Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Las calles centrales de la ciudad eran semejantes a territorios estratégicos de una guerra civil. Las divisiones políticas correspondían a propietarios de zona que por tradición decidían cuáles vendedores podían hacer X o Y recorrido.


Salían a las 4:30 de la mañana, recorriendo los barrios que desde el norte de la ciudad los llevaba hasta el despacho de prensa. Apenas a trescientos metros del inquilinato, la buñuelera colocaba los pailones sobre brazas de carbón encendido que despedían calor en contraste con el sereno matinal. Los perros callejeros merodeaban. Del sur de la ciudad subían corteros de caña con sus pacoras; mujeres alegres con sus mozos borrachitos que enarbolaban la botella de aguardiente como si fuera una bandera de conquistadores. Marihuaneros de reconocida trayectoria en el bajo mundo que se imponían principios como no robar ni asaltar al vecindario. Con los vendedores salían de sus casas mujeres piadosas que cumplían los rituales de la Misa de Gallo. Aquellas de mejor condición preferían el sermón de la Catedral, buscando la dignidad que no encontraban en los barrios pobres.

Al llegar al centro de la ciudad, el mundo no cambiaba demasiado. Otros adolescentes, adultos, mujeres y vendedores se agolpaban a la puerta del distribuidor. Ocasionalmente, llegaban cuando la camioneta Chevrolet que venía del aeropuerto estaba arribando. Los paquetes de prensa eran amontonados sobre un pasillo lúgubre. El despachador salía en bata de dormir, verificaba y firmaba facturas. Luego venía una aglomeración que se agolpaba sobre la pared, entre gritos vulgares y sonrisas, los vendedores iban recibiendo la carga de sus obligaciones. Primero, José Lozano; segundo, María; y tercero toda la ralea de necesitados.

Las calles centrales de la ciudad eran semejantes a territorios estratégicos de una guerra civil. Las divisiones políticas correspondían a propietarios de zona que por tradición decidían cuáles vendedores podían hacer X o Y recorrido. Durante la temporada del año próxima a la Navidad, las luchas por territorio se intensificaban. El centro y las plazas de mercado estuvieron bajo el mando de María, una negra de cuya boca salían mandatos semejantes a los de un mayoral de finca. Con un grueso tabaco que movía con sus labios de un lado a otro, María ordenaba sacar de sus territorios a los vendedores invasores. Amiga de los combos de Las Delicias, La Emilia y Zamorano, la negra dirigía un ejército superior a la misma fuerza pública. Las agresiones contra invasores podían tomar desde una amable reconvención:

—Mire, hijo de puta, la clientela de este sector es nuestra, de modo que recoja lo que le quede y lárguese a su casa. Que no lo volvamos a encontrar por estos lugares. ¿Entendió?

Al vendedor le habían despojado del dinero y buena parte de la prensa. Si estaba de buenas, llegaba, efectivamente, con algunos golpes al barrio de donde procedía. Pero los casos de reincidencia fueron trasladados al Hospital San Vicente de Paúl, donde generosamente le esperaban los médicos de turno y las enfermeras para consolar a esas pobres criaturas después de vendar sus heridas. El hospital y las iglesias que oficiaban misas de madrugada, fueron campamentos de refugio de los ofensores. Las divisiones territoriales estaban configuradas por fronteras invisibles que tenían que grabarse para siempre los vendedores.

El segundo comandante era José Lozano. Jubilado de las empresas públicas municipales, EPM. Los territorios de Lozano fueron los barrios del norte de la ciudad, incluyendo parcialmente el Obrero, La Colombina, Primero de Mayo, Caicelandia y Municipal. A diferencia de María, don José era reconocido por su carácter generoso; bohemio y carnicero. Pocos manejaban como él, cuchillos de matadero, como quiera que su trabajo durante veintidós años había sido destrozar reses y ganado. Sabía como hacer cortes sin dejar rastros. De modo que lejos de vulgaridades, imponía la gravedad del mando contra quienes atentaban con los suyos. Los vendedores sabían por aquella época que la misma Guerra Fría, a que se refería la prensa nacional, estaba separando los territorios entre María y José Lozano en territorios locales.

Las lecciones heredadas hicieron parte de la experiencia de Edilberto y F. Ambos habían aprendido la guerra por territorios, los juegos de poder, la información y el rumor, y, obviamente, los golpes bajos del bajo mundo del delito. Habían recibido puños, habían perdido dinero de sus ventas, habían estado en la sala de urgencias del HSP. Con el paso del tiempo, sabían qué calles transitar, de que ratas de la ciudad debían ocultarse, y cuáles trampas evitar para llegar con vida al inquilinato. Cuando la jornada había transcurrido sin contratiempo, Edilberto tenía disposición para realizar su propio plan de lectura.

Siempre dejaba a un lado las páginas sociales. Esas fotografías de mujeres que habían encontrado al amor de sus vidas o las imágenes de celebraciones de cumpleaños, aniversarios o bienvenidas; le parecieron motivos suficientes para llevar al baño cuando no encontraba papel higiénico. La sección Judicial, una de sus favoritas, no tanto por los cuerpos desplomados en medio de charcos de sangre, sino por los relatos y la reconstrucción de los hechos, le animaba a encontrar inconsistencias. Sabía que un pequeño giro del lenguaje, transformaba un macabro homicidio en una muerte inútil o, mejor, descubría que la redacción judicial perjudicaba de nuevo a la víctima, salvando para siempre al victimario. El vendedor de periódicos archivaba historias completas que luego recomponía intuitivamente.

El orden de su lectura no fue convencional, como se observa:

  1. Noticias judiciales (sobretodo homicidios).
  2. Columnas de opinión (no todas).
  3. Internacionales (sobre Cuba y la Unión Soviética).
  4. Política (dibujaba sobre los rostros bigotes, muecas, cicatrices, expresiones contradictorias).
  5. Noticias regionales (sobre el Valle del Cauca).
  6. Editoriales.

Con los años, el vendedor de periódicos acumulaba un saber algo desordenado sobre el mundo, la nación, la política y los escritores. En realidad, su primera escuela fueron los periódicos; le gustaban, no sólo sus contenidos, sino también aquella fragancia que expedía su tinta oscura. Esos periódicos en la mañana, cuando voceaba por las calles de la ciudad, le parecía que transformaban la humanidad de sus paisanos; presumía que los lectores de periódicos eran personas diferentes, mejores, porque se desempeñaban mejor. Presentía que su propia vida estaba cambiando con las imágenes que tenía de la realidad o, mejor, de realidades que cambiaban cada día. Entonces aprendía que el mundo no es lo que es, sino aquello que puede llegar a ser. Aquella posibilidad la experimentaba todos los días cuando madrugaba a las 4:30 para recorrer los barrios que le llevaban de nuevo hasta el centro de la ciudad.

Lo más visto de Fernando Estrada

Economía

El Capital en el siglo XXI de Thomas Piketty

El Capital en el siglo XXI ha logrado reunir series históricas al comparar las desigualdades y la riqueza; pero su...

Sociedad

¡¡Los signos de exclamación!!

Mediante la puntuación, los mercados publicitarios y caricaturistas ponen énfasis determinados sobre rostros de personalidades, descripción de acontecimientos o gráfico...

Política y gobierno

Uribe y la mentalidad reaccionaria en Colombia

Las condiciones potenciales de reactivación paramilitar o una paz duradera en Colombia dependen menos de hechos políticos concretos que la...