Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

El discurso feminista es un discurso performativo que pretende defender como legítima una definición de límites y exigir el reconocimiento de las mujeres frente a la definición dominante y desconocida como tal.


En el debate ampliamente divulgado sobre el lenguaje y la estigmatización feminista, Abad Faciolince y Antonio Caballero, cada uno a su manera, ha sustentado cierta neutralidad. Ambos sugieren que estos problemas no tienen relación causal con la lengua. Las formas de exclusión y victimización feminista son exageraciones. Por mi parte, creo que la confusión en este debate se debe al deseo de someter a la lógica de categorías del sentido común, emblemas o estigmas, y reemplazar los principios prácticos del lenguaje ordinario por los criterios controlados, objetivos y neutrales del conocimiento que tienen los renombrados columnistas.

Quienes han intervenido en este debate olvidan, sin embargo, que las clasificaciones están siempre subordinadas a funciones prácticas y orientadas a provocar efectos sociales. Además, que las representaciones prácticas más expuestas a un juicio de mayorías (por ejemplo, las expresiones del uribismo respecto a la unidad de la patria) puedan contribuir a producir lo que aparentemente describen. En suma, la realidad objetiva a que la crítica de los columnistas remite, tiene así forma de una tautología aparente. Se olvida que la neutralidad es también una forma de control social.

Dicho de otra manera, la búsqueda de criterios objetivos de identidad de género no debe olvidar que, en la práctica, esos criterios (“hombre”, “mujer”, así como “especie”, “ameba”, “Saturno”; por ejemplo) son objeto de representaciones idealizadas, es decir, de actos de percepción y de apreciación, de conocimiento y reconocimiento de comunidades que invierten sus presupuestos e intereses, de representar la forma de fenómenos (del mismo modo que “cocina”, “hogar”, “trabajo”, “muñecas” o “carros de juguete”) o actos, estrategias interesadas de manipulación discursiva, cuyo objetivo es determinar la idea que los demás pueden hacerse de esos fenómenos y de sus portadores.

En sentido riguroso, los rasgos y criterios que seleccionan los columnistas, lingüistas o antropólogos neutrales en el debate contra el lenguaje excluyente e institucionalizado tienen una función como signos, emblemas o estigmas y también como poderes de una sociedad machista. Porque esto es así, y porque no tendríamos que pasar de largo ante hechos indiscutibles, la propiedad (objetivamente) simbólica, que induce prácticas excluyentes, pueden utilizarse estratégicamente en función de los intereses materiales y también políticos de sus portadores.

Para comprender esta forma particular de lucha del feminismo, que es la lucha por la definición o “justicia de mínimos” (Arendt /Rawls/Sen/Nussbaum) es necesario superar la oposición instaurada en el conocimiento, en principio, para romper así las prenociones de la opinión en medios, entre la representación y la realidad, e incluir en lo real la representación de lo real, o más exactamente, la lucha de representaciones en el sentido de imágenes mentales (e incluso de expresiones institucionales) encargadas de mantener el orden o cambiarlo.

El discurso feminista es un discurso performativo que pretende defender como legítima una definición de límites y exigir el reconocimiento de las mujeres frente a la definición dominante y desconocida como tal —por tanto, reconocida y legítima que la ignora—. En su obra Como hacer cosas con palabras, John L. Austin sugiere que el acto de categorizar, cuando consigue hacerse reconocer o es ejercido por una autoridad reconocida, ejerce por sí mismo un poder: como las categorías de parentesco, las categorías de género instituyen una realidad utilizando el poder de revelación y de construcción ejercido por la objetivación en un discurso.

Finalmente, sólo a condición de exorcizar el sueño neutral del lenguaje, investido del derecho de decretar cómo fueron las cosas y cómo seguirán siendo, puede la crítica feminista denunciar el juego mismo en que se disputa el poder y las fronteras en que estamos clasificados como género, es decir, el poder de quienes reproducen, multiplicando los prejuicios de una sociedad patriarcal.

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