Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

El monopolio del agua en el Valle del Cauca tiene nombres propios. Los ingenios pagan unos tributos de limosneros, mientras continúan saqueando el agua de las cuencas hidrográficas.


Las protestas por el agua en Florida, Candelaria y Pradera son apenas el detonante de los cambios que requiere el manejo de recursos naturales en el Valle del Cauca. Porque a la CVC estos problemas le quedaron grandes; desde que los carteles decidieron convertir esta corporación en parte de su bolsa de empleos. En el Valle la captura de los recursos naturales tiene una historia que involucra capitales de ingenios azucareros, gobiernos municipales y una clase política influenciada por mafias locales. El agua en el Valle es un recurso que debe manejarse regionalmente y no dependiendo de cada municipio y los intereses privados.

Una mayoría de habitantes de Palmira, Florida o Candelaria viven en la pobreza extrema. Sin empleo y sin recursos básicos, los pobladores luchan por sus mínimos derechos. Y uno de los derechos precarizados en sus corregimientos es el agua. La guerra por el agua es la guerra por la sobrevivencia. ¿Qué hacer ante la demanda cuando los recursos son agotados por capitales privados como los ingenios azucareros? ¿Qué políticas de desarrollo regional son razonables para el manejo del agua? ¿Cómo actuar para detener la rabia contenida de las poblaciones afectadas?

La respuesta en parte la encontramos en un proyecto del Banco Munidal, organismo especializado de la ONU, orientado a erradicar la pobreza extrema. Plantea regionalizar la política que regula el uso del agua y la energía para lograr mayor eficiencia y, por lo tanto, un menor consumo en las zonas donde hay escasez de recursos hídricos. En el caso del Valle del Cauca esta propuesta requiere cambios fundamentales, tanto en la CVC como en la mentalidad de los gobiernos municipales. Regionalizar la política de regulación del uso del agua exige limitar derechos particulares, especialmente las concesiones a los riegos y el manejo de canales que tienen los ingenios azucareros.

Estudios del Banco Mundial han mostrado que el consumo de energía en la actualidad es seis veces superior al registrado en 1950 y se prevé, según cálculos de Naciones Unidas, que aumentará un 55% en 2030 debido al crecimiento de la población y notables desarrollos en la calidad de vida de la gente. Este panorama debe motivar acciones de política pública regional destinadas al estudio sobre los costos sociales y económicos derivados del manejo irracional que hacemos de los recursos naturales. En Palmira, por ejemplo, Ritter López entregó una millonaria contratación para un estudio que terminaba recomendando la privatización de los servicios de agua y alcantarillado. La concesión de los contratos corruptos con Acuaviva simplemente cambió su razón social.

¿Por qué el agua ha sido negocio para los ingenios azucareros? Para producir un kilo de caña se necesitan 1,5 metros cúbicos de agua y cerca de 10 megajulios de energía, datos que indican que la conversión de la agricultura tropical al monocultivo de caña de azúcar es la actividad que más cantidad de agua requiere. Sumada la producción de caña durante siglo y medio de existencia de los ingenios azucareros, los consumos de agua pudieron abastecer del recurso a las generaciones que sobrevivan hasta el año 3020.

Otro tanto podemos decir de la ganadería. Además de la caña y la ganadería, las poblaciones que viven en municipios y departamentos demandan la generación de energía. El agua que se necesita para producir energía suma un 40% del total extraído en algunos países desarrollados. En el año 2010, las extracciones del agua con destino a la producción de energía fueron de 583 millones de metros cúbicos. Si sabemos que el agua usada no regresa a su fuente original tenemos un panorama menos alentador.

Mientras estos pueblos miserables continúen en manos de gobiernos mediocres, los recursos naturales son parte de los activos de capital electoral. El monopolio del agua en el Valle del Cauca tiene nombres propios. Los ingenios pagan unos tributos de limosneros, mientras continúan saqueando el agua de las cuencas hidrográficas; y Palmira, Florida, Candelaria y Pradera reciben los daños medioambientales y los costos por enfermedades respiratorias. Mientras los alcaldes cierran hospitales de caridad, las poblaciones se preparan para luchar por los desperdicios del agua que queda en los canales.

La guerra por el agua es una guerra de pobres contra pobres, mientras los ricos disponen como se manejan sus fuentes.

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