Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Cuando los berridos del zorrillo se intensificaron, le amarró las patas y colgó al victimario del gallinero debajo del quicio de la puerta.


Algún zorrillo o animal extraño estaba acabando con las gallinas y los pollos. En las mañanas, sólo se encontraban plumas dispersas, pedazos de huesos y picos sobre las ramas de los árboles. Tenían que hacer algo. Al padre de Edilberto se le ocurrió una trampa ordinaria que elaboró desde una lejana copia de aquellas que antaño hacía su abuelo en Envigado. Guardaba recuerdos con nostalgia. Aunque, sin adornos literarios, la trampa no era más que una caja hecha con tablones en los que empacaban las hortalizas que se vendían en el mercado. Como cebo, puso un huevo del que se aseguró que, sin lugar a dudas, contenía un embrión de pollo pudriéndose como en un ataúd.

La madrugada siguiente se dirigió al patio en medio de los perros que meneaban sus colas en señal de saludo. Su olfato presentía que el victimario había quedado atrapado: el hedor llegaba hasta la cocina en donde Olga colocaba el café de la mañana. Entre cobijas, Edilberto y F no alcanzaban a sentir la mortecina. Mientras que la madre había quedado fatigada de aquellas jornadas de trabajo semanal. Luego, acarició con su pesada mano de campesino una de las últimas gallinas que quedaba y que se había petrificado de miedo. Soltándole, la dejó salir al patio.

Sin tapar sus narices levantó uno de los tablones con puntillas oxidadas y, en el momento en que por la ranura asomaba su húmedo hocico, grisáceo y fétido, volvió a cerrar de un solo golpe. Con la misma habilidad condujo dos agujas capoteras de costal bastante retorcidas por las fosas nasales. Observó que el animal medía unos 40 centímetros de longitud, de cola extensa y patas prominentes; mientras hundía las agujas por su hocico, el animal giraba sobre sí mismo, dejando ver su vientre blanco mientras de su cola se desprendían olores infernales.

Cuando los berridos del zorrillo se intensificaron, le amarró las patas y colgó al victimario del gallinero debajo del quicio de la puerta. La putrefacción le recordaba los cadáveres que flotaban a orillas del río Cauca. Primero, hizo un corte alrededor de su garganta en forma de un rosario marrón, seguido por otros dos desde la raíz de las patas. Desolló la piel en torno al cuello, hizo dos cortes más para los dedos, semejantes a los cortes de un tabaco cubano. En cada corte trazaba líneas geométricas, como los carniceros de Irlanda, dejando sobre su machete la sangre en una fina línea recta.

Despertaron por los terribles berridos provocados por el animal. Edilberto creía haber sufrido una pesadilla, de repente, apareció el abuelo José María. Se tapó su nariz con el delantal de cuero arrugado y con sus horrorizados ojos sangrantes observó lo que quedaba del animal. Colgado del alambre exhibía la piel viva, todos sus nervios que se retorcían sobre el extenso cuerpo descubierto. Limpiando su machete sobre el pastizal, Luis Roguer se levantó y dijo:

—Don José María, le he liberado el gallinero de zorrillos de una vez y para siempre.

Cuando pudo sobreponerse a la podredumbre, el anciano consiguió hablar, la voz le sonaba ronca y templada, como si fuera el profeta Jeremías:

—No sea majadero, lávese esa sangre de las manos y la cara. ¡Y espere que ya vendrán sus hijos!

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