Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Sin usar medios violentos, comprando tierras, haciendas y trapiches, pocas familias con apellidos y nombres propios lograron edificar economías de escala con negocios derivados de la caña.


El tema agrario concentra parte de los problemas heredados en Colombia. Si comparamos con países en Asia, África u Oceanía, los conflictos locales tienden a mantenerse en niveles diferentes: colonización, confrontaciones étnicas o luchas entre facciones religiosas. En Colombia estos conflictos tienen raíces en el despojo de la tierra y consecuentes desplazamientos de poblaciones. La geografía regional que muestran los mapas después de los años ochenta ofrece una descripción: regiones fragmentadas y aisladas, con una precaria información sobre titulaciones y propiedades en zonas bajo influencia de agentes armados. Hasta hoy existen datos poco confiables sobre lo que fue el despojo durante la primera mitad del siglo XX; los registros sobre propiedades en muchos municipios se pierden en la edad del tiempo.

El tema agrario contiene también relaciones explicativas. Nos explica desigualdades heredadas, concentraciones demográficas, transiciones de una economía que evolucionó desde el café y el oro hasta la coca y la amapola; el resurgimiento de la extracción minero–energética. Explica la marginalidad en la participación y las decisiones que afectaron el campo, trabajadores y labriegos. Permite explicar por qué los alegatos de las Farc tienen fundamento en ideas que vienen del campo. El narcotráfico no explica todo lo que han sido las Farc. El gobierno negocia con las Farc porque son su enemigo político. El tema agrario recoge esa historia compartida en zonas de reserva campesina.

El Valle del Cauca tiene parte en esta historia. Pero, ¿dónde situamos el tema agrario? Recientemente las explicaciones tienden a relacionar la guerra en perímetros urbanos del Valle como Palmira o Tuluá, con desplazamientos provenientes de departamentos vecinos: Tolima o Huila hacia el norte, o Cauca y Nariño hacia el sur. Comprendemos las raíces negras de la cultura vallecaucana observando la extensa demografía del pacífico. Creemos que no sufrimos los efectos del despojo como en el Urabá antioqueño o en Córdoba. A excepción del norte del Valle, donde anidan consecuencias de la violencia heredada con la guerra presente entre Rastrojos y Machos.

Gobernadores y alcaldes del Valle explican el tema sin relacionar el conflicto armado. A diferencia de esa otra historia de Antioquia o el Meta, en el Valle no hemos padecido estructuras del despojo violento, eso creemos. La magnitud objetiva del problema pasa a un segundo plano. Hay versiones locales de las fiestas de la agricultura en donde se realizan exposiciones ganaderas, conciertos de salsa y unas pocas muestras de las cosechas campesinas. Esta narrativa local se relaciona con la economía dominante: la caña de azúcar. Desde el siglo XIX hasta mediados del siglo XX el Valle del Río Cauca, con sus trapiches y sus haciendas, sus poblados y sus gentes mestizas, y la amplia amabilidad de los vallunos.

El cuadro histórico es decorado con romanticismo. Cuando, lo cierto, hemos heredado estructuralmente una historia del despojo en forma lenta. Sin usar medios violentos, comprando tierras, haciendas y trapiches, pocas familias con apellidos y nombres propios lograron edificar economías de escala con negocios derivados de la caña, hasta descubrir un derivado costoso en los mercados internacionales: el etanol, oro puro transformado por la alquimia industrial de los grandes ingenios, en mercado de grandes capitales. Un pragmatismo empresarial permitió a los ingenios controlar con sembrados los recursos naturales de la región. De modo que el agua es un recurso administrado desde las cuencas hidrográficas por estos imperios de la economía regional.

En el Valle la expropiación de la tierra no sucedió a sangre y fuego; pero ingenios como Manuelita S. A., Providencia, San Carlos, Mayagüez y Rio Paila fueron comprando a precios de huevo cientos de hectáreas, hasta convertir la agricultura tropical, variada y rica de especies nativas en sembrados homogéneos de caña verde. Quienes descienden en aeronaves al aeropuerto Bonilla Aragón se admiran de la panorámica de verdes tendidos sobre miles de hectáreas de tierra productiva. Aquí, lo cierto, es que tenemos una historia contada al revés. Porque con la tierra se capturó el poder de los gobiernos locales, el poder del Estado.

La caña ha representado un peso muerto para el aparato productivo del Valle del Cauca. Porque las riquezas derivadas del control de los mercados internos y externos del azúcar no ingresan fiscalmente a los municipios; en el Valle sucede una historia semejante a las regiones con riqueza minera, energética o petrolera. La exención de impuestos y los subsidios que el gobierno otorga a los ingenios por la producción de etanol no tienen retorno de beneficios a los municipios. Por el contrario, los costos de transacción que pagan poblaciones como Palmira son elevados (pavesa de la caña, contaminación ambiental, quemas nocturnas y tráfico permanente de cargas de transporte pesado); las enfermedades respiratorias y los daños heredados al ecosistema corren por cuenta de estas ciudades.

Cuando el tema agrario es prioridad en las negociaciones, en Palmira los gobernantes son incapaces de ponerle freno a los terratenientes. Aquí la tierra no pertenece a quienes la trabajan, es de inversionistas que disfrutan sus ganancias con depósitos de capital. Los impuestos que pagan los ingenios son miserables si se les compara con las exenciones. El Valle tiene una negociación pendiente con los dueños del capital del azúcar y las tierras del despojo compradas a precios ridículos.

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