Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

La libertad es de quienes se liberan para ser mejores. Quienes no se confrontan con los demás, sino con ellos mismos.


Sueño

Aceptar no tener fantasías es indispensable para poder soñar. Uno alcanza el máximo del espíritu soñador justo cuando todo corresponde a una dialéctica, las emociones se desbordan, las ideas van y vienen. La tarde es como la noche y la noche como el amanecer. Se ama y se odia al mismo tiempo. Se es concreto y elevado, y elevado y concreto. El espacio es tiempo y el tiempo espacio. Nada en el sueño es analítico, no descomponemos la sensibilidad, no aislamos a las personas ni el mundo. La fantasía es la negación del sueño. El sueño potencia nuestro ser.

Diógenes

Los días que son desagradables, cuando asumimos posiciones ridículas, caídas, pérdidas, malos gestos, lapsos involuntarios; todos estos detalles debemos tomarlos sin tanto rigor, como meros accidentes, incapaces de alcanzar lo esencial del ser.

Hoy un dolor de muelas, mañana un estreñimiento: son sensaciones incómodas, pero son exteriores a nosotros, aunque sean nuestras. El dolor o la emoción placentera son extensiones orgánicas de nosotros, con ellas vivimos y de ellas se ocupa nuestro cuerpo. Pero no son el todo de nosotros.

Alcanzar tal estado de consciencia nos hace inmunes, eleva los grados de espiritualidad y nos introduce en el reino de lo trascendental. Fue ésta la experiencia de Oriente, el origen del cosmos, del orden superior. Los presocráticos llegaron a poseer semejante condición. Leo a Parménides, Heráclito, Solón, Eurípides y Sófocles, y les encuentro todavía en el umbral de este estado de consciencia.

Me parezco a Diógenes, creo tener estrechos vínculos con su forma de asumir la realidad. Aunque el mundo a su alrededor se estuviera viniendo abajo, él se mantenía impávido. No cedió su honra e integridad ante Alejandro Magno. Esa imagen me ha parecido siempre paradójica, pero justa. Diógenes con su lámpara a plena luz del día: "Busco al hombre (busco al ser)”.

Cuando lo que nos rodea se viene abajo, sumando nuestra propia apariencia, porque tenemos que llevar un cuerpo como los demás, debemos permanecer serenos. No porque seamos santos o justos, o filósofos, sino porque somos nosotros.

Nuestra identidad personal debe ser profunda, inmaterial, sensible y llena de alma. Nada que ver con lo que sucede tras la apariencia, los cambios y las impresiones comunes. La libertad es de quienes se liberan para ser mejores. Quienes no se confrontan con los demás, sino con ellos mismos.

Desdoblamiento

El placer del desdoblamiento ante personas que lo conocen a uno bien, de escapar de ellos, por decirlo de algún modo, es un placer tan grande que la invención de nuevos caracteres, como corresponde al oficio del escritor, resulta por momentos tedioso.

Seguramente por eso muchos de los personajes más deslumbrantes (pienso en Apollinaire o Cyrano) no pasaron del todo a la eternidad. Uno quisiera ser ellos, intensamente, y ver cómo actúa su encanto sobre los demás, no sólo recordarlos o mencionarlos.

Mi desdoblamiento en algunos de estos personajes es liberador, ver hablar esos gestos y voces en lenguas nuevas que poco antes ni uno conocía. Resulta gratificante meterse en un nuevo rostro y volver a colgar sobre él el rostro de uno, como si fuera una máscara.

En tardes así, lluviosas, me encadeno al destino de esos personajes, y los sigo hasta perder mi yo aparente.

Vidas

Hay autores que me resultan extraños, porque la brevedad de sus vidas se ven superadas por los de mayor edad. Digo, por ejemplo, un joven como Kleist al lado de un Goethe ya maduro. Más impresionante es el caso de las vidas de Novalis y Goethe, teniendo en cuenta lo que significó Goethe para Novalis.

En nuestro medio, Andrés Caicedo. Los escritores jóvenes se vuelven más fácilmente atemporales, su inmortalidad constituye una especie de indemnización: resulta imposible imaginarlos viejos.

Tiendo a creer que murieron jóvenes precisamente para no dejar tras sí ninguna imagen descolorida.

Seres tristes

Su preferencia por el absurdo y la paradoja existencial es la pasión de los seres tristes. Así como la gente normal dice disparates, da palmadas en la espalda o toma del pelo. Así, quienes son incapaces del entusiasmo y de alegrías comunes, prefieren dar giros con su inteligencia y, a su manera, hacen gestos que una mayoría no entiende.

Vidas imposibles

Por eso amo las vidas imposibles y las grandes montañas desiertas del Chicamocha, donde siempre estaré. Las narrativas de autores centroeuropeos como Kafka, Musil, Broch, Kis, Kundera. Amo ciudades que he visto en mis vidas anteriores: Praga, Budapest, Kiev. No puedo imaginar que todo ello se realizará ahora en donde vivo.
Duermo mientras sueño en lo que no existe; voy a despertarme cuando sueño lo que puede existir.

Soledad

De adolescente envidiaba el talento para la amistad, pero nunca tuve amigos, bien porque ellos me fallaron, o bien porque la amistad que yo concebía era engaño de mis sueños. Desde entonces he vivido aislado, y fui experimentando más aislamiento a medida que tomaba consciencia de mí mismo. Estar entre otros cuando son muchos es verdaderamente angustiante. Mi actitud vital es diferenciar, individualizar, caracterizar.

Lo más visto de Fernando Estrada

Sociedad

¡¡Los signos de exclamación!!

Mediante la puntuación, los mercados publicitarios y caricaturistas ponen énfasis determinados sobre rostros de personalidades, descripción de acontecimientos o gráfico...

Economía

El Capital en el siglo XXI de Thomas Piketty

El Capital en el siglo XXI ha logrado reunir series históricas al comparar las desigualdades y la riqueza; pero su...

Asuntos de ciudad, Ingenios azucareros

La competencia imperfecta y el cartel del azúcar en Colombia

Una política de competencia limpia en los mercados no es sólo una condición para generar riqueza, sino una necesidad para...