Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

El robo de las elecciones al general Rojas Pinilla terminó sacudiendo también a la Villa de las Palmas. En las esquinas de los barrios, en los parques, en bares y cantinas, los comentarios iban de un lado para otro.


Al ingresar a la adolescencia, F aceptaba la naturalidad de dejarse molestar y tomar del pelo a los demás. Algo extraño a regiones más cerradas por su geografía como las ciudades de la región andina. La amplitud del paisaje extendido como una alfombra entre los pueblos del norte del Valle expresaba también la forma cálida de sus gentes en el trato mutuo. Como quiera que había nacido en un departamento receptor de poblaciones que huyeron de la violencia en el Viejo Caldas, Antioquia, Tolima y la Costa Pacífica. Cuando los "pájaros" actuaban en poblaciones como El Cairo, Roldanillo o Tuluá, se reconocían más bien huellas ajenas a su idiosincrasia; porque ni la pobreza, ni la política enemistaban al vecindario. Fueron aspectos afirmativos en la personalidad del vendedor de periódicos.

Con todo, el robo de las elecciones al general Rojas Pinilla terminó sacudiendo también a la Villa de las Palmas. En las esquinas de los barrios, en los parques, en bares y cantinas, los comentarios iban de un lado para otro. Bajo el estatuto de seguridad, los paisanos se entregaban a especulaciones tempranas dentro de sus hogares. Debajo de las cobijas se escuchaba una que otra vulgaridad.

—Ahora con el Frente Nacional se amangualaron los "malparidos".

Las calles del barrio estaban en duelo.

Quien se opuso a cerrar temprano su negocio fue Modesto, propietario de la cantina en la calle 37 con 15. Modesto ofrecía una de las mayores colecciones de tangos y milongas que encontraban los bohemios en Palmira. Los miembros de la fuerza pública hacían una excepción cuando pasaban dando revista; antes de entregar sus informes diarios, pasaban por allí soldados, cabos, tenientes y brigadieres, se tomaban media caneca de aguardiente o unas cervezas acompañadas con los temas del día.

Al detective Matallana, la conversación con Bejarano lo había dejado intrigado. Aquella noche llegaba a la cantina con un plan semejante a esos oscuros personajes de la KGB. Sonreía, saludando a los pocos bohemios que comenzaban la ronda de cerveza:

—En Bogotá, la capital de la República, ondean diez banderas negras.

La voz de F reaccionaba bajo la penumbra:

—Tendrían que ser doce —dijo, después de echar un buen trago.

—¿Por qué doce? —preguntó Matallana.

—Porque es una cifra redonda y porque es más sencillo contar por docenas. Además, por docenas los huevos salen más baratos —contesto F.

Se hizo un silencio que el propio F interrumpió con un suspiro.

—O sea, que el general Rojas debe encontrarse ahora en Europa o Estados Unidos; que Dios le conceda su gracia. No estuvo en el trono el tiempo suficiente como Trujillo, el dictador dominicano. Una vez, cuando estábamos en Tolemaida, un general se calló de su caballo, perdió el trono y se mató como si nada. Querían ayudarlo a montar otra vez, pero se dieron cuenta de que estaba muertito. Le faltaba poco para alcanzar las estrellas del general Pinilla. Eso sucedió durante una parada militar. En el Batallón Codazzi me mandaron al calabozo cuando apenas era recluta, porque me faltaban los botones del pantalón. Durante dos días estuve inmovilizado por las espuelas del diablo. En el ejército se aprende la disciplina; de lo contrario, la sociedad sería un caos. El cabo Luis Fernando nos decía siempre: "Aténganse a la disciplina, marranos, sin ella, aullarían en los árboles; con unos cernícalos como ustedes se debe hacer hombres cumplidores del deber. La patria necesita hombres de honor, ¡no señoritas con caras de muñecas! ¿Pueden imaginarse una pasarela de reclutas? ¡Hacia allá van si no se someten!".

—Lo que ha pasado en Bogotá —insinuó el detective Matallana— es asunto muy grave. Fue cosa de conservadores, hijos de pájaros.

—Se equivoca —dijo F—, lo hicieron los liberales vengando la muerte de Gaitán.

Y F expuso sus puntos de vista sobre la política en Colombia. Desde el siglo XIX con la hegemonía conservadora de la Iglesia y el Estado, la Guerra de los Mil Días, la pérdida del Canal de Panamá, los mandatos de López Pumarejo y los discursos de Laureano Gómez.

—¿Te gustan los godos? —F se dirigía al dueño del bar, Modesto—. ¿Te gustan esas bestias de pajarracos? Supongo que no, ¿verdad?

—Un cliente es un cliente —dijo Modesto—, aunque sea conservador. Para nosotros los cantineros, la política no existe. Cuando el cliente paga sus cervezas, puede sentarse y hablar como le venga en gana. Este es mi principio comercial. Me da igual si quien ha destituido al General es un liberal o un conservador, un católico o protestante, anarquista o librepensador.

—De acuerdo, Modesto —observó Matallana, que de nuevo perdía las esperanzas de atrapar a un revolucionario—, pero tienen que admitir que con la destitución del general Rojas, la patria ha perdido la única oportunidad de lograr el orden.