Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

La persuasión pública depende del uso de la retórica. La retórica es un tipo de canalización pública de la cólera. Si la cólera es el fundamento del discurso público, ocurre que su resultado está motivado por el calor de una pasión y no por una meditación sopesada.


Montaigne presenta novedades con respecto a la pasión y su relación con la elocuencia. Recordemos que estamos en el contexto del medievo tardío, donde no predomina el estilo narrativo personal, moralista e histórico. La escritura de nuestro autor sugiere un parentesco con las Confesiones de San Agustín, aunque a diferencia del cristiano, Montaigne se descubre ante sí mismo sin los contenidos de conciencia religiosa ni la gratia revelada del creador. El ensayo es una aproximación crítica de la experiencia de vida personal y no una meditación elevada hacia el creador. Pensamiento crítico y experiencia de vida entre sus semejantes.

El capítulo diez de los Ensayos: “El Habla pronta o tardía” nos descubre un aspecto de la psicología del orador: la prudencia con relación al uso de la palabra y el silencio. La elocuencia no es únicamente resultado de la cultivación; por naturaleza, existen seres humanos con una dotación para el habla. De la misma manera hay hombres con una tendencia a callar. Montaigne no da prioridad al habla sobre la elaboración de aquello que se va a decir. El habla reposada es un reflejo, no sólo de la unidad familiar, sino que también depende de la fuerza personal. La premeditación es una condición filosófica del estado de ánimo. Montaigne le atribuye el habla precipitada al oficio propio del retórico profesional, el abogado. Mientras que la improvisación oral puede ser beneficiosa en algunos casos, el ejercicio de la escritura impone un ordenamiento más mesurado y meticuloso sobre sí. Sobre la cultura oratoria se presenta un caso análogo. Una cultura oral predominante ofrece condiciones para la impetuosidad, haciendo próximo el conflicto. Una cultura donde haya un equilibrio entre el razonamiento y la oralidad estará mejor forjada, la claridad en la comunicación robustece el tejido social porque da confianza.

En la modernidad temprana, la acción y el discurso del hombre se proyectan en el plano de la pasión. Mientras que para los clásicos la meditación precede al discurso, en la experiencia moderna empieza a darse una aproximación, donde el discurso y el pensamiento empiezan a coincidir en un mismo plano. Se diluye la claridad sobre la prelación del pensamiento sobre la acción. Es más, la modernidad empieza a dar prelación a la acción sobre el pensamiento, donde la primera se basa en la decisión inductiva basada en hipótesis, y la segunda empieza a convertirse ya no en una consideración sobre el buen actuar, sino en reflexión o recuento histórico sobre lo acontecido. Hacia los siglos XIX y XX las ideologías decisionistas concluirán que en términos de la actividad política primero hay que actuar para luego entender si se actuó bien o no.

Montaigne hace una apreciación acerca de cómo la cólera es el motor de la elocuencia. Se remonta a la autoridad de Séneca para ilustrar el caso particular de Severo Casio: “Hablaba mejor cuando no había pensado nada, debía más a la fortuna que a su diligencia, le beneficiaba ser molestado mientras hablaba, sus adversarios temían provocarlo por miedo a que la cólera redoblara su elocuencia” (I: x, b). La persuasión pública depende del uso de la retórica. La retórica es un tipo de canalización pública de la cólera. Si la cólera es el fundamento del discurso público, ocurre que su resultado está motivado por el calor de una pasión y no por una meditación sopesada.

En el espíritu de Montaigne predomina un escepticismo prudente. Dudar frente a la experiencia cotidiana significa tomar discretamente posición cuando los ánimos están alterados. El escéptico montaigniano no es un indeciso. Toma decisiones cuando ha logrado reunir al menos de manera selectiva aquellas premisas que le permitan escoger ponderadamente el mejor curso de acción. A diferencia del escéptico radical, a la manera de David Hume, en cuanto a su negación misma de conocer y su suspensión del juicio y de la pasión, Montaigne es un escéptico apasionado, un humanista político que intenta no evadir las responsabilidades públicas, “por naturaleza un mediador entre las partes, [quien] como su amigo La Boétie, no concibe la actividad política sino en el sentido de la conciliación y la tolerancia… y su verdadera actuación en el servicio público ha consistido siempre en negociar secretas reconciliaciones”.

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