Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Durante una época cuando comenzaban las mujeres a exigir sus derechos, Salma no tenía derecho a escoger entre la escuela o los oficios que le destinaban.


Entre sus archivos encontraron una carta. La escritura de Salma apenas podía distinguirse. Como un palimpsesto, Edilberto encontraba en ella parte de su historia revelada. Con el silencio de la noche cada palabra recobraba el esplendor de una profunda profecía: «Edilberto. A veces siento un gran deseo de conversar con usted, o escribirle; tengo estas cartas guardadas, por cuando me embarga la nostalgia necesito confesarme como con un amigo. Hoy es uno de esos días. Y quiero aprovechar para contarle algo para lo cual usted puede tener respuesta. A mí me parece también imposible, y si lo rechazo puede ser por el temor que desde niña me causaron en mi hogar».

Salma heredaba su nombre de un comerciante que vendía cuadros arabescos en las calles. Sus padres no se ponían de acuerdo. La criatura ni respiraba, luego de su primer grito cuando salía del vientre, se había quedado en silencio. Un extraño sentimiento embargaba a la familia. Los temores de procrear un ser limitado. Sabían que era como uno de ellos, sin embargo, no se rebelaba ni lloraba, ni pataleaba. Permanecía quietecita todo el tiempo. Aquel comerciante sugirió llamarle Salma, y la explicación fue simple:

—Como no se parece a los demás, debe ser la misma encarnación de la calma. Pero "calma" es una palabra fea para llamar a una criatura de Dios. De modo que cambié la C por una S.

Entre el tiempo de infancia y su matrimonio, aquel nombre que le habían dado era una sentencia. O mejor, aquello que se llama niñez y adolescencia pasaba de otra manera en su vida, entre ocupaciones como cocinar para jornaleros en las fincas, recoger café, hacer bordados y cuidar de sus hermanos menores. Con excepciones, los juegos de Salma terminaban devorados por la seriedad de su trabajo. Durante una época cuando comenzaban las mujeres a exigir sus derechos, Salma no tenía derecho a escoger entre la escuela o los oficios que le destinaban.

Su nombre correspondía a tradiciones semíticas. Su carácter también; pero como parte del destino, no como decisión personal.

La calma de Salma había sido conformada por la resignación; que dentro del espíritu católico significa la humildad de María, Madre de Dios, resignación como mansedumbre ante las órdenes dadas por los padres y superiores. La mujer resignada fue identificada dentro de la historia de la salvación como "sierva". Exactamente moldeada por este canon, Salma vivió dentro de su hogar paterno la primera etapa de su redención. El segundo pago de la misma sería su matrimonio.

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