Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

El orgullo de una creyente pentecostal es asunto peludo. La hermana luchaba consigo misma ofreciendo lecturas en voz alta del Nuevo Testamento, y orando por los pecadores.


F había aprendido que cuando un vendedor callejero fracasa, su destino podría ser una mesa de tabaco. En su caso, nunca llegó a convertirse en vendedor competente; de su padre no aprendió la sastrería ni la vocación universitaria. Siguió vendiendo periódicos durante tres años más, escuchando historias en los cafés y las cantinas de la ciudad. Hasta que tuvo que marcharse, tras la maldición proferida por una creyente Pentecostal.

Un caluroso día de agosto de 1975, Karlota Méndez, una vecina evangélica, se quejó de la desaparición de un reloj enchapado en plata que había dejado sobre la mesa de sala. "Señora Karlota", le dijo la madre de F. "Busque al ladrón entre sus hermanos de la iglesia". Más tarde, F comprendió la gravedad de la ofensa causada por su madre. Las casas vecinas quedaban divididas por esterillas, de modo que la comunicación parecía dada entre una sola familia de cuarenta y cinco cristianos. Aunque "cristianos", afirmaba Karlota, "no somos todos, sino únicamente quienes han sido bautizados en nombre del Padre". La evangélica no creía en la Santísima Trinidad, y en su denominación se llamaban unitarios.

Por motivos que no vienen al caso, F fue hallado culpable de la pérdida del reloj. Toda la familia guardaba silencio, esperando que la justicia divina le indicara su error a la hermana Karlota. El orgullo de una creyente pentecostal es asunto peludo. La hermana luchaba consigo misma ofreciendo lecturas en voz alta del Nuevo Testamento, y orando por los pecadores:

—Especialmente, Oh, Jehová, salva a los infieles que roban relojes del vecindario.

Estas plegarias eran seguidas de injurias y calumnias habladas en lenguas; en aquellos episodios el idioma reconocido quedaba desamparado en medio de estruendosos gemidos. Karlota terminaba profetizando en Arameo, Hebreo, Griego, Catalán, y lenguas aborígenes desconocidas. Saliendo a la calle, F sentía pánico de encontrarse con la creyente pentecostal o con alguno de sus cuatro hijos. Karlota manejaba un bastón que la transformaba en un profeta del Antiguo Testamento. Vigilaba el extenso patio trasero que unía las casas vecinas. Se quedaba hasta la madrugada, ladrando como un perro para espantar a los demonios encarnados en los vecinos infieles.

Cuando sus hermanas en Cristo llegaban para acompañarle en vigilias de oración, los cantos cristianos se confundían entre aullidos de perros que cantaban a la luna:

—Que me castigue Ehyé ( poder futuro de Dios que puede traducirse: "Haré, porque haré"), que dijo que todos los seres vivos son igualmente merecedores de su gracia y su perdón.

Dijo un pastor invitado en un sermón que parecía una réplica del mensaje de Moisés en el Monte Sinaí. Las injurias, atropellos y agresiones entre familias fueron creciendo como la cizaña. Durante el día Karlota reprendía a los Ángeles del Mal que asomaban sus temerosos rostros entre las esterillas del patio trasero. En la noche, sus hijos mayores desafiaban a los padres de F con pacoras de corteros de caña. Al noveno mes, la madre de F declaraba ante los vecinos sus impresiones:

—¿Cómo es posible que un reloj de plata hechiza, que vale menos que tres pesos, sea igual a una religión que destruye al vecindario y, además, huele a sacrificios de hipocresía ante el altar del Altísimo?.

—Esa no es una fe de salvación, hermana Karlota —dijo la madre de F—, No es posible comparar un reloj que vale tres pesos con una religión maloliente.

No dijo nada más. Sus palabras finales entraron en desorden, pero ingresaban como proyectiles sobre los cuerpos de Karlota y sus hijos. La madre de F esperó que la justicia divina cumpliera su parte, destruyera lo que tenía que destruir para demostrarle a la creyente pentecostal que sus aleluyas sobre la igualdad de todas las criaturas del Señor valían huevo hasta que la justicia se hiciera en la tierra usando medios terrenales.

A los once meses, la hermana Karlota cansada de sus inútiles vigilias de oración, hinchada y con los ojos coléricos, con el cabello cubierto de estiércol de palomas, se plantó delante de la madre de F en el patio trasero y empezó a darse golpes en el pecho:

—¡Hermana, ayúdeme, estoy arrepentida!

—De acuerdo, señora Karlota —dijo la madre de F—. Lávese las rodillas y limpie la mierda de palomas en su pelo. Déjeme que yo conozco un exorcista.