos. Pero como muchas veces tengo que decidir o imaginar, en la personalidad correspondiente, actúo con imaginación.

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He visto esta mañana el cambio del anochecer desde un balcón. La imagen fresca y el sosiego del color azul intenso sobre la bóveda celeste. El contraste entre el ruido causado por media humanidad y la naturaleza en su esplendor. La calle Wittgenstein, como le llamo, una calle triste que se oculta tras la iglesia de la Sagrada Familia. Todo se confunde con la soledad de las primeras horas.

A veces he creído nacer en una época anterior a la que vivo; me complace sentirme parte del mundo de Baudelaire. Y tengo menos de su poesía que la esencia de la que fue hecho. La bohemia y el café son lugares por los que me arrastro, con una sensación de vida. De día los cafés con el aroma que bautiza por aspersión mis libros, de noche la bohemia con sus luces de las que nada quiero decir.

Yo cambio mi vida en la noche, porque de día soy una nulidad. Uno más entre un montón de anónimos. No veo muchas diferencias entre yo y el café Kafka, excepto que soy consciente de mí mismo. Pero igual, esa diferencia es nada en el mundo esencial. El café Kafka puede ocupar una posición tan singular como yo en el universo relativo. Nada racional puede pretender ser primero en donde todo es un misterio.

Allá veo a la mujer con su sastre, porque es ella quien lo posee. Van tomados de la mano a la misa de seis. Pasan niños que van de colegio, policías, obreros de talleres; y los fumadores de marihuana, jóvenes aventureros. Los camiones que hacen sonar sus pitos para nada musicales. En mí la sensación de paz se confunde con el vacío, y mi tranquilidad está llena de resistencia.

Todo lo que sucede allá fuera me es ajeno. Su lectura ordinaria no dice nada a mi destino. Esas ruidosas maneras de vivir el mundo, me son indiferentes. Huyen de su soledad porque les da temor y se buscan unos a otros como si fueran rebaños. Una masa que aglomera y los identifica, y se necesitan para la felicidad.

Un mensajero de droguerías, un vendedor de periódicos y un tenedor de libros observa desde la majestad de sus sensaciones.

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