Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Bueno o malo lo que sale de las manos de Paris, es Paris; ya sea una carta, un pedazo de pan, unos zapatos desgastados o un poema.


Palmira es un pueblo único, pero Paris es una ciudad de la que podría hablarse en plural, como hablaban de Atenas los griegos, ya que hay muchos Paris, y el de los inmigrantes no guarda más que una relación superficial con el Paris de los parisinos. El forastero que visita Palmira en coche tradicional tiene una idea del pueblo que observa en dos horas; el extranjero que llega a Paris y va de un museo a otro sospecha la presencia del mundo que bordea, pero no ve. Salvo que haya perdido el tiempo en una guía de turista, nadie podrá pretender que la conoce bien. Como observa Julien Green (1900–1988): "El alma de una gran ciudad no se deja atrapar tan fácilmente".

Edilberto había reunido lo necesario, aunque no lo suficiente para conocer una gran ciudad. Para entrar en comunicación con ella era preciso haberse aburrido, haber sufrido un poco en los lugares en que se hallaba circunscrita. Sin duda, en una guía de turista se puede constatar la presencia de todos los monumentos, pero existe, en los límites mismos de Paris, otra ciudad cuyo acceso resulta tan difícil como lo fue en la antigüedad El Dorado. El vendedor fue descubriendo esto con el paso de los años. Estando en Paris adquirían realidad.

Llamaba a la ciudad secreta, porque los inmigrantes no penetraban en ella, y sintió la tentación de juzgarla sagrada, porque sus sufrimientos la hacían más querida ante sus ojos, esta ciudad la conocen tan bien los parisinos y la encuentran tan natural, que ni siquiera piensan en hablar de ella, excepto los novelistas y poetas, cuyo papel consiste en ver por primera vez con ojos totalmente nuevos, lo que una mayoría ve sin advertir. Y ni siquiera los escritores consiguen contarlo todo.

—¿Cómo, por ejemplo, describir la vida en los cafés de Paris?

Pueden, por ejemplo, describir todos los alrededores de un café sobre la calle de Saint Honoré, pero se necesitaría la sensibilidad de un Baudelaire o de un Benjamin para transmitir lo que hace medio siglo se llamaba atmósfera, para traducir el encanto de ciertas fealdades y para plasmar esa indefinible familiaridad de los objetos que revela el carácter de una calle solitaria a los ojos de los distraídos: el helecho adornado con un desteñido lazo rojo, la desgastada silla de cuero que expulsa cerdas mugrosas, la mesa del grueso mármol blanco y el portaplumas con el que se han escrito tantas cartas de amor y tan encantadoras cartas de despedida.

Pensaba en accesorios menores como rituales de la vida de café tal como podrían verse en un lienzo de Picasso o Daumier: "En cierto sentido, todo eso es Paris. Todo en esta ciudad posee una cualidad misteriosa que hace que la gente diga sin rodeos: es Paris". Al repetir las palabras recordaba los sentimientos que lo embargaron cuando llegó, como una oración sagrada. Aunque no se tratará más que de una escoba hecha con hojas muertas en octubre, o una torre de libros usados en la caja de un anciano librero en los muelles del Sena, entre el Pont-Neuf o el Pont Royal.

Pensaba también en Alexis de Tocqueville. Paris imprimía un sello en sus Recuerdos sobre la Revolución de 1848. Como los demás inmigrantes, el vendedor dispuso de un tiempo excesivamente breve para percibirlo, pero el corazón de un auténtico francés como Tocqueville palpitaba con fuerza al recordar los árboles que cubrían su casa paterna. Estando en Estados Unidos, mientras terminaba estudios sobre el sistema de prisiones en aquel país, el autor de El Antiguo Régimen y la Revolución citaba en sus cartas estribillos populares aprendidos durante su infancia.

El vendedor observaba fotografías de niños comiendo un cruasán o mesas y sillas atendidas por un camarero de pie, con su delantal blanco y su servilleta bajo el brazo, y pensaba:

—Esto es Toulouse, Lyon o Marsella.

Como observador superficial se equivocaba: "es Paris". Bueno o malo lo que sale de las manos de Paris, es Paris; ya sea una carta, un pedazo de pan, unos zapatos desgastados o un poema. Lo que ofrecen al mundo no lo han copiado de nadie, es de ellos. Se les puede arrebatar, se les puede robar, pero nunca imitar. Julien Green siempre se sintió orgulloso de Paris, porque Paris fue su ciudad natal; en el caso de Walter Benjamin, Paris fue su ciudad como escritor. Todo su legado refleja esta adopción. En ambos casos, los paseos que dieron por sus calles parecían crear vínculos invisibles, pero fuertes que los ataban a sus piedras.

El vendedor se preguntaba cómo era posible que el simple nombre de Paris designara tantas cosas diversas, tantas calles y tantas plazas, tantos jardines, tantas casas, tejados, chimeneas, tantos cafés, tantos escritores y filósofos célebres; sobre todo la levedad del firmamento que reposa sobre la ciudad. Le sorprendía que tanta inmensidad pudiese caber en una palabra de cinco letras. Una palabra corta sobre la que cabalgaba el espíritu de la historia moderna. Dos sílabas que envolvían un misterio. Edilberto se preguntaba:

—¿Por qué se le llama de ese modo y no de otro?

A fuerza de repetir ese nombre terminó descubriendo un lugar común. Es decir, pudo darse cuenta que no había descubierto nada nuevo, sino que Paris se llama Paris.

Cuando después de un tiempo recordaba sus andanzas por Paris, le bastaba con echar una ojeada a las fotografías para ver un rincón de la ciudad, cuyas largas calles antiguas, entonces lo apasionaron. Ahora esa gloriosa experiencia se la habían arrebatado, y si quería volver a ver a Paris, era en él mismo que quería reencontrarla. Quien ha estado en Paris parece llevar a Paris desde su infancia, desde su juventud y desde sus sueños, y siente una secreta preferencia por el Paris que lleva grabado en la memoria y que le parece más bello que el Paris de quienes han estado de cuerpo presente.

Un determinado colombiano se ha quedado con las iglesias más hermosas, su corazón es lo suficientemente grande para albergarlas a todas, y con la cadena de hoteles de la calle de Lille, de la calle de Grenelle y de la calle de Varene; así como un griego siente afecto por sus costas, un africano por los jardines en verano en los patios de las casas viejas, o un japonés por las tiendas de anticuarios que hay entre el Sena y Luxemburgo; un estudiante evoca con tristeza el pequeño apartamento desde el que distinguía las torres de Saint-Sulpice y la cúpula del Val-de-Grâce, y la época cuando ese universo lo llenaba todo.

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