Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Edilberto pensaba que la felicidad se encontraba en el teatro natural, de la misma manera que la infelicidad lo embargaba sobre la angosta habitación en la que vivía con sus padres y hermanos.


En la época escolar de Edilberto y F, todo niño lector era kafkiano, pero no su contrario. La pobreza media aseguraba un destino inmediato entre el trabajo en las calles o la escuela; el vendedor de periódicos combinaba ambos frentes con la sagacidad del malabarista; aunque no siempre con resultados afortunados: se quedaba dormido haciendo sus deberes o, en una mayoría de ocasiones, sus lecturas hacían que descuidara las obligaciones laborales. Fue un tiempo de sorprendentes revelaciones. Lecturas Dominicales hizo entregas de los cuentos breves de Franz Kafka, de modo que las tardes de Edilberto y F estuvieron acompañadas del ambiente de Praga.

—¿Qué observas en la fotografía de Kafka? —preguntó F a Edilberto.

—Un mundo parecido al nuestro —fue su cortante respuesta.

En efecto, por extraño que resulte, todo niño lector en Palmira podía revelar un trasfondo semejante al contexto de la fotografía. Una infancia que, como lo afirmara Walter Benjamin, por "pobre y breve" se había convertido en una imagen de una manera conmovedora. La imagen pudo haberse tomado en los estudios fotográficos de los hermanos franciscanos, con sus largas cortinas y sus paisajes desérticos, sus animales con pieles disecadas y los rituales de sobriedad tenebrosa.

Antes que la cámara cumpliera sus funciones, las pobres criaturas experimentaban el encontrarse en un trono o una cámara de torturas. Kafka luce un traje ajustado y humillante, recargado con un brazo que parece enyesado, el niño, que tiene entonces unos seis años, se encuentra en un recuadro que semeja un jardín de invierno. A la distancia unos árboles. Y como para reforzar su impostura lleva en la mano enyesada un sombrero de ala ancha, como el que usaban los españoles de aquella época. Los ojos tristes dominan el paisaje condicionado; una gran oreja sobresale para escuchar.

—Son como las orejas de un animal salvaje —expresó F.

La metáfora del teatro, tan apropiada al vendedor de periódicos, hacía eco de personajes centrales en las novelas de Kafka, sobre todo en América, el Nuevo Mundo en donde el escritor asume dentro del teatro natural de Oklahoma una posición singular. Karl vio en una esquina un cartel que decía lo siguiente:

Hoy se contrata en un hipódromo de Clayton, desde las seis de la mañana hasta medianoche, personal para el teatro de Oklahoma. ¡El gran teatro de Oklahoma les llama! ¡Tan sólo hoy, y por sólo una vez! El que deje pasar esta ocasión la dejará que pase para siempre. Vengan con nosotros todos los que piensen en el futuro. ¡Todos son bienvenidos! Acudan todos los que quieran ser artistas. Porque nosotros somos el teatro que les necesita a todos, y a cada uno en su lugar. Felicitamos desde ahora a quienes nos hayan escogido. Pero dense prisa para ser admitidos antes de medianoche. Cerraremos a las doce y, después de eso, no volveremos a abrir. ¡Maldito sea el que no nos crea! ¡Pónganse en marcha en camino hacia Clayton!

El lector del anuncio es Karl Rossmann, la tercera y también la más feliz encarnación de K, este será el héroe en las novelas de Kafka.

Edilberto pensaba que la felicidad se encontraba en el teatro natural, de la misma manera que la infelicidad lo embargaba sobre la angosta habitación en la que vivía con sus padres y hermanos. En ese oscuro cuarto de alquiler pasaba muchas veces dando vueltas como en un hipódromo. Quizás por estos mismos sentimientos en los que Karl Rossmann encuentra la meta de todos sus deseos, un hipódromo.

El cuarto de habitación como un teatro se fue convirtiendo en un enigma. Un lugar enigmático y un personaje que en las lecturas del niño vendedor de periódicos era transparente. El teatro natural de Oklahoma remite, en todo caso, al teatro chino, un teatro gestual. Una de las funciones significativas de este teatro es disolver en lo gestual los acontecimientos. Estas historias menores de Kafka que publicaba Lecturas Dominicales, podían entenderse mejor una vez que los niños lectores trasladaban los actos al teatro. Edilberto comprendía, dentro de sus límites, que toda la obra de Kafka representaba un código de gestos que no poseen un significado simbólico seguro. Los desafíos fueron entonces descubrir en esos relatos breves de Kafka, experimentos sobre sí mismo en el teatro que les ofrecía la vida cotidiana.

Agregaba al toque misterioso de la narrativa kafkiana su tono:

—Kafka pudo ser un niño lector, pero no su contrario.

Dejaba en el ambiente esa carga pesada que tienen las palabras misteriosas. No porque presumiera que el escritor sellara su propio destino, sino porque desde entonces aprendió que cuanto más crecía la grandeza de Kafka, tanto más renunciaba a adaptar esos gestos a situaciones normales, a explicarlos. Dos semanas después, el periódico dominical entregaba a sus lectores una traducción de la Metamorfosis. Allí se afirma:

"Una costumbre extraña, la de sentarse encima del pupitre y hablar desde arriba como el empleado, que además, debido a la sordera del jefe, tiene que acercarse mucho a él".

F se quedaba mientras tanto dormido encima de los periódicos que no se habían vendido aquel día.

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