Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Un negocio tan poco decente como asear baños públicos le negaba trabajo a los padres de Edilberto. La maldición de la hermana Karlota comenzaba a experimentarse de manera inclemente.


El menor de los hermanos había dado por terminada su relación de amistad con la familia de Karlota Méndez. En pueblo pequeño, infierno grande. A la señora Karlota le conocían en todos los negocios formales e informales de Palmira: tiendas, almacenes, puestos en las plazas de mercado, notarías, fábricas, zapaterías, trapiches y droguerías. Prácticamente, no hubo nadie que lograra un puesto de trabajo sin las referencias de la hermana Karlota. Y ante la sola mención del nombre de F, la hermana empezaba a hablar en lenguas: Hebreo, Arameo, Griego o Yiddish; dándose golpes en el pecho, simultáneamente, y tirándose del pelo como si estuviera poseída.

La enemistad entre las familias significaba una pérdida de oportunidades. La temporada de producción de tabacos era irregular, de modo que los oficios de cortar, empacar o envolver los puros se dejaba en manos de madres solteras, mujeres con dos, tres, o más hijos. Edilberto y F quedaban en manos de la caridad, y sus aficiones al cine o el teatro, los libros y las mujeres jóvenes tenían que esperar. Las tareas domésticas recibían a cambio la aprobación paternal, pero nada más. En Palmira, los pobres tenían el riesgo de quedar en la miseria.

Cuando sucedieron los hechos que provocaron la maldición de la hermana Karlota, pocos daban importancia a los pentecostales; una secta evangélica cuya historia se remonta a los tiempos bíblicos, y cuyos miembros propagaban la sanidad, la destrucción del mal y la salvación de infieles. Si había pobreza, la causa se explicaba como alejamiento de Dios, asimismo los divorcios, enfermedades, pleitos o necesidades básicas insatisfechas. La ciudad fue comparada por los pastores como Sodoma y Gomorra. Las fuentes laborales dependían, en una mayoría, de casos de cristianos pentecostales.

Un negocio tan poco decente como asear baños públicos le negaba trabajo a los padres de Edilberto. La maldición de la hermana Karlota comenzaba a experimentarse de manera inclemente. F había conseguido colocarse en la sastrería de Ezequiel, un tolimense respetado por los habitantes de media ciudad. Al enterarse de las acusaciones de la hermana Karlota, lo despidió después de sólo tres días. F correspondió en una plegaria elevada en la iglesia de San Pedro, un día se vengaría de la ofensa causada por los hermanos pentecostales:

Juro ante el Santo Creador
que no he robado ningún reloj,
que he sido honrado con mi palabra
que obedezco a la Santa Iglesia Apostólica y Romana.
Juro ante María Santísima,
Santa Madre de Dios,
Inmaculada.
Que desde niño he sido su devoto.
Que también me he conservado virgen.
Que tengo respeto por las mujeres.
Juro ante el Arcángel San Gabriel,
que he cuidado de mi prójimo,
que doy limosna a los pobres.
Juro ante el Santo Creador.
Juro ante María Santísima.
Juro ante el Arcángel San Gabriel.
Juro ante todos los santos en el Cielo.
Juro ante los santos de la Tierra,
que me vengaré.

Me vengaré del daño causado por los hermanos pentecostales.
Contra mi padre.
Contra mi madre.
Contra mis hermanos.
Contra mi familia.
Juro que me vengaré por su calumnia,
me vengaré de sus lenguas que no entiendo,
me vengaré de sus cultos escandalosos,
me vengaré de sus vestidos musulmanes,
me vengaré de su matrimonio monógamo,
me vengaré de su Padre unitario...

Cuando terminaba su plegaria, F recibió algunas monedas de una anciana, quien le dijo en castellano:

—Buen hijo, toma estas monedas, paga dos veladoras al Santísimo... ya somos dos los ofendidos.

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