Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

El énfasis de nuestra fragmentación es con frecuencia trasladado a la experiencia cotidiana. En una mentalidad primitiva del estilo de los noticieros que hay en Colombia. El poder incorpora en las personas la animosidad para distinguir todo en términos de blanco y negro.


Parte de nuestra paradoja social responde a ciclos históricos de fragmentación. Solo que existen diferencias sobre los lugares de énfasis. Freud/Marx y Nietzsche abrieron un sendero para nuestra comprensión moderna del mundo, con implicaciones sobre la identidad psicológica del sujeto, su resistencia dentro de una clase y su extensión agónica en la incertidumbre. Fragmentación social, fragmentación del objeto de deseo y fragmentación existencial. Sobre esta tríada encontramos toda suerte de variaciones en los tiempos que vivimos.

Antes he relacionado la condición fragmentada con el error; no se trata de un rodeo, por el contrario, tendríamos que llevar hasta sus alcances últimos este problema de orden teórico y práctico. Somos el resultado del error, en parte, como un signo distintivo de nuestra condición humana. Colocando toda la fuerza de esta condición en la subjetividad (Kierkegaard/Sartre/Camus). Una subjetividad que no deja posibilidades a la cortesía, en el sentido de adoptar una conducta formal que beneficie a los demás. O mejor, la cortesía como protocolo de nuestra condición moral, cumplir rituales que puedan fomentar nuestra simpatía comunitaria.

El énfasis de nuestra fragmentación es con frecuencia trasladado a la experiencia cotidiana. En una mentalidad primitiva del estilo de los noticieros que hay en Colombia. El poder incorpora en las personas la animosidad para distinguir todo en términos de blanco y negro. En realidad, una extensión acompañada con un espíritu de cruzadas: los perdidos y los salvados. Enemigos o amigos, dentro de un espacio cerrado que reproduce escalarmente el totalitarismo. Aquí manifestado dentro de una lucha por el poder o los esfuerzos por excluir a otros de semejante derecho.

Esta fragmentación de niveles inferiores (machismo, sexismo, partidismo) se mueve con toda la capacidad destructiva sobre otros seres humanos, como nos lo han recordado Primo Levi o Albert Camus. Se trata en teoría de una proyección generalizada de los espacios en la denominada microfísica del poder (Foucault), a nivel simbólico y real (Cassirer); no es complejo el paso que lleva desde una vulgaridad expresada contra el oponente político y la mitología primigenia en las religiones monoteístas del sacrificio sacramental (Baudrillard).

En la sospecha que Marx ve contra la revolución del 48 en Paris, observando en ésta una caricatura reveladora del proyecto imperial de Napoleón, o cuando valora la intermitencia de las revoluciones tras 1789, Marx anticipa en realidad una de las mayores crisis de la ideología revolucionaria, en tanto que, si las copias dejan mal librados los originales, tanto peor para la revolución. La dialéctica de esta imagen marxiana puede pensarse de igual modo en afirmaciones conservadoras. Más aún, dentro de límites razonables, los males proyectados sobre Colombia por Álvaro Uribe superaron el egocentrismo psicológico de su personalidad. Uribe no hacía más que extender en la expresividad pública una condición radical de la sociedad colombiana, a saber: su espíritu reaccionario. Colombia es un país de mentalidades de poder conservadoras.

Las señales de esta mentalidad tienen todo el trasunto dado por Lord Acton o Edmund Burke. Esa mentalidad reaccionaria que traslada en posiciones opuestas un mismo proyecto político como el caso de la Anapo y la causa conservadora de Laureano Gómez. La decadencia en su estadio superior son personalidades individuales: Alvaro Uribe, Carlos Alonso Lucio, por ejemplo. Esa mentalidad colombiana que permite a los héroes de nuestra guerra cotidiana trasformar su maldad en actos de bondad, Carlos Castaño describía a las víctimas del genocidio paramilitar como una ofrenda a la necesidad de pacificar a Colombia.

Nietzsche observó esta trampa en los valores. Ante todo, porque pudo desnudar sus manifestaciones públicas como máscaras, antifaces. Si comparamos su período de vida en Turín o sus desvelos en Maguncia con acontecimientos más nuestros, nada repara su ironía contra nuestra miserable realidad. ¿Cuáles valores defienden los candidatos presidenciales, o aspirantes a una alcaldía o una gobernación? Sí, hablamos de valores, no de política. Porque una campaña electoral no se realiza sin el discurso moralizante. Los candidatos que pretendan el poder político con política, están perdidos.

El punto de gracia son los valores. Transparencia, honradez, lealtad, no corrupción, confianza, etcétera. Se trata de hacer ruido sobre nuestra condición miserable, dejar que hable la conciencia. Aunque, desde luego, se trata de hacer impostora la realidad, de encubrirla, engañar con hechos que no son hechos, sino palabras. Las distinciones en detalle no son relevantes. Valores, un equivalente a la moral que pueda tomar todos sus matices: católico, evangélico, agnóstico o de izquierda. Nietzsche pudo advertir que la gracia del cambio y la transformación radical no procede necesariamente mediante la destrucción (como lo creía Marx), sino mediante la sustitución.

La mentalidad moral fue cediendo el catolicismo romano a favor de valores mafiosos: mínimo esfuerzo, dinero fácil, plagio, piratería, sicariato; desde abajo. Clientelismo, cacicazgo, soborno, manipulación, créditos, contratos; desde arriba.

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