Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Palmira aportaba su cuota al cartel del delito organizado. Siguiendo personajes del oeste americano, en el barrio San Pedro, el "Gringo" tenía un historial semejante a los primeros pasos de Al Capone en Chicago.


Al igual que los Montenegrinos entre Serbia y Croacia o los contrabandistas en Hungría y Bulgaria, que pasaban hasta Bélgica y Austria en Europa Central; el Valle del Cauca tenía sus personajes reconocidos en el hampa. Belgrado tenía a "Ljuba Zemunac", "Majmun" y "Batica"; Macedonia a "Branko Crvenkovsk"; en Colombia estaba el "Tuerto Tarzán", "Flechas" y "Dinastía Rodríguez"; figuraban como parte de organizaciones que manejaban la distribución de drogas, marihuana y comercio de menores en ciudades vecinas.

Palmira aportaba su cuota al cartel del delito organizado. Siguiendo personajes del oeste americano, en el barrio San Pedro, el "Gringo" tenía un historial semejante a los primeros pasos de Al Capone en Chicago. Aunque se presentaba como estudiante de derecho entre gente extraña. En realidad, era un vago de 24 horas que aplicaba cada día nuevas técnicas de soborno, extorsión y distribución de la hierva. El "Gringo" había trabajado en Industrias Metálicas de Palmira como vigilante del almacén, pero fue despedido por actividades ilegales. Unidos por el odio contra la sociedad, el "Gringo" y el "Negro Candelo" participaron en las actividades de limpieza social que organizaba el Sargento Martínez, miembro activo del DAS e informante de la DEA.

Martínez programaba la limpieza de la ciudad los martes y jueves, entre diez de la noche y las dos de la madrugada del día siguiente. Las zonas de los crímenes cubrían los barrios San Pedro, La Emilia, Loreto, Municipal, Las Delicias y Zamorano; llegaron a participar igualmente en el Recreo y Las Mercedes, pero sólo cuando algunos familiares de las víctimas los guardaban celosamente en sus mansiones. Como en una cacería, los perros callejeros, gamines, torcidos de las barras, vendedores ambulantes y putas de la galería pasaban a mejor vida en asunto de segundos.

Ocultos bajo la penumbra, los guardaespaldas del Sargento Martínez esperaban que el "Gringo" y el "Negro Candelo" cumplieran el oficio. Mientras, a lo lejos, retumbaban los disparos, los quejidos de las víctimas y el nervioso ladrido de los perros. El "Gringo" le hablaba al "Negro Candelo" de un futuro sin perros ni gamines, ni vendedores ambulantes, ni marihuaneros, ni putas en la ciudad. Cuando el "Gringo" clavaba su puñal y rasgaba el vientre de los inocentes, apenas le daba tiempo a los informantes del Sargento para que llegaran corriendo hasta el lugar en que estaba derramándose la sangre y donde los esclavos guardas, acompañados por el infernal jadeo de sus Rosswailer, brindaban unos con otros levantando sus trompas ensangrentadas.

El mismo "Gringo" (que dos meses después volvería a emplearse en el Consulado de Venezuela) durante una reunión clandestina en el sótano de una casa de los suburbios de Las Delicias, aceptó a "Tony El Perro", "Sabandija", "El Chulo" y "Carebagre". Al mismo tiempo, les exigía que buscaran trabajo en las plazas de mercado para mantener afiladas las cuchillas que debían usar por las noches bajo el mando de Martínez. Cuando el "Gringo" llegaba a las estaciones de policía, era saludado como un General de la República. Y algunos miembros de la secreta le gritaban desde sus caletas con el nombre de "Héroe de la Patria".

El azar estaba de su parte. Una tarde de septiembre, mientras observaba un partido de fútbol entre Danubio y la Barra de La 17, al lado del Primero de Mayo, saliendo hacia Municipal, vio pasar el Coronel Chavela en sudadera:

—¿Es cierto, Mono, que tajaste en vivo al panadero y le diste vuelta a su piel como si fuera un guante de cocina?

— ¡Cierto! —respondió el "Gringo"—. Aunque a usted eso no le importa, mi Coronel.

—A partir de mañana lo necesito entre mis hombres. —Añadió el Chavela, sin ofenderse por la confianza del "Gringo", mientras ajustaba los cordones de sus tenis Croydon, enviados por un contrabandista de Maicao. El jefe de los hampones, mientras tanto, sonaba una de sus muelas cariosas, moviendo su oscura lengua como un reptil del Pleistoceno:

—¡Quien sabe desollar el cuerpo de un cristiano vivo, también sabe darle vuelta a una piel de presidentes sin hacer el corte para pulgares! —gritaba el "Gringo", seguro de sí mismo.

Mientras todo esto sucedía en materia de seguridad ciudadana, el árbitro expulsaba un jugador del Danubio a quien apodaban "El Leñador".

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