Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Sentimientos y racionalidad en economía ha sido escrito por un filósofo de la economía. Uno de los pensadores que nos quedan de aquella generación que, junto con Carrillo, Zuleta, Colmenares, Hoyos y demás, hicieron parte del diálogo de saberes en Colombia.


Debo confesar que, desde mi primera lectura de Sentimientos y racionalidad en economía, sigo sorprendido con la enorme riqueza conceptual, la variedad de pensadores y el poder contradictorio de las ideas que ofrece el libro de Jorge Iván González. En 172 páginas, 5 capítulos y una poderosa batería de fuentes documentales, el autor expone parte de los problemas dominantes en la teoría y la historia del análisis económico. Y lo hace para recordarnos que la economía, siendo una ciencia social avanzada, debe retroceder para examinar los supuestos que la fundamentan. Uno de ellos, sino el más destacado, el homo economicus racional, sometido por el autor a un riguroso análisis desde casi todos los ángulos de la teoría económica y la epistemología. Su mérito es deconstruir falsos supuestos.

En la contraportada se dice: “En el texto se muestra que la acción humana se expresa en la elección que las personas realizan en el mercado, y en este proceso las dimensiones valorativas y emocionales son determinantes. El ejercicio analítico discute la relevancia de los modelos. Estas construcciones imaginarias tienen que recurrir a supuestos que limitan los alcances de la decisión humana, y llevan a la derivación lógico–formal del homo economicus racional”. Estoy completamente de acuerdo, con una diferencia. En particular, porque creo que el papel de los economistas tendría que ser más autocrítico. Un tema central del libro es la función de las construcciones imaginarias o los modelos en la economía, un tema que Dani Rodrik ha expuesto en su polémico ensayo sobre Las leyes de la economía. El papel de los modelos en economía y en las ciencias sociales con frecuencia es menospreciado. Según sus críticos (que incluye algunos economistas), los modelos simplifican la compleja realidad al emplear supuestos poco realistas y negar el carácter de agencia de los seres humanos.

González rechaza esta crítica. Según él, la validez de los modelos es intrínseca y “no depende de su aproximación a la realidad, o de su capacidad de indagar por la verdad. Todos los modelos son construcciones imaginarias” (pág.12), hacen parte de la explicación en economía. Describir la realidad no es un accidente, sino la esencia de un buen modelo. Mi propia formación de posgrado fue en lógica y filosofía de la ciencia, como estudiante graduado en la década de los ochenta, presencié la introducción del lenguaje formal en las ciencias sociales. En los años noventa esta batalla se fue ganando y los departamentos de filosofía tuvieron al menos un epistemólogo con entrenamiento en lenguajes lógicos. Hoy una mayoría de filósofos de la ciencia no pueden convertirse a una ciencia hasta que no desarrollen un cuerpo robusto de formalismo matemático.

El libro tiene la propiedad de introducir este debate, y lo consigue mediante una prosa clara y en un ambiente escolar liberado de tecnicismos. La teoría económica es presentada por el autor en el contexto en donde surgen las ideas. “Sentimientos” y “racionalidad” son términos guía que buscan proponer la superación de falsos dilemas y situar a la economía de regreso a sus fuentes fundamentales.

Se trata de notas de clase que se recogen proyectando los problemas nucleares de la teoría económica: los alcances de la racionalidad, el homo economicus racional, las relaciones entre lógica, física y ética, la tríada razón, creencia y deseos, con un extenso análisis de los aportes de Elster, Simon, Coase, Arrow, Samuelson, Hicks, Sen, entre otros. El capítulo central sugiere los problemas básicos de la epistemología y la historia de las ciencias a la teoría económica: la permanencia del paradigma, el principio de correspondencia y los teoremas significativos. La necesidad de pensar la economía por fuera de los ideales positivistas de la ciencia unificada o reduccionista. El libro es una excelente introducción, todos los aspirantes a la economía como profesión deben leer Sentimientos y racionalidad en economía.

La ventaja de hacer claridad sobre lo que ofrecen los modelos a los economistas, queda bien ilustrada en Sentimientos con la siguiente cita de González: “La construcción imaginaria es un elemento constitutivo del paradigma. A medida que los modelos se van retroalimentando, las escuelas de pensamiento se consolidan y los paradigmas se fortalecen. Un paradigma maduro es la expresión de un conjunto de imaginarios que se adecuan a la percepción compartida por los miembros de una escuela. El lenguaje económico ha ganado prestancia en las ciencias sociales porque ha avanzado en consistencia y rigurosidad. No porque sea más verdadero” (pág. 102). En su trabajo, el autor dialoga con algunos de los problemas y pensadores de la economía, teniendo como referente el sentido dado por Popper/Kuhn/Lakatos al desarrollo histórico de las ciencias.

El valor del libro, sin embargo, está en algo más que las distinciones entre los modelos o construcciones imaginarias, como observa González al principio: “La lectura de los grandes teóricos de la economía muestra una diversidad de opiniones apasionante. Es una lástima que se incluya bajo el calificativo de “neoclásicos” a pensadores tan distintos como Arrow, Hicks o Samuelson. Este afán por establecer taxonomías simplistas ha sido muy perjudicial, entre otras razones, porque ha desestimulado a los estudiantes, que frente a clasificaciones fáciles no sienten curiosidad por seguir los intensos debates que han permitido ir construyendo el lenguaje del análisis económico” (pág.11).

En particular, encontré convincentes las explicaciones de González a las controversias generadas por modelos como el teorema fundamental de la economía del bienestar, el diseño de mecanismos y las discontinuidades entre los precios y los cuasiprecios. Esta parte del libro, junto a la riqueza de referencias que ofrece el autor, podría servir de apoyo para un excelente seminario sobre aquello que la teoría económica ha heredado de la epistemología, y lo que la misma economía le ha aportado a la epistemología.

Y un mensaje general que se desprende del libro es que si queremos entender las grandes preguntas de la economía: cómo funcionan o cuando fracasan los mercados, y cuáles son los efectos del gasto —no hay una modelo fundamental, "el modelo"—. En cambio, tenemos que estudiar una serie de modelos, Cada uno contando historias parciales. Hasta aquí todo bien. Pero González, en mi opinión, va demasiado lejos al negar el valor de la realidad y la verdad en los modelos. En un pasaje escribe: “El método de la economía, y también de la física, es la construcción imaginaria. Los modelos no son instrumentos mecánicos para la acción. Entre el modelo y la praxis no hay una relación directa. Los modelos son, como las novelas, construcciones imaginarias. No tiene ningún sentido tomar el modelo y aplicarlo en forma directa a la realidad. La construcción imaginaria apenas es un punto de referencia” (pág. 82).

Realmente no. Tomemos la mecánica clásica de partículas, MCP. No es una construcción imaginaria. Es un marco teórico que incluye cientos, quizás miles de casos específicos de modelos, cada uno contando una historia parcial. Para ilustrar un ejemplo, los libros de texto sobre la MCP a menudo se introducen con un modelo en ingeniería mecánica, pero necesitas diferentes modelos para representar los cuerpos celestes en astronomía. Y otro conjunto de modelos para la ingeniería de sistemas. A pesar de la diversidad de construcciones imaginarias, existe una unidad teórica en la mecánica clásica de partículas. Más aún, el marco conceptual de la MCP provee un conjunto de principios guía para que los teóricos sepan qué modelos pueden usar en qué tipo de contexto. Lo mismo aplica en el caso de la teoría de la evolución.

Y no veo diferencias en la economía (ni en las ciencias sociales). Sí, hay una variedad de modelos en economía, pero no podemos simplemente seleccionar de manera aleatoria (o peor, seleccionar para “confirmar" resultados, y adaptarlos a nuestra agenda ideológica). Hay reglas para elegir modelos apropiados, y González se propone en el capítulo 5 explicar los principios generales sobre los límites a tener en cuenta. En otras palabras, los marcos teóricos no son simplemente compendios de modelos, también incluyen reglas de selección de modelos (y algunas otras cosas). González, por lo tanto, promueve una heurística para la economía en el contexto de las ciencias sociales.

Cambiemos de perspectiva y veamos el capítulo 5 sobre “Los límites del mercado”. Para concretar su lectura, me concentraré en una concepción robusta de la economía expuesta por el autor, el Diseño de mecanismos, y lo que éste sugiere para los sentimientos morales. En la propaganda oficial, “el mercado es una institución que facilita la interacción humana en el proceso de intercambio de bienes” (pág.137). Siguiendo a Hayek y Mises, el autor retorna a la naturaleza del mercado. González logra un trabajo admirable que explica por qué, en muchas condiciones, el mercado puede llegar a tener consecuencias realmente negativas para las economías. Pero existen expresiones contradictorias. En el contexto del mercado, quizás los líderes no comprendan el principio de ventaja comparada, o tal vez se preocupen más por el largo plazo en un ambiente de anarquía internacional, que por los beneficios inmediatos. En un pasaje revelador del libro, González escribe:

“Hayek y Mises muestran que las instituciones no son el resultado de un diseño realizado por una persona o un grupo de técnicos. Las sociedades se reconfiguran permanentemente. Y en este proceso cada individuo actúa de acuerdo con sus criterios. Unos se sienten mesías y siempre están imaginando sociedades ideales, y se molestan porque los demás no entienden la belleza de sus argumentos; otros consideran que su función no es política y se autodenominan “técnicos” y se dedican a una tarea específica; otros cantan; otros pintan; otros bailan; otros se dedican a predecir el comportamiento del PIB y el valor del dólar; otros se convierten en intérpretes de los mercados; otros se sienten científicos puros con la capacidad de controlar la inflación desde algún banco central, etc. En esta abigarrada interacción humana se van reconfigurando las instituciones sociales, y se rediseñan los mecanismos. El resultado final de estas acciones individuales es incierto, y no vale la pena perder el tiempo tratando de predecirlo” (pág. 140).

Esta perspectiva orienta el análisis de González hacia uno de los mayores retos en el diseño de mecanismos, la creación de una organización institucional que contribuya a que el paso de la elección individual a la colectiva se acerque al ideal kantiano del imperativo categórico. En el campo de la justicia moral, el mecanismo más conocido es el velo de la ignorancia de Rawls (pág.145).

Estas observaciones tienen sentido porque Sentimientos y racionalidad en economía ha sido escrito por un filósofo de la economía. Uno de los pensadores que nos quedan de aquella generación que, junto con Carrillo, Zuleta, Colmenares, Hoyos y demás, hicieron parte del diálogo de saberes en Colombia. Lo expresa González en su concepción de la vida universitaria: “Conversar despacio y de manera sistemática es un privilegio de los claustros universitarios. Este ejercicio que es intrínsecamente científico tiene dos virtudes. Primero, ayuda a entender; segundo, contribuye a cambiar los paradigmas”.

Creo que la obra se propone llevar a su posición relativa a un personaje que es el homo economicus racional. Y extremar su construcción imaginaria para descomponerlo críticamente. En el modelo de equilibrio general no cabe un sujeto pensante, con pasiones y creencias. El agente que escoge es una pieza que le falta al rompecabezas. Se le puede llamar homo economicus racional, pero también podría ser un gato o una rata. Cualquiera de los tres cumple con el requisito que exige el modelo” (pág. 179).

La cuestión final reclama que esta construcción imaginaria “termina ahogada en una ingeniería social que le rinde culto a un positivismo ingenuo, con pretensiones de objetividad. El relato novelado de la construcción imaginaria queda preso de una tecnocracia que lo presenta como la verdad, en medio de un discurso aséptico, que se pretende apolítico y libre de cualquier prejuicio valorativo”.

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