Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Cuando Salma recordaba el sueño, pensaba en la historia del Duende. Y jugaba imaginando que el personaje se subía sobre los techos a perseguirla.


El sueño que Salma tuvo la noche previa al nacimiento de su primogénito, regresaba después de cuarenta años. El hombrecito jorobado que vendía almanaques Bristol casa por casa. Salma cerró los ojos con fuerza. Después de todo con el tiempo la diferencia entre sueño y realidad se hace difusa, pensaba. Respiraba profundo mientras abría con esfuerzo sus párpados. Ahora el hombrecito jorobado tocaba la ventanilla con su paraguas. Salma intentó disipar la imagen pensando en un artista de teatro callejero.

Durante los primeros días de enero habían desaparecido las lluvias.

Una leyenda refiere que el contenido de "toda la vida" de una persona pasa ante su mirada mientras muere. Salma toca su cuerpo, junta una mano sobre otra, sopla su propio aliento hacia las narices.

—Soy yo misma —se dice en silencio.

A una mujer como ella que ha levantado a sus hijos trabajando, expulsada por su familia, condenada por los más cercanos, y leal a la memoria de su esposo. No, a ella no le podía suceder. El hombrecito jorobado sigue tocando con la punta de su paraguas la ventanilla.

Salma decide confrontarse. Observa cuidadosamente al hombrecito jorobado. Pero, ¡no tiene Almanaques Bristol! Además, ¡no llueve! Mientras pone a prueba su experiencia ha perdido la noción del tiempo. No se da cuenta que ni las horas ni los minutos suceden. La temporalidad no existe. El hombrecito la llama por su nombre, pero ella confunde las palabras:

—Alma, enjalma, calma, palma, tamal.

No. Sabe que ha llegando lejos. Relaja su cuerpo y se deja desvanecer. Unas imágenes pasan rápidamente como las hojas de un libro encuadernado rígidamente. Siente que se encuentra en un teatro cinematográfico. Mientras presiona sus manos las imágenes pasan sin distinguirse. Borrosamente ve los árboles del Bosque Municipal, los columpios en donde jugaban sus hijos, el lago grisáceo y los ruidos provocados por la cría de patos que persigue a su progenitora.

—El hombrecito jorobado tiene mis imágenes.

Cuando Salma recordaba el sueño, pensaba en la historia del Duende. Y jugaba imaginando que el personaje se subía sobre los techos a perseguirla, o cuando debajo de la cama introducía sus dedos haciéndole cosquillas. Ahora no estaba segura. El hombrecito jorobado, ¿es en realidad el Duende? Cuando dirigía de nuevo su mirada, el hombrecito estaba allí. Sentado sobre la mesa de tabaco, junto al riachuelo mientras lavaba la ropa, en el cine presenciando las películas de Pedro Infante. Cuando remendaba los calzoncillos de su esposo y cuando se quedaba dormida tomándose las medias nueve.

Salma ha terminado su trabajo.

El jorobado tiene una voz que le recuerda los sonidos del renacuajo. En el umbral de sus sesenta y cuatro años de vida le susurra:

—Ruega, hija mía, te lo pido / ruega por el hombrecito jorobado.

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