Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

No es hora de lamentaciones ni de modelos. Lo que importa es el presente. Si el desafío para la economía es poder encontrar la senda del crecimiento, nada justifica que se aplace su aplicación postergándolo indefinidamente.


Las condiciones de la economía mundial no ceden. Y América Latina continúa presentando indicadores preocupantes. En Colombia, la inversión industrial no levanta a pesar de las promesas de este gobierno sobre la inversión en infraestructura. El panorama general es gris. Desde los años noventa, el sector industrial no presentaba indicadores de participación en el Producto Interno Bruto (PIB) tan bajos. Junto a la agricultura, la industria nacional está frenada.

Por contraste con estos sectores, las inversiones financieras han subido hasta el 20 % del PIB. Es decir, los capitales especulativos superan ganancias frente a la industria y la agricultura: muy negativo.

En la región andina, el desempleo, que galopa desde los noventa, no ha cesado. La esperanza que alguna vez mostraron los acuerdos que se lograron con el ALCA y otros tratados comerciales identificaron la ineficacia de aplicarse estratégicamente a los hechos, sin planificación. En Colombia, nuestras desventajas han sido relativamente claras, débiles hacia adentro y dependientes de los ciclos externos de la economía internacional. Una moneda sin demasiado poder de cambio nos expone a riesgos considerables. El anuncio de la Corte puede tirar abajo el naipe. Si algo no se le ocurre al presidente.

Si continúa la baja del dólar y se precipita la economía mundial, los dilemas graves estarán por el lado de la financiación. Los acreedores, anticipándose a este fenómeno, podrían motivarse a vender sus divisas a fin de limitar sus pérdidas. Con lo que habría una severa devaluación y un fuerte incremento en las tasas de interés. Todo esto tendría impacto en la economía latinoamericana de forma directa. Los mercados, dependiendo de los pocos acuerdos comerciales existentes, se verían afectados. Y nuestros países no tendrán fuerzas suficientes para sortear el remezón. La excesiva dependencia del cumplimiento de los acuerdos con el Fondo Monetario Internacional, nos hace muy débiles. El principal prestamista de la región no se compadece con el deterioro creciente que han tenido nuestras economías. Los resultados están a la vista: estancamiento y pobreza.

Pero si por estos lados hay borrascas, en Europa no deja de llover. La razón: en los países emergentes con políticas económicas procíclicas, las consecuencias tienen tonos agudos, destructivas, se puede decir, en los países ricos que gozan aún de un sistema de seguridad social estable. Los efectos cualitativos son idénticos: está creciendo el nivel de inseguridad económica. Los europeos están reclamando por ello la devolución condicional de las políticas públicas a manos del Estado, y no del sector privado. Están desapareciendo los términos de bonanza de la seguridad social. Si el nivel de inseguridad económica crece (creen ellos), será justamente porque las doctrinas procíclicas, lejos de consolidar el crecimiento económico, aumentan las fluctuaciones, con un evidente impacto en la política de desempleo.

La sabiduría antigua enseña que la cuenta de los pecados de los padres no se les pasa a los hijos. Ni viceversa. La política económica que predominó desde los noventa estuvo, como los quesos suizos, llena de huecos. Pero también de aciertos que se disfrutan. No es hora de lamentaciones ni de modelos. Lo que importa es el presente. Si el desafío para la economía es poder encontrar la senda del crecimiento, nada justifica que se aplace su aplicación postergándolo indefinidamente. La tarea que tiene la economía es evitar la salida de capitales al tiempo que cuida la inversión en infraestructura, educación, investigación y desarrollo. Son las reformas estructurales que se requieren para hallar la senda del crecimiento.

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