Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Los teóricos financieros que especulan sobre los desaciertos predictivos de sus modelos deberían recordar cómo evolucionaron los conceptos básicos de la economía clásica hasta convertirse en axiomas: la mano invisible, la racionalidad de los agentes y la eficiencia del mercado.


Según especialistas en mercados financieros, estamos al borde de una nueva crisis, más profunda y de consecuencias duraderas que en el 2008. Pero la reacción de los economistas y analistas financieros es francamente decepcionante. Bien porque buscan autorreferencialmente respuestas en sus modelos o porque comparten cierto fatalismo de sentido común. Los magos de Wall Street han pretendido hacer física teórica con los mercados de capitales sin contar con el maleable comportamiento de la especie humana. ¿Por qué fracasaron los nuevos profetas del mercado ante la crisis mundial de créditos? ¿Qué tiene para mostrar la ciencia económica en medio del inminente terremoto que se avecina?

Esta nueva crisis se relaciona con el falsacionismo popperiano. Durante la década de los años treinta, y contrariando las tesis principales del Círculo de Viena, Popper sustentaba la racionalidad de la explicación científica en su naturaleza falsable. Las mejores teorías son aquellas que han resistido mayores pruebas y que conservan un carácter provisional. Popper estimaba inadecuada la transferencia del modelo explicativo de las ciencias naturales a las ciencias humanas debido a sus pretensiones legaliformes. Buscar reducir la explicación social a un modelo de probabilidades era, según Popper, un desacierto. El falsacionismo consistía en darle una función relativa a las teorías, los conceptos y los datos. En otras palabras, las teorías como los modelos no son copias de la realidad.

En tal sentido, Popper destaca las diferencias entre las ciencias físicas y las ciencias sociales (i. e., la economía financiera). Los teóricos financieros que especulan sobre los desaciertos predictivos de sus modelos deberían recordar cómo evolucionaron los conceptos básicos de la economía clásica hasta convertirse en axiomas: la mano invisible, la racionalidad de los agentes y la eficiencia del mercado. Esta progresiva formalización de la teoría fue celebrada en su momento como una extensión de la tradición galileana. Convertir los modelos en la realidad, en lugar de verlos como conjeturas.

Las crisis financieras ratifican los contraejemplos y el falsacionismo nos enseña a desconfiar de los axiomas. Según Popper, si la evidencia reunida resulta incompatible con los modelos, tenemos que descartarlos. Aunque matemáticamente sean impecables, los modelos pueden resultar inocuos para describir determinados hechos. La historia de la física, desde Copérnico hasta Einstein, suma una cantidad de modelos inservibles. Las revoluciones científicas no se originan en hipótesis confirmadas, sino en el potencial de los errores que pueden descomponer una teoría. La mecánica clásica logró mantenerse como una teoría confiable porque superaba nuevas pruebas y refutaciones.

Lamentablemente, en la teoría económica este principio no encontró arraigo. Los analistas financieros prefieren mantener los dogmas que arriesgar sus ideas ante la crítica. Las organizaciones multinacionales tanto como las decisiones financieras de los gobiernos se mantienen en su punto. ¿Cómo hemos heredado tal incapacidad? Los dogmas se han perpetuado en las facultades y las escuelas de economía: porque resulta más extenuante enseñar la realidad, con sus matices y excepciones, que procurarse una simulación mediante el modelamiento. La fórmula es simplemente demostrable, mientras la realidad es compleja, oscura y ambigua.

En las facultades y escuelas de economía los estudiantes aprenden a manipular ecuaciones, sin cuestionar ni argumentar sobre los supuestos. Los procesos de formación conceptual son memorizados hasta reproducir un sistema inmunizado: el modelo. De modo que aquella teoría que evolucionó dentro de un ambiente de preguntas y problemas críticos queda congelada parasitariamente en un manual que los estudiantes aprenden de memoria. Ni las facultades ni los estudiantes cuentan con la libertad de problematizar los fundamentos de su disciplina. Las tradiciones académicas se convierten en depósitos de principios, fórmulas y dogmas que se comunican de una generación a otra. Los contenidos que muchos economistas y analistas financieros aprenden a realizar como una actividad rutinaria reproduce aquello que termina considerándose la ciencia normal. Las crisis financieras, situadas en medio de la vida cotidiana, han quedado por fuera de los axiomas.

Nuestra idealización del libre mercado es el resultado de la ciencia económica de los años cincuenta y sesenta, como Milton Friedman y la Escuela de Chicago. Como parte de la propaganda ideológica de los Estados Unidos contra del comunismo. Las matemáticas en la teoría monetaria de Friedman, por ejemplo, fueron utilizadas en distintas campañas presidenciales. Varias generaciones de analistas siguen confiando en la perfectibilidad del mercado a la Friedman. Y en sus tesis básicas: libre competencia, racionalidad, utilidades máximas, progreso y desarrollo tecnológico. En economía y finanzas la sabiduría convencional encuentra fortalezas en sustentar con terquedad los mismos modelos, con ligeras modificaciones en las matrices o modelos matemáticos. Entre muchos analistas de la presente crisis existe confianza en que los estados de desequilibrio terminarán abriendo paso al equilibrio racional. Todo es cuestión de tiempo y confianza en los mercados.

En realidad, los mercados son ineficientes, porque la especie humana tiende a conjugar sus decisiones dentro de un corto plazo. En el largo plazo las condiciones presentan cambios imprevisibles, miopía e irracionalidad colectiva, pánico y bloqueo generalizado. La doctrina del mercado libre choca contra realidades deleznables. Nada se asemeja mejor al mercado libre que la metáfora hobbesiana, la guerra de todos contra todos. Desde este principio de realidad, resulta absurdo sugerir que los mercados pueden imponerse su propia disciplina, como lo propuso los Estados Unidos al permitirle a los bancos adquirir nuevas deudas. Una excesiva confianza en los modelos y los axiomas aprendidos tiene efectos desastrosos.

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