Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Lo sucedido en Tumaco ha servido a muchos para contrastar, por ejemplo, 60 años de violencia pública, con lo que debería suceder tras los acuerdos de paz y el posconflicto. Y creen que lo que fue Tumaco no tendría que ser.


Sobre lo sucedido en Tumaco, he leído versiones contradictorias, verdades a medias y medias verdades. Sobre los responsables, la coca, el narcotráfico, los paramilitares, las organizaciones criminales y el Estado. Sí, el Estado.

Tumaco es excusa para exponer de nuevo los rituales del sacrificio de la sociedad colombiana. La culpa, la culpa, la culpa. Y un lenguaje saturado de versiones causales que no desnudan hechos, sino la imaginación de columnistas, políticos y expertos en la predicación de masas.

Lo sucedido en Tumaco ha servido a muchos para contrastar, por ejemplo, 60 años de violencia pública, con lo que debería suceder tras los acuerdos de paz y el posconflicto. Y creen que lo que fue Tumaco no tendría que ser. El columnista que culpa al Estado cree en los milagros. De la noche a la mañana, Tumaco y la economía cocalera de los nuevos narcos, usando la cadena de mano de obra barata de raspachines y sembradores, tenía que cambiar con los acuerdos firmados con las FARC.

No dudo que Tumaco, como el Catatumbo, son el contraejemplo a territorios bajo el orden de un Estado moderno. Siempre que aceptemos que el Estado, así concebido, haya tenido en Colombia su implementación acabada. Me confunde, creer que cuando decimos "Estado" desde Bogotá... en Tumaco o el Catatumbo sabemos de qué estamos hablando. Usamos grandes palabras que han perdido su objeto.

Tanta sutileza de los analistas es una oscura ironía entre tantos muertos. ¿De modo que a los campesinos los mató el Estado? Me pregunto. Y podríamos preguntar: ¿por qué no?, en un universo de posibilidades. ¿Y si quienes disparaban vestidos con prendas de la Policía o el Ejército trabajaban —algunos— también para los narcos? ¿No cambia acaso la perspectiva, el análisis de unos hechos y unos muertos, que son nuestros muertos?

De modo que esa simplificación candorosa me duele. Porque en lugar de avanzar sobre hechos, los imagina dentro de un relato aprendido de memoria en las ciudades, en las aulas y las universidades, lejos de las poblaciones y territorios que viven todavía en zonas de anarquía.

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