Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

He preferido la soledad. Porque a su manera me disciplina, corrige y forma. Me coloca ante mí mismo e impone sacrificios: silencio, rigor y oscuridad.


Noche

La gloria del escritor es su noche; ser algo sin ser nada. Un estoico en soledad. Me siento como el monje benedictino, un ermitaño en la montaña. Retirado del ruido, sin noticias del mundo exterior, escuchando voces de ultratumba. Sobre la mesa, libros, apuntes del diario y abundante café.

Despreciable ente, profesor y consultor. Escribir es la salvación de tu alma. La noche es para escribir, ¡escribe!

Jeroglífico

Todo acto creador es una forma de literatura, porque consiste en narrar algo. Hay dos formas de expresar lo que sentimos: hablar o silenciar. Y todo acto creador es una proyección del silencio expresivo. Hay personas en las cuales buscamos una frase silenciosa, o un poema, o una aventura, o una obra de arte, porque sabemos que son únicas y diferentes.

Hay seres humanos deslumbrantes
no porque les comparamos con los demás,
sino porque llevan una existencia singular,
que se describe como si fuera
un jeroglífico espiritual.

Niño

He pedido poco a la vida desde que nací, que la vida me lo negó. Una escuela de niño, una casa para mis padres, un poco de sosiego y un poco de pan; el no arrepentirme de existir, no exigir demasiado de los demás y no ser injuriado. Eso me fue negado, como quien niega al extraviado una noche de alojo no por falta de caridad, sino por tener que levantarse y abrir la puerta.

He preferido la soledad. Porque a su manera me disciplina, corrige y forma. Me coloca ante mí mismo e impone sacrificios: silencio, rigor y oscuridad. Desde niño he estado solo y solo estaré de hombre. En un cuarto como este, solo y ante una página en blanco. Pienso si mi ser, siendo tan poca cosa, no refleja la experiencia de otros, solitarios y confrontados por una cotidianidad pesada, absurda e inútil.

Siempre reacciono contra mí desde la inteligencia; algunas veces tarde, con el pensamiento lento. Ahora veo que el reloj se ha detenido a las 9:29 p.m. Expiró como un cadáver. Reviso superficialmente esta nota, mi mano izquierda es más ágil frente al teclado.

Yo, desde este doceavo piso, reclamándole justicia a la vida, colocándome en lugar de otros, ¡escribiendo literatura como si estuviera en el Café de la Rotonda en París!

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