Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

La contrarreforma agraria en el Valle es menos resultado del desplazamiento forzado de pobladores, que de una concentración oligopólica en la producción agropecuaria.


El tema agrario en las negociaciones supone replantear problemas de tierras, como hemos argumentado. Reconfigurar históricamente compensaciones por despojo, desplazamiento, formalidad de títulos, restitución y reparación de víctimas. Es decir, no sólo reformar condiciones históricas que dieron origen al latifundio predominante, sino restablecer derechos de propiedad a los que se oponen neoparamilitares. En la aplicación de la ley queda un largo camino por recorrer.

Hemos observado también el caso del Valle y la región del Pacífico. El tema agropecuario en Cauca y Nariño comprende una historia de luchas heredadas; apellidos de familias vinculadas a la segregación de blancos contra negros e indios; las violencias durante la primera mitad del siglo XX, conservan parte de esta discriminación, a la que se agregaron hechos críticos con la presencia de las Farc, frentes paramilitares y narcotráfico. La confrontación por los derechos de tierra y propiedad en lo que fue el Gran Cauca introduce un capítulo separado de las negociaciones en La Habana.

El Valle tiene su propia historia. Porque el despojo sucedido entre la segunda parte del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, no fue propiamente un despojo violento. Los medios que llevaron a cambiar la agricultura tropical por el monocultivo de caña: titulaciones a los ingenios azucareros, propiedades extensivas de cuencas hidrográficas, canalización de aguas y oligopolio industrial; todo eso se logró por medios legales, con asistencia de notarios, registradores, gobernadores y alcaldes.

Si no hubo despojo mediante la violencia categórica, ¿cómo lograron pocos apellidos, vinculados a los ingenios, poseer un dominio tan absoluto sobre las mejores tierras cultivables del Valle del Cauca? ¿Cómo permitieron gobernantes y empresarios un cambio en la escala de la producción agrícola, variada y tropical, hacia el monocultivo de caña en casi la totalidad del territorio? Las respuestas divergen, por supuesto. Pero una variante explicativa se relaciona con los capitales de la industria azucarera y el poder de influencia política en los gobiernos locales.

Los grandes ingenios azucareros fueron devorándose a pequeños productores; una economía de escala arrastraba la ambición por tierras que tenían familias vinculadas a estos capitales con peso en los gobiernos locales. Los bueyes y caballos fueron reemplazados por maquinaria industrial durante los años setenta, luego el imperio de tecnologías avanzadas permitía la diversificación de los derivados de caña, el etanol, ese oro puro en la alquimia del monocultivo de caña. Contada a medias, nuestra historia representa el auge de un renglón clave de la economía nacional. Pero la otra mitad de la historia condena a la región vallecaucana a reemplazar la variedad de su agricultura tropical por un producto absoluto: la caña.

El impacto de esta historia refleja dos extremos de la economía regional. En un extremo encontramos a los ingenios azucareros, cuyos capitales superan de lejos los presupuestos mismos del departamento y los municipios; cobran derechos en la producción de etanol, pagan bajos impuestos y tienen exenciones tributarias. En otro extremo se encuentran las poblaciones vecinas a los ingenios. Cubriendo costos morales, sociales y económicos muy altos: enfermedades respiratorias, quemas de caña y pavesa sobre los centros urbanos, riesgos de accidentalidad del transporte, etcétera. Es decir, desequilibrios en el ecosistema junto a desigualdades económicas heredadas. La masa laboral sustentada en condiciones mínimas de calidad de vida es deficiente si se la compara con los capitales extraídos en la explotación de suelos.

De modo que la contrarreforma agraria en el Valle es menos resultado del desplazamiento forzado de pobladores, que de una concentración oligopólica en la producción agropecuaria y, consecuentemente, un progresivo deterioro en la fertilidad de la tierra, con el aumento de gases de invernadero como efecto de prolongadas quemas, abuso en el manejo de cuencas hidrográficas y monopolio del agua. Los cambios en la agricultura del Valle durante siglo y medio son la oscura negociación entre una clase política mediocre y pocas familias con enorme capacidad de influencia en gobiernos locales.

¿Qué problemas de tierra alegar con los ingenios azucareros en las negociaciones de La Habana? Respuesta: legalmente, ninguno. La propiedad extensiva y dominante que tienen estos mercados industriales, el poder que ejercen los ingenios en municipios como Palmira, Cartago o Tuluá, resulta casi omnipotente. Y todo corresponde a la legalidad otorgada en Colombia que, como sabemos, opera con ventajas para quienes poseen el poder. O mejor, la legalidad de propiedades sobre la tierra en el Valle, por ser inmoral, no deja de ajustarse a la legalidad.

Una negociación de tierras con los ingenios azucareros debe operar políticamente. Primero, restando su oligopolio sobre los cultivos agropecuarios. Imponer restricciones al monocultivo de caña forzando cambios hacia la diversificación productiva en una división planificada que cuente con el apoyo de la Universidad Nacional de Palmira y el Centro Internacional de Agricultura Tropical, CIAT. Segundo, limitando su papel determinante en la coadministración de las cuencas hidrográficas. El agua que requieren los cultivos de la caña mediante el sistema de canalización es agua que no está llegando a poblaciones necesitadas como Candelaria y corregimientos vecinos.

Los municipios del Valle, en audiencias públicas, tienen derecho a negociar con los ingenios las exenciones de impuestos, regalías del gobierno central por producción agroindustrial, más compensación por daños causados a la salud. La reparación debe incluir controles a los efectos en enfermedades respiratorias y gastrointestinales de los pobladores. Lo que hasta hoy ha sido manipulado entre políticos locales e ingenios en materia sanitaria debe exponerse bajo las condiciones de una mesa ampliada entre quienes están directamente afectados.

En resumen, el tema agropecuario en las negociaciones de La Habana contiene diferencias regionales. Para abordar el caso del Valle, los problemas derivados de la tierra se relacionan con el oligopolio ejercido por los ingenios azucareros y su influencia en la administración de los recursos naturales, particularmente, las cuencas hidrográficas. Se requiere un debate con amplia participación de los municipios de origen. Las condiciones de estas negociaciones, aunque no sean dadas, deben crearse.

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