Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Pacho no se adornaba. Se asemejaba mejor al vagabundo que a un señorito de familia que comienza un fin de semana bohemio en el Club de Leones y termina en los bares con las putas.


—¡Que le descubrieron marihuana en los bolsillos, marica!

—¿Marihuana? No, pero si no se le notaba.

—No, cierto, pero estuvo experimentando.

La tragedia recorría el barrio. El adolescente de mayor puntaje ICFES, matemático talentoso de su colegio, lector de novelas policiales; el muchacho que combinaba una conversación de esquina con apuntes mordaces sobre Nietzsche o Dostoievski, el de los 100 problemas sin resolver de las matemáticas de David Hilbert, en 1900. Pacho Miranda, se había quitado la vida.

Los arreboles del atardecer acompañaban la oscura repetición de los hechos, un ciclo del eterno retorno. Como una cadena destinada a mantener la tristeza entre quienes le conocieron, las palabras se iban acumulando como efectos sin causa primera. Todos especulaban: la soledad, Nietzsche, la indiferencia de los padres, la falta de moral y la ausencia de valores. Hasta que alguien afirmó que a Pacho "lo había matado tanta inteligencia". El ambiente mortecino rodeaba las calles; las novenas religiosas en su memoria estuvieron acompañadas con la evocación de recuerdos, el vecindario aportaba pruebas, el borrachito su bohemia. El suicidio amargaba las conciencias.

—Brindo por Pacho —dijo Adolfo León Gutiérrez—. Aunque nunca lo pude tratar, ¡del putas, escogió mejor vida! —Adolfo estaba pasado.

Siendo las tres de la madrugada estaban cansados para alegar. El café tomaba un color a indiferencia. Edilberto se sentía cómodo en la banca participando de las impresiones sobre el muerto cuando era vivo. La conversación, sin embargo, hacía tiempo se había diluido y discurría pobre en grupos de dos o tres. Hasta que alguien dejó caer la expresión de que no existe nadie que no haya estado muy cerca de la muerte (por el tono en realidad quiso decir: "suicidio"). La afirmación provocó un sonido monocorde, como si un concierto de renacuajos comenzara su función de medianoche. Se dedicaron a extraer breves comentarios, hasta que finalmente uno tras otro acabó reflexionando en voz alta sobre su propio destino. Alguien rompió el narcisismo.

—Me quedó sonando lo de la marihuana en los bolsillos de Pacho —comento en voz baja Rubiela Espinoza.

Entonces Grettel llamó la atención. Grettel compartíó con Pacho muchos momentos, especialmente cuando tuvo tendencia a la melancolía.

—Les puedo contar discretamente cómo llegó Pacho a fumar marihuana. Obviamente, Pacho no fue un cualquiera; o mejor, sus experimentos con la marihuana fueron —como él decía— experimentos intelectuales.

La frase "experimentos intelectuales" quedó apagada por una curiosidad morbosa de todos los presentes; los amigos del barrio nunca supieron la historia secreta en la formación de Pacho Santodomingo, sus lecturas, escritos, cuentos y ensayos. Grettel les contó que la experiencia con la marihuana la había iniciado en los bares de mala muerte de las calles 23 y 24.

—¡¡Que queeeeee!! —todos abrieron sus bocas con malos olores.

Pacho no se adornaba. Se asemejaba mejor al vagabundo que a un señorito de familia que comienza un fin de semana bohemio en el Club de Leones y termina en los bares con las putas. Lo cierto, dijo Grettel, no se asombren que Pacho siempre llevaba hojas secas en los bolsillos. No creo que su encierro en el cuarto, o el deseo latente de contrarrestar su tristeza, haya sido la causa directa de su decisión de fumar marihuana. Fue más bien la ansiedad de doblarse ante un pueblo que lo había atenazado por la nuca. Lo de Pacho con la marihuana no fue el capricho de un adolescente, el asunto es de más fondo.

Él no parecía de este lugar. Ya fuesen las depresiones diarias que lo embargaban, las lecturas hasta la madrugada, las malas compañías o los bailaderos de Juanchito, el caso es que nunca se sintió aceptado entre los miembros del círculo literario (se refiere al Círculo Literario de la Biblioteca Municipal). Aunque Pacho los superaba en el conocimiento de Los paraísos artificiales de Baudelaire, hasta El lobo estepario de Hesse.

Algunos de los que escuchaban fruncían el seño, no entendían.

Grettel afirmaba conocer de primera mano unas notas del diario. En alguno de sus cuadernos decía:

«Acabo de tenderme en la cama, he fumado y leído parte de los teoremas de Galois. Frente a mí, al otro lado de la ventana, se recortaba la silueta de una de esas calles inmundas de la plaza de mercado, pasan por ahí putas y delincuentes de los barrios vecinos. Todos parecen heridas practicadas con cuchillos sobre la piel de este barrio. He disfrutado como un desconocido en medio de tanta mierda. He podido liberarme de una identidad rayada. Los efectos del bareto han tardado más de cuarenta y cinco minutos. ¡¡Malparidos!! ¿Me habrán dado tabaco, o se habrá perdido la sustancia empacada en papel periódico? Alguien estuvo tocando la puerta, pero no me atrevía a abrir, me limité a preguntar qué pasaba.

—Oiga, hay alguien que quiere hablar con usted —gritó una copera que vivía en otro cuarto de alquiler.

La hice subir. Me faltó calma o no tenía el valor de preguntar quién era. Continué recostado sobre la almohada mientras mi corazón latía con fuerza, sin perder de vista la puerta entreabierta hasta que se divisaba un uniforme de colegio. Un mensajero traía algo en sus manos, un telegrama.

—Le recomendamos enviar sus soluciones en sobre sellado a la Sociedad de Matemáticas. Confirme el recibo de este mensaje.

Eran las siete. Un telegrama urgente tardaría como mínimo un día en llegar a la Sociedad de Matemáticas. Despedí al mensajero con su propina. Sentí al mismo tiempo inquietud y fastidio. Inquietud, porque se me venía encima, precisamente en esos momentos, un trabajo, una carga. Fastidio, porque los efectos de la marihuana tardaban mucho. Creí que lo mejor era vestirme e ir hasta Telecom, donde, según sabía, atendían hasta las diez de la noche. Que debía confirmarles era claro, teniendo en cuenta que el profesor Rimontti me había recomendado. Por otra parte, me preocupaba que con los efectos de la marihuana, perdiera la contraseña que me habían dado. Me voy...

Mientras bajaba la escalera recordé mi experimento con marihuana varios meses antes, y cómo fui incapaz de saciar el hambre de perro que tuve luego cuando regresaba a esta cueva. Entonces compré una barra de chocolatina. La cucha del puesto de dulces mantiene de todo, bombones, papeles brillantes, galletas y cigarrillos. Aquella vez tuve que esperar, la cucha estaba echando chismes con las putas del bar Glorieta. Casi me cago de la risa cuando el peluquero que andaba enamorado de mí, se ofreció para cortarme el pelo y maquillarme con su gomina.

Esas cosquillas me convencieron que la marihuana estaba haciendo efecto. Me parecía que las cosas querían bailar conmigo, los bombones, las galletas, las chocolatinas, contuve, sin embargo, las ganas de reírme. Todos saben por estos lados que el éxtasis comienza con unas carcajadas que son risas, unas muecas pendejas con uno mismo, pero, sin duda, embriagadoras. Me di cuenta también porque saboreaba los vientos mortecinos de la basura y los restos de vómito que dejaban los borrachos en la calle. Los adictos necesitan más tiempo y espacio que los demás; mejor dicho, los marihuaneros consumados necesitan mundos a la Einstein, no un mundo Newtoniano.

A quien acaba de fumar un bareto completo de marihuana, Ciudad de México le parece pequeña y la eternidad le sabe a huevo. A estas dimensiones colosales que adquieren las vivencias interiores, al tiempo/espacio curvilíneo, no tarda en seguirle una sonrisa beatífica, preludio de un humor maravilloso, mayor aún, que la suma de las preguntas de la filosofía desde Tales de Mileto. Sentía que volaba sobre las piedras de las calles, como un trotamundos. Finalmente, en medio de delincuentes del bajo mundo y putas reconocidas de aquel lugar, llegué hasta las oficinas de Telecom.

Aunque Telecom estaba en la calle principal, digo ahora, me parecía un lugar feo, y no sólo porque cuando hemos fumado marihuana no distinguimos lo feo de lo bello, sino porque esa esquina por las noches reúne toda la plaga pestilente de Palmira. Aquellas secretarias dispuestas a mostrarme mucho más que sus blusas escotadas, cumplían con dejarme saber que podía agradecerles el telegrama que estaba colocando. Muy cerca del lugar en donde me encontraba, por la carrera 25, pude observar cantinas con luces rojas encendidas en señal de puteaderos, coperas sentadas sobre las piernas de viejos escurridos. Allí estaban trabajadores de las empresas públicas municipales, EPM, soldadores de Metálicas y secretarios de gobierno de la Alcaldía.

Entré y ocupe un asiento. Sabía que mi cara no extrañaría a nadie. A esa hora fue lo mejor y menos peligroso. Como estaba experimentado, mi delirio podía exagerar el cálculo que distanciaba el centro del barrio donde vivía. Gozaba de la seguridad de quien puede caminar sobre el puente que atraviesa el río Palmira, entre San Pedro y La Colombina. Apenas percibió mi tranquilidad, la marihuana comenzó a poner en juego sus encantos con tanta energía como jamás la he vuelto a experimentar. Me convertí en chismoso de las caras; yo, que normalmente soy incapaz de reconocer amigos de infancia o de retener los rostros de familiares.

Ahora comprendo porqué a un pintor como Leonardo, esa fealdad que asoma en las arrugas, que proyectan las miradas y exhiben algunos rostros, puede parecerles un reservorio de belleza, como una montaña mágica abierta que muestra desde su interior la riqueza del mundo. Recuerdo, especialmente el rostro vulgar de un bohemio de galería en el que creí visualizar la "cara de un noble medieval". Me gustaron los rostros masculinos, ¡como si fuera marica! Entonces comenzaba a comparar esos rostros ajenos con caras reconocidas, a veces se me escapa: "Hola, señor ministro de Hacienda y Crédito Público". Mientras el borrachito me soltaba un "hola, hijueputa".

Hasta que la alucinación se iba perdiendo, lentamente como desaparece un sueño, sin producir ansiedades ni sobresaltos, amigable y pacíficamente, como un ladroncito que ha conseguido coronar su primer trabajo del día. Mi vecino, otro adolescente de mejor clase social, me parecía que cambiaba de cara. Su corte de pelo, sus gafas con esos lentes hechos de culo de botella, parecían darle un aspecto serio, a veces amigable. Yo me repetía naturalmente que las caras no podían cambiar tan rápido, pero daba lo mismo.

De tantas vidas que pensaba que había tenido ese compañero de colegio, ahora lo reconocía como un hombrecito culto. ¿De dónde habrán sacado tanta inteligencia? ¿Quiénes son su padres? ¿Tendrá hermanas tan bonitas como él? De pronto supe que vivía en Medellín. En el colegio las clases ya tendrían que estar comenzando. Me quedaba estupefacto ante las personas, las cosas y las calles. Aquellos que momentos antes —podían haber transcurrido, ¿dos o tres horas?— me habían llamado poderosamente la atención, me habían encantado, desaparecían de mi vista. "Con cada fumada las cosas se vuelven más raras", cavilaba.

Al siguiente día desperté muy excitado, víctima de un ensimismamiento profundo. Estaba como "encandelillado" interiormente, pero sólo una cosa recordaba: el telegrama. Tenía que enviarlo inmediatamente. Para mantenerme en pie tuve que tomar abundante café oscuro. El café lograba un efecto impresionante sobre mis sentidos, su aroma ascendía penetrando mis fosas nasales, cuando en realidad sacudía todo mi cuerpo, caí en cuenta que para el consumidor, el café intensifica las sensaciones de placer. Entonces me detuve. Regresé la taza a su posición intermedia, es decir, quedo suspendida en mi brazo que comenzaba a entumecerse; si alguien hubiera tomado una fotografía, mi pose era de estatua.

Estando en esas, observé que mis pantalones estaban arrugados, semejaban estropajos remendados. Mis manos tenían un color intensamente morado, mis labios apretados en señal de abstención a la cafeína. Pero regresaba desde el inconsciente aquella sonrisa burlona, esas cosquillitas medio pendejas de un espiritista que adivina y sabe el futuro. Me sentí como si fuera Ardilla Lulle, un burócrata magnánimo. Como el genio de la Lámpara de Aladino: "ordenando los deseos de la humanidad". Me acordé de los vecinos del barrio con apellidos famosos, pero viviendo entre miserias. Estando en esas, me despertó el campanario de la iglesia que anunciaba la misa de gallo.

Salí a caminar. Las cantinas y bares estaban cerradas. Un perro callejero hacía esfuerzos por calmar sus deseos. Estaba embargado de una alegría inexplicable. Sonreí recordando los nombres de matemáticos famosos: Cauchy, Riemann, Perelman, Hilbert, Galois. Me parecían nombres poéticos, maravillosos y conmovedores. Recuerdo haberme recostado en una banca del parque Obrero, junto a vendedores de fritanga y cigarrillos; me regalaron unos periódicos que extendí sobre el cemento como si fueran cobijas. Cuando desperté era como mediodía. Alcé sobre mis ojos una página que decía: "Joven palmirano ganador del trofeo de matemáticas".

Jamás he experimentado tanta alegría después de semejante alucinación».

Lo más visto de Fernando Estrada

Economía

El Capital en el siglo XXI de Thomas Piketty

El Capital en el siglo XXI ha logrado reunir series históricas al comparar las desigualdades y la riqueza; pero su...

Sociedad

¡¡Los signos de exclamación!!

Mediante la puntuación, los mercados publicitarios y caricaturistas ponen énfasis determinados sobre rostros de personalidades, descripción de acontecimientos o gráfico...

Política y gobierno

Uribe y la mentalidad reaccionaria en Colombia

Las condiciones potenciales de reactivación paramilitar o una paz duradera en Colombia dependen menos de hechos políticos concretos que la...