Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Cuando Salma tenía trece años, los adolescentes jugaban a ser novios. Pasaba en tiempos de Navidad, de modo que las relaciones duraban hasta la noche buena.


Cuando cumplió diecisiete años, Salma escuchó la siguiente historia entre los ancianos que quedaban en casa; con el recuerdo, aparecieron aquellos atardeceres de Antioquia, las casitas incrustadas en sus verdes montañas y el sol que se escondía entre arreboles con tangos y milongas. La historia la contaba Bonifacio, el bisabuelo de ochenta y nueve años, cuya memoria aplaudía el pueblo. Se trataba del regreso de Ulises, narrado en la Odisea. Esa página que cuenta el regreso de Ulises al palacio real de Ítaca y el encuentro con el agonizante perro Argos, que duerme en el establo de paja con las mulas:

En tal guisa
de miseria cuajado se hallaba el can Argo; con todo
bien a Ulises notó que hacia él se acercaba y, al punto,
coleando dejó las orejas caer, más no tuvo
fuerzas para alzarse y llegar a su amo. Este al verlo
desvió su mirada, enjugose una lágrima, hurtando
prestamente su rostro al porquero [...]
y a Argo sumiole la muerte en sus sombras
no más ver a su dueño de vuelta al vigésimo año.
[Homero, Odisea, traducción de José Manuel Pabón, Barcelona, Biblioteca Clásica Gredos, RBA, Bolsillo, 2008].

Salma grabó para siempre este episodio. Las frases llegaban hasta sus entrañas: "Coleando dejó las orejas caer", "y a Argo sumiole la muerte en sus sombras". Sin saber escribir, ella podía comprender la profundidad de la relación entre el amo y su perro. De modo que el astuto disimulador de Ulises, no pudo fingir: llora conmovido, con pesar a agradecimiento. A Salma desde niña el destino la había hermanado con los perros callejeros. Los tomaba entre sus brazos, se abalanzaba sobre su cuello y los besaba. Ella besaba los perros sin saber que ellos también la besaban. El suyo no se llamaba Argos, sino Ginebrina. No la cuidaba como un can de concurso ni la había llevado nunca al veterinario, no le tenía puestas prendas de niña ni pintaba sus uñas. Ginebrina, en realidad, era una auténtica chandosa.

Cuando Salma tenía trece años, los adolescentes jugaban a ser novios. Pasaba en tiempos de Navidad, de modo que las relaciones duraban hasta la noche buena. Ese año, el turno de Salma fue con Federico, el hijo de Salomón, un campesino que administraba una finca cerca de Riohondo. El amor con Federico tuvo manifestaciones documentadas: esquelas, servilletas, poemas, prendedores y rosas. Todo un juego de niños. Que terminaba con una escena dramática.

La noche de Navidad, Federico llegó vestido con el traje que estrenaría al día siguiente. La novena de aguinaldos transcurría en medio de villancicos y luces que adornaban el nacimiento del Niño Dios. Todos tenían su corazón puesto en el aposento del pesebre, con una devoción digna de las pinturas de Miguel Angel. Menos Federico. Porque su elegante vestido tenía como objetivo cautivar a Salma; no solo cautivarla, sino lograr darle un beso en la boca. Una verdadera hazaña en aquellos tiempos.

La ansiedad de Federico iba en aumento. Mientras todos cantaban la Noche de paz, el novio planeaba el beso a Salma como si fuera una estrategia.

—La invito al establo con Anita, despacho a Anita, y le declaro mi amor con un beso.

De ese modo lo había escuchado en las radionovelas. La gomina estaba en su punto, aunque él sacaba su peineta subiendo un poco el cabello que caía sobre la frente. La inocente Salma cantaba el villancico: "Nana, nanita nana, nanita ea...".

Terminada la novena de aguinaldos, el plan amoroso de Federico se cumplía paso a paso. Llegaron al establo. El novio le regaló sus dulces a Anita y la despachó sigilosamente. Mientras esto sucedía, Ginebrina subió sobre la cintura de Salma. Cada que buscaba afecto tocaba con su pata izquierda la cintura o una nalga de su dueña. La adolescente inclinó un poco su cuerpo, bajo su cabeza, y justo cuando Federico regresaba, Salma estaba besando la perra. La imagen tenía un contenido insoportable para el hijo de Salomón, porque no veía una boca pegada a un hocico, sino las bocas de dos amantes. Federico salió corriendo.

El poema de Homero recordado por Salma le hacía comprender que la relación que unía su vida a Ginebrina se conjugaba en una confianza que superaba el juego, un afecto que estaba por encima de todo, una misteriosa capacidad de "reconocerse", a pesar de los años que puedan haber transcurrido, en las situaciones más extremas. Salma tuvo que experimentar también su tragedia, lejos del hogar, abandonada con ocho hijos, con un destierro en su propio país, amenazada, soportando hambre, castigos e incomprensión. Sin embargo, siempre que miraba a quien le quedaba a su alrededor, encontraba los ojos cansados, pero amorosos de su perra. Cuando murió Ginebrina de vieja, Salma conservó el mismo luto que había guardado para sus tres hijos muertos y su marido.