Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

El cruce del Obispo quedaba cerca al hospital, pero lejos de la cárcel. F suponía que sólo usarían los puños, mientras golpeaba con fuerza la almohada que le servía de sparring.


Con el atardecer se iba el intenso calor de agosto, F regresaba en bicicleta del taller de Guillermo Lindbergh, fabricante de productos metálicos. Por encima de los cañales, se levantaban nubes como copos encadenados de algodón que tenían de fondo un tapete anaranjado. Por la carretera, se encontró con el hijo de Karlota en su bicicleta de carreras y durante el trayecto que pasaba por la ciudadela del Obispo no mediaron palabras. Luego le citó a un duelo el día siguiente por la tarde y llegando a la calle cuarenta y dos, giró hacia La Versalles. El grandulón tenía catorce años y medía 1.85 cm de estatura; siempre mal jugador: de cartas, fútbol, moñona y trompos. De abajo hacia arriba parecía un muñeco de cera y de arriba hacia abajo, una momia.

F llegó puntual e hizo la señal acordada. Su padre le abrió la puerta, un saludo seco y luego abandonó su cuerpo sobre el mueble de sala. "¿Cómo estuvo el día?", le preguntó su madre. Hubo una larga pausa. Abriendo sus ojos, entre dormido, sintió reseco el paladar. "Como de costumbre", fue su respuesta. Entre la familia esa frase contenía dos indicadores nominales, el primero describía un cumplimiento del deber, sin alegría; el segundo, un llamado al interlocutor a no seguir preguntando. Decirles que el hijo de Karlota lo había retado a un duelo significaba dañarles la noche, y el carácter. De modo que cuando tomó la cena buscó los pañuelos de su bicicleta, y comenzó a encerar sus radios, los tubos y el manubrio.

El cruce del Obispo quedaba cerca al hospital, pero lejos de la cárcel. F suponía que sólo usarían los puños, mientras golpeaba con fuerza la almohada que le servía de sparring. Por fin el ajuste de cuentas le daba una oportunidad a quien había sufrido la vergüenza en público. Aquella noche durmió sobresaltado. En un caso extremo se imaginaba las piedras, y recordaba la batalla de David contra Goliat. "Viéndome perdido le meto una pedrada y salgo a toda". ¿Y qué si llegaba acompañado?, sería demasiado, "los duelos de honor sólo tienen dos invitados", pensando así se quedó profundo.

F no mencionó el nombre del canalla aquella noche. No se lo dijo nunca a nadie. Como si no hubiera querido que sus labios fueran rozados por ese nombre deshonrado. Confiaba en su sagacidad para la pelea. Quienes hasta entonces lo habían enfrentado, perdieron. Adolescentes gordos, negros, indios, pobres o ricos, altos y bajitos. Usaba su inteligencia para golpear en el lugar y momento indicado. Al recordar la cara del granuja, F pensaba cómo transformar al actor en un ser desconsolado. La risa de Karlota cada que pasaba junto a su casa golpeaba su orgullo propio.

De madrugada se miró al espejo, estaba pálido y ojeroso. Intentó ajustar el antifaz del enemigo a los rostros de sus amigos de barrio, pero éste se ceñía a los rasgos de cada uno de ellos y a ninguno le quedaba bien del todo. Forrado hasta el cuello con un overol, con grasa hasta los codos, pasó todo el día soldando tuberías y midiendo piezas de metal en el taller de los Lindbergh. Por la tarde, se lavó la cara en el estanque, se vistió de manera formal y se acercó en bicicleta hasta el cruce del Obispo. El camino hacia la entrada lo hizo caminando, atravesando el cañaduzal, pisando largas hojas resecas que dejaban escapar sonidos del verano.

Apoyado en los alambres oxidados que cercaban la casa del Obispo, con la mirada fija en una vaca que pastaba, le esperaba el hijo de la pentecostal. Allí, al lado del seminario católico, debió pensar en los versículos de la Biblia que su madre le había recomendado. Tenía la cara cubierta de espinillas (en aquel momento, en la oscuridad de aquella tarde de agosto, apenas se notaban), no tenían que hacer parte del odio que su madre sentía contra F, aquellos barros en sus mejillas eran quizás el sello de la maldición pentecostal contra una familia católica.

Hacía pocos meses había regresado a Palmira, expulsado del colegio Americano en Cali, involucrado en problemas con las barras bravas del Pascual Guerrero. Antes de atravesar la recta entre las ciudades, había pasado por las haciendas en donde familiares le informaban los acontecimientos en casa. Tenía esa doble cara de la falsa moral: cristiano dominical y delincuente potencial. Su procedencia sellaba su presentación en la sociedad adolescente. Su religión le permitía, sin embargo, lavar muchas faltas.

Siguiendo la forma de proceder de su padre, F no pronunció una palabra. La verdad es que a eso tenía más derecho que su propia madre, puesto que él había visto el rostro diabólico de Karlota Méndez. ¿Le habrá parecido en aquel momento que el rostro del hijo, ese rostro salpicado de espinillas, se estaba posando en la careta hipócrita a modo de una doble máscara póstuma? En el terrible lenguaje de los hechos, la palabra arrepentimiento había perdido significado. Lo que se puede establecer con toda seguridad es lo siguiente: en su papel de vengador, F, sin pronunciar una palabra, puso sus cortos puños sobre la nariz del muchacho, repitiendo esa acción veinticinco veces hasta que la sangre brotaba como el agua de una llave. La sorpresa no daba tiempo de reacción.

Los golpes en la cabeza habían desplomado al grandulón. Luego se abalanzó sobre sus genitales y apretó con fuerza hasta desmayarlo. Inclinándose, por encima del cuerpo tendido, miró alrededor (tan solo escuchaba las torcazas en sus nidos), luego, lo tomó de las piernas y lo arrastró cerca de la carretera. Lo que siguió a continuación desde el momento que golpeó sobre la nariz parecía uno de los cuentos escuchados en las radionovelas de La ley contra el hampa. F tomó mierda de cristianos e hizo círculos concéntricos sobre la cara. No se trataba de un maleficio manifestado en la consciencia de venganza del verdugo. Era el cuerpo compartido de una secta que había causado muchos daños a su familia.