Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

La economía del nuevo mercado laboral expone problemas de identidad del hombre moderno. En un mundo complejo contamos con expertos en dominios mínimos de la vida.


A diferencia de Estados Unidos y Europa, América Latina no sufrió brutalmente la crisis financiera de 2008; desde entonces una mayoría de economías industriales han evitado consecuencias que se parezcan a la Gran Depresión de los años treinta. Sin embargo, pese al estímulo fiscal y monetario en gran escala que dieron países industrializados, la economía del capitalismo no muestra signos de crecimiento. Por el contrario, las tendencias a la desigualdad de ingresos y la generación de riqueza (comparadas con el período posterior a la Gran Depresión) siguen aumentando. Las encuestas demuestran poca confianza en el porvenir.

La explicación a este malestar procede de una combinación entre incertidumbre económica y el carácter emergente de nuevas formas de intercambio social. Cambios estructurales en la naturaleza del trabajo y, consecuentemente, cambios en la manera de pensar las transacciones personales y económicas.

Comenzando el siglo XX, los países con economías avanzadas dependieron laboralmente de la agricultura. Algo que cambió posteriormente de manera radical, como sucedió con la generación de empleo durante el auge industrial en Europa y Estados Unidos. Hacia finales del mismo siglo, la mayor parte del crecimiento del mercado laboral provenía de servicios, en particular, los servicios domésticos. De suerte que entre la primera y segunda mitad del siglo XX, asistimos a una especie de parábola histórica en el mundo laboral. Regresa un mercado laboral informal creciente.

Durante la primera mitad del siglo XX, las familias de clase media contaban con suficiente personal de servicios: cocineras, mucamas, niñeras y personal de limpieza. Después de la Segunda Guerra Mundial estos empleos desaparecieron en muchos hogares, con excepción de pocas familias adineradas. En nuestro caso, obras como la María o El alférez real reflejaron esta decadencia. Evocada hace pocos meses en una escandalosa portada del Valle del Cauca, que sugiere la nostalgia de poder burocrático de la clase blanca y rica.

Para la segunda mitad del siglo XX, muchas labores del servicio doméstico fueron reapareciendo desproporcionadamente; una mayoría de hogares de clase media comenzaron a demandar servicios de empleo dentro del hogar: niñeras, madres, enfermeras, terapeutas particulares, etcétera. Los cuidados y ocupaciones dentro del hogar tuvieron una demanda creciente de empleadas del servicio.

Esta integración laboral comenzó con el cuidado de niños, luego vinieron clases particulares de profesores, entrenadores, masajistas, abogados, e instructores en pruebas de admisión para colegios y universidades. Las demandas laborales de personal especializado se fueron extendiendo. España, por ejemplo, se convirtió en país receptor de muchos latinoamericanos y africanos dispuestos a realizar trabajos que los blancos de la madre patria despreciaban. Las migraciones de trabajadores no se hicieron esperar.

En términos laborales, nuestro siglo ha presenciado un crecimiento desbordado de servicios informales. Agencias digitales, matrimonios virtuales, oficinas de empleo y productos ofrecidos en mercados digitales. Diseñadores de interiores o servicios médicos, cursos avanzados de relaciones internacionales. Cientos de páginas que proveen bienes y servicios con pagos en dinero plástico. Terapeutas para dietas contra la obesidad, cosmetólogos, dermatólogos y artistas que ofrecen grabar tatuajes sin moverse de su casa.

Las dos áreas de mayor expansión en estos mercados laborales han sido los servicios en salud y educación. Sin que esto represente (necesariamente) trabajo asalariado para médicos y profesores. Lo que sí ha representado, por el contrario, es una nueva división del trabajo que excluye a los proveedores convencionales; en su lugar surgieron nuevos profesionales: los administradores. Muchos médicos se han vuelto expertos en seguros contra riesgos; medicos que a su vez necesitan asesores y proveedores de laboratorios farmaceúticos, así como abogados expertos en riesgos. Han surgido administradores dispuestos a mejorar ingresos en las universidades; formados para gestionar proyectos entre la academia y la empresa privada. Estos administradores, consultores y asesores se ocupan del lobby, es decir, cumplir con lo que no saben hacer profesores e investigadores. Un ejército de administradores dirige las universidades.

Pero ninguno de estos servicios se ofrece a distancia. Enfermeras y masajistas, consultores y administradores requieren lugares de trabajo. Lo que plantea un problema de control. ¿Cómo confiar en proveedores de servicios para el cuidado de los niños? Los padres quieren tener confianza en quienes transportan a sus pequeños al colegio. Consultan las garantías y la reputación de empresas que ofrecen estos servicios. Al buscar un servicio los usuarios requieren proveedores de otros servicios. Y así sucesivamente.

Esta economía de servicios se ha extendido desde las relaciones del mercado convencional hasta cubrir áreas de la vida que antes estuvo bajo el cuidado de la asistencia informal; justo donde prevaleció el apoyo solidario entre familias ahora encontramos batallones de personas ofreciendo servicios.

En Colombia, la DIAN hace esfuerzos para grabar estas modalidades del mercado laboral y, por supuesto, esto significa cambios en actividades económicas, que una vez formalizadas, aumentan la riqueza del país. Los servicios domésticos no remunerados constituyen un renglón importante para las cuentas del PIB. De ahí las razones para legalizar prestaciones sociales a las empleadas del servicio. Los economistas interpretan las consecuencias macroeconómicas de este fenómeno como algo positivo. Sin embargo, hay aspectos de dependencia interpersonal de tales formas de empleo que son evidentemente regresivas.

Estas nuevas formas de economía laboral tiene aspectos monárquicos. Surgió durante la corte de Luis XIV, con especialistas cortesanos del Rey Sol, quien satisfacía sus necesidades y caprichos más íntimos (tenía un siervo en el retrete dispuesto a limpiarle el ano). En ese mundo premoderno la vida privada era extraordinariamente pública; por contraste con los siglos XIX y XX, cuando se ampliaron los dominios de la moral y la autonomía individual. Durante estos siglos la modernidad se comprendía como expresión de los derechos individuales. En nuestro tiempo, son las banderas del liberalismo pregonado por un Hayek o un Nozick.

La economía del nuevo mercado laboral expone problemas de identidad del hombre moderno. Necesitamos asesores y especialistas en casi todos los aspectos de nuestra vida. En un mundo complejo contamos con expertos en dominios mínimos de la vida. La medicina y la educación reflejan estos fenómenos. Pero, ¿podemos controlar los abusos que se cometen bajo estos nuevos mercados laborales? ¿Son mejores los servicios médicos con la intermediación de empresas administradoras de salud? ¿Ha mejorado la calidad de la educación de nuestros hijos en colegios y universidades?

Paradójicamente, las nuevas tecnologías de información (Facebook o Twitter) están cancelando la privacidad. Nos movemos dentro de sociedades monárquicas en miniatura, con nuevos reyes y reinos, en donde todos se conocen entre todos; es la sociedad del rumor y el chisme. Agregando las chuzadas telefónicas y la vigilancia electrónica, nuestra dependencia interpersonal nunca había llegado a sus extremos. La era digital es deprimente y humillante.

El mundo moderno no cumple ahora con los sueños que tuvieron Kant o Spinoza. Los ideales del progreso moral y de la humanidad, el respeto a la diferencia y los valores de autonomía y decisión son cada vez más problemáticos. La modernidad digital ha desnudado una pornografía generalizada en casi todos los niveles.

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