Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Esa misma impetuosidad dogmática del poder que destituye a Petro no se aplica contra alcaldes tramposos en otras ciudades y municipios de Colombia como Palmira.


Con la destitución de Petro queda un sabor amargo. No por Petro, quien terminó reciclando el mismo mal de sus enemigos: maniqueísmo, caudillismo, nepotismo; o el extremo añorado por esa izquierda goda: dogmatismo, mamertismo. Petro contribuyó a su harakiri. Le escuchamos desde el Palacio Liévano, colocando su causa al lado del Florero de Llorente, Gaitán, el primer Galán y el segundo: "A Bogotá le han dado un golpe de Estado". Amigos y enemigos lograron que Petro confundiera a Bogotá con causas de Estado. Y si la coca dirige al Estado, luego, la coca logró destituirlo. Petro delira.

Por esa línea perdemos la razón y los argumentos. Estamos en el infierno dialéctico del extremismo. Justamente donde izquierda y derecha son una y la misma cosa. Digamos, resumiendo, que entre Uribe acusado de paramilitar y Petro confundiéndose con Gaitán, no hay muchas diferencias. La obsesión por el poder contiene la misma enfermedad.

Pero he ido lejos. El sabor amargo de la destitución lo relaciono aquí con tres conjeturas y sus consecuencias.

Primera conjetura. En Colombia la izquierda es el enemigo público. Desde la Guerra de los Mil Días, la primera, segunda o tercera ola de violencia, el poder centralista odia al pueblo, y odia a quienes pretenden representarlo, odia su ascenso. Petro es un accidente. Porque cualquiera en su lugar, con las mismas causas es declarado enemigo público. La campaña de desprestigio en los medios, la estigmatización usada por la elite bogotana ha sido constante en la historia política del país. Se equivocan quienes ven como inquisidor a Ordoñez.

Consecuencia, la señal enviada a La Habana es reaccionaria. Condiciona los diálogos y el segundo punto de la agenda: la participación política. ¿Quién le cree a la voluntad política de las clases que gobiernan desde Bogotá? Si declaran enemigo público a Petro, heredero constituyente de 1991, símbolo de reconciliación y la izquierda progresista, ¿será diferente con comandantes de las FARC haciendo política?

Segunda conjetura. La reelección de Santos queda en alto riesgo. Haciendo caso al poder de la elite capitalina, su jugada tiene costos imprevisibles. La destitución de Petro es mermelada para el uribismo rabioso, pero ¿qué tanta confianza le pueden devolver aquellos a quienes ha traicionado?, ¿qué puede suceder tras agudas crisis en La Habana y los votos de opinión, votos en blanco y los indecisos?

Consecuencia. Santos se mueve a la derecha aprovechando la decadencia de la izquierda, cierto; pero, ¿si el "pueblo" que desprecia regresa a las calles en oposición? El efecto contradictorio puede descubrirnos un Cisne Negro para las presidenciales. Los campamentos del mercado electoral movilizarán mucho dinero; pero la gente se cansó de los tradicionales y los corruptos políticos contratistas de la izquierda.

Mi tercera conjetura es local. Al alcalde Gustavo Petro lo destituyen por malas medidas de política pública; una leguleyada fue convertida en su tragedia. No es corrupción, no es contratación amañada ni carteles empotrados en la administración pública. El pecado de Petro fue su soberbia y las cuentas que la clase influyente quiso cobrarle a la izquierda. El establecimiento —en el procurador Ordóñez— encontró de este modo su chivo expiatorio.

En cambio, esa misma impetuosidad dogmática del poder que destituye a Petro no se aplica contra alcaldes tramposos en otras ciudades y municipios de Colombia.

En Palmira, por ejemplo, desde la alcaldía de la familia Motoa Kuri en adelante, incluyendo las dos administraciones de Arboleda y Ritter López, uña y mugre. Todos estos gobernantes depredaron los recursos del municipio: cedieron los servicios públicos domiciliarios, agua y alcantarillado con entidades como Acuaviva y Aguas de Barcelona, mediante licitaciones amañadas, sin pedir nada a cambio; o mejor, partiendo luego la marrana de tales contrataciones entre los mismos que los llevaron al poder: carteles encubiertos de la política local.

Si destituyen a Petro por actos fallidos, a Ritter López tendrían que destituirlo por graves faltas: prolongación de contratos en la Ciudadela Deportiva, un elefante blanco: el Teatro Materón. Fallos graves en la contratación de reparcheo de las calles, destrucción del sistema hospitalario mediante la falsa figura de unificar al Raúl Orejuela y el San Vicente. Nominas paralelas para sostener la propaganda del periodismo mediocre que tiene esta ciudad.

Aplicando medidas semejantes no queda gobernante con cabeza. Por eso el sabor amargo, porque en Colombia el destino que la elite escoge para la izquierda es la montaña o su estigmatización. Mientras esos mismos políticos continúan saqueando con sus carteles mafiosos y sus contratistas la economía de ciudades y municipios.

Resulta imposible pedir al procurador una revisión de las cuentas en Palmira, porque entonces tendría que ordenar, no la destitución, sino cárceles para la mayoría de alcaldes corruptos que han gobernado el municipio.

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