Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Hay quienes crean representaciones imaginarias de su ser, sólo para luego actuar contra sí mismos. Pero eso significa justificar una forma de ser presente con otro ser que les condena.


Simular

Nos convertimos en una representación de lo que somos. Nos volvemos arte postizo y se nos olvida quiénes somos. No sabemos quiénes somos. El nombre no nos pertenece, nos fue impuesto; nacer no fue parte de nuestra voluntad. Nadie nos preguntó si queríamos venir a este mundo. Y el día de nuestra muerte, nadie nos pregunta si queremos irnos. La única forma de estar de acuerdo con lo que somos, es negar quienes somos. Del mismo modo, estar de acuerdo con la vida es estar en desacuerdo con nosotros mismos. Hay algo absurdo en lo que somos.

Hay quienes crean representaciones imaginarias de su ser, sólo para luego actuar contra sí mismos. Pero eso significa justificar una forma de ser presente con otro ser que les condena. El desafío es crear su propio camino, y enseguida, actuar en sentido contrario. Asumir, como en el teatro griego, los gestos y actitudes de algo en lo que ni creemos ni somos. Ni pretender ser ni pretender que los demás crean que somos.
Comprar ropa que no nos ponemos, ir a conferencias que no escuchamos, asistir a reuniones en las que no participamos, estar en congresos que no nos interesan. Aprobar con una sonrisa todo, es no ser. No ser es simular que somos.

¿Quién soy?

¿Quién soy? No tengo ni idea. A veces creo que soy un cuerpo sin alma, otras veces me veo como un alma desprovista de alma. Soy una idea contradictoria o una pregunta sin respuesta. Soy alguien que huye de sí mismo. Un apoderado de la nada. ¿Quién soy? Una de esas espiritualidades sin Dios, sin religión, sin dogmas, sin fe; soy uno de esos amantes de quien sólo se quieren sus poemas. Una resurrección de Cyrano. Soy esto o aquello. No poseo las virtudes de un banquero ni las de un ingeniero de obras civiles, pero sé contar y construyo mundos imaginarios. Leo a Musil y me veo reflejado en sus novelas, en Kafka soy un animal extraño, en Diderot soy Santiago y en Chateaubriand soy una memoria de ultratumba. Sin embargo, en todos ellos y sus novelas, soy nada, ni protagonista.

Uno puede formarse con el tiempo una falsa idea de sí mismo, como se la dan los demás. Y jugar a ser lo que uno no es. Soy un extraño a lo que yo mismo creo de mí.

Cómico es no poder burlarnos de nosotros mismos. La seriedad de la vida es corresponder a lo que todos creen. Por eso desde niño siempre tuve dificultades, no era el ser normal, agradable y hablador que todos querían, sino huraño, distante y enfermo. Con una enfermedad del yo que no tuvo cura.

Yo profundo

También he creído que nuestra identidad es como un vestido, que, como no es eterno, dura mientras dura. Asimismo, si comparamos el amor con el amor griego. Esas relaciones que con el paso del tiempo, cuando se quitan el vestido, se desnudan y hacen su amor, se van deshaciendo, porque surge el ser real de la persona que habían adornado.

Un amor que hastía no es amor. El amor en su estado erótico está lleno de desilusiones. Sólo cambia cuando se pasa de la erótica hacia el ideal. O mejor, cuando sin abandonar la desilusión del otro, el amor se convierte en idea.

Regreso a nuestra identidad. También creo, por lo anterior, que nuestro yo profundo debe variar constantemente y ser llevado a su grado máximo de perfección. Recuerdo que la imperfección es la constante del alma. Así, renovando nuestro yo profundo, somos transformados por la gracia del dolor.

Café

¿Qué es profundidad en un ser? Esta pregunta surgió mientras tomábamos café. Y me hizo pensar en las contradicciones con los demás. Una mayoría piensa reactivamente. Sentir emociones y expresarlas, exteriorizar sensaciones, todos saben hacerlo. Creo que uno puede vivir una vida en el pensamiento y que las sensaciones deben ser tomadas únicamente como el medio.

Admiro más a mis contradictores. Porque no me parezco a Homero ni al poeta Virgilio, ni Platón, ni Keynes, ni Hegel, ni Montaigne, por eso los busco y leo con tanta pasión del alma. Si pudiera elegir entre Rilke y Kafka, elegiría a Rilke.

No siempre una vida contradictoria es profunda. Rechazo a la gente que se expresa vulgarmente o que manifiesta tosquedad corporal, asimismo me distancio de quien me iguala por lo bajo. Pero amo a esa gente porque me enseñan a ser diferente. Me siento bien a su lado, porque la quiero lejos de mí.

Un café es delicioso por su aroma y sabor, pero no es recomendable como crema de afeitar.

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