Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Montegranario, un comerciante que manejaba la cadena del tabaco en la ciudad, conseguía, desde las toneladas de hojas secas procedentes de Santander hasta la distribución de materia prima en los hogares trabajadores.


María se había hecho acreedora de su fama, menos por su belleza que por su capacidad de hacer un tabaco en menos de diez segundos. Recogida sobre una mesa que le servía como espejo, concentraba con su trabajo el dolor causado por la muerte de su esposo a manos de los pájaros. Un dolor que nunca la abandonó, y que transmutaba en un oficio con el que sostuvo a cinco hijos y treinta y cinco nietos y bisnietos. En Palmira, su fama llegó a tener aspectos casi mágicos; por ejemplo, para distinguir su agilidad, alguien pedía que se encendiera un fósforo sosteniéndolo entre los dedos. Desde el momento de prenderlo hasta el instante en que el fuego queme los dedos, María habría elaborado un tabaco cubano de exportación.

Montegranario, un comerciante que manejaba la cadena del tabaco en la ciudad, conseguía, desde las toneladas de hojas secas procedentes de Santander hasta la distribución de materia prima en los hogares trabajadores. El "patrón", como le llamaran tantas mujeres que trabajaron bajo su mando, no podía creer lo que veían sus ojos cuando María movía sus manos enrollando con capa los tabacos, que luego eran llevados en paquetes a la prensa en madera. Esos quehaceres cotidianos, sumados en el tiempo, semejaban un tributo a la memoria de Ultratumba.

El comerciante les entregaba el material los sábados en la mañana, preguntando a las mujeres sobre el producto que podía esperar en ocho días de trabajo. María ofrecía semanalmente doce mil tabacos elaborados, cuya distribución dependía entonces de la calidad de las exportaciones y los consumidores locales. Montegranario ajustaba sus gruesos lentes como culo de botella, sus ojos parecían brotando en un espejismo cervantino. Buscaba entre su bolsillo hasta sacar una caja de fósforos el Diablo. Tomó una cerilla levantando su voz derruida por la nicotina del cigarrillo:

—Hágalo una vez más, Maruja.

María volvió a pasar sus manos sobre la tabla ruñida, doblaba milimétricamente sus dedos sobre la capa de tabaco, mientras con sus manos llevaba el rollo. Montegranario sonreía, clavando su mirada sobre la veterana tabaquera, luego tiró el fósforo por la ventana y escupió los dedos. María, que ya había ordenado el tabaco sobre la hilera inferior, dijo triunfalmente:

—Mire, don Monte, es suficiente un fósforo para destruir todos los cultivos de la Colombiana de Tabacos.

Mientras el patrón se imaginaba las llamas e incendios en las montañas de Santander, Huila y el Tolima; María la Tabaquera usaba de nuevo sus dedos pulgares para torcer las puntas de un tabaco, como si se tratara del pescuezo de una gallina

—Vea, Maruja —dijo masticando un palillo con su caja de dientes—. Si no tuviera tantos hijos ni tantos nietos, usted podría convertirse en una negociante como yo.

—¿Por qué le carga tanta rabia a la Colombiana de Tabacos? Luego, ¿no se da cuenta que con sus cultivos es la que nos mantiene?

La escena fue interrumpida por la corneta del camión Ford 65, desde donde los hijos de Montegranario gritaban mostrando la hora. Al siguiente día, en el Estadio Pascual Guerrero, jugaba el Deportivo Cali con América, en un duelo que Montegranario nunca se perdía, como quiera que se enorgullecía de ser socio honorario del equipo verde. El Ford 65 estaba plagado de estampillas de los jugadores del Cali: Iroldo de Oliveira, Miguel Escobar, Oscar López, Samboni y el negro Gallego. María la Tabaquera siguió con su mirada la marcha del patrón, mientras susurraba con un pucho entre sus labios:

—Si no fuera por Monte... estaríamos comiendo mierda.