Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

A diferencia de Karl Kraus, Edilberto añoraba la lectura de sus periódicos. Creía en todo lo que informaban. La atención que daba a sus lecturas superaba a la de quienes hablaban.


25 de Agosto de 1974: La atención

En las tardes cuando tomaba los periódicos, Edilberto repasaba sus páginas en busca de curiosidades. Aquellas noticias le parecían como una bandada de torcazas, moviéndose de un sitio a otro durante el día. Como pájaros que gorjean en las lenguas de los pueblos, expandiendo sus mensajes hasta los lugares más recónditos y distantes, hasta las llanuras, los valles altos y los montes estrechos. Llegando a esas casitas de pesebre en lo alto de las cordilleras y las ciudades, reposando en casi todos los hogares.

Por momentos se quedaba dormido sobre una portada o sobre una editorial. Veía las páginas como alas extendidas, un fondo sobre el que se esparcían pequeñas hormigas que se movían de un lado para otro. Acercaba su mirada para darse cuenta que era la narración de hechos y acontecimientos, las hormiguitas eran palabras que se formaban en hileras como frases con mensaje propio. Recreaba su propia vida porque sentía que era protagonista de aquellas historias. Cuando muchas noticias estaban cambiando, Edilberto se quedaba pensando en alguno de sus titulares, o en las imágenes de lugares que quería conocer.

A diferencia de Karl Kraus (1874–1936), Edilberto añoraba la lectura de sus periódicos. Creía en todo lo que informaban. La atención que daba a sus lecturas superaba a la de quienes hablaban. Profundizaba en una noticia como si fuera un anatomista estudiando el cuerpo humano. La primera escuela y sus nociones de cultura procedían de la lectura de la prensa. Con una página era suficiente para llenar un día de conocimiento, según creía. Quienes escribían en periódicos, hablaban, abrían perspectivas, dejaban ver otras formas de experimentar el mundo.

Una de aquellas tardes tomó en sus manos una página conservada entre un legajador; desplegándola ante su mirada, la leyó y quedó sorprendido por la cantidad de cosas interesantes que contenía. Repasando de nuevo encontraba noticias que pasaron inadvertidas mientras la pagina estuvo abandonada en aquel rincón. Otras veces, el cansancio provocaba que dejara las hojas a medio leer, o apenas comenzaba, caía rendido de cansancio. Cuando despertaba regresaba a las mismas líneas que había leído, y se encontraba con nuevas noticias, nuevas observaciones, nuevos descubrimientos.

Como en su infancia contó con pocos libros, los periódicos despejaban su mente cada mañana con una forma nueva; releía breves notas del día anterior y encontraba cosas parecidas y diferentes. Se hacía a la idea que las realidades sólo parecen semejantes después de muchos siglos; entre una semana y otra, todo va cambiando. Sus ejercicios se fueron haciendo constantes. Refinando con cada lectura del periódico su atención en las cosas que sucedían.

26 de Agosto de 1974: Aquella mujer de edad

En el parque Obrero los atardeceres reflejaban sombras como gigantes fantasmas tropicales. Con el verano las fuentes dejaban pasar un hilo de agua que bebían con paciencia los perros callejeros. Las hojas resecas contrastaban con dos gigantes palmeras, y un roble cuyas raíces exhibían la fortaleza de su juventud. Sobre las bancas, hombres jubilados de las empresas públicas municipales, una pareja de colegiales y una amante que observaba impaciente su reloj. Esta ciudad no tiene muchos sitios de diversión. Los periódicos ocupan el tiempo de ocio de una mayoría. Se les ve tendidos sobre el césped, ocultos por una página editorial, las noticias regionales o la sección de columnistas invitados.

¡Con qué interés comparten las páginas de la prensa, cómo se lee! Sólo la Biblia de los pentecostales compite con los lectores que tiene la prensa en Palmira. Los mayores repasan noticias inmobiliarias, judiciales, conmemoraciones, historia, deportes, en una suerte de embelesamiento colectivo. Quedan adormecidos. Edilberto observa que los viejos leen más despacio que los jóvenes, sus ojos descansan por más tiempo sobre las páginas editoriales.

Aquella mujer acomoda sus gafas para mirar atentamente el párrafo que lee con dificultad. Esa viuda que acostumbra sentarse por las tardes junto a la ventana esquinera del parque para llenar el crucigrama. Descorre el cortinario en busca de iluminación. Puede pasarse toda la tarde leyendo los periódicos que ha comprado en la mañana. ¡Cuánto movimiento del cerebro, cuánta actividad mental tiene a su edad! Una mujer que con el paso del tiempo fue adquiriendo la maestría que la convertía en lectora. Lejos de habitar en corrillos de barrio, ella prefería las destrezas mentales que deja la lectura. ¡¡Que maravilla, que espectáculo!!

3 de septiembre de 1974: Una mujer obrera

Durante la mañana el vendedor de periódicos observaba el sol sobre los cristales, el ventanal en aquella esquina y los cortinarios rojos encendidos, descorridos para dejar ver la posición de la lectora. Aquella mujer adorable que se sienta con el periódico sostenido por sus manos temblorosas. Le daba consuelo pensar en tales cosas, pues para las nuevas generaciones jóvenes, desesperadas, es alentador saber que en alguna parte, en el mayor silencio y recogimiento, un par de ojos cansados y amables, unas arrugas sobre una frente surcada por el tiempo, sigue interesada por las cosas que suceden a diario. Al verla sentía el deber de compartir en su casa aquella imagen ejemplar.

También conocía una mujer obrera. Se había alojado en su casa cuando su padre quedó desempleado. La única hija de aquella mujer había sido enterrada en vida, es decir, la habían encerrado en un manicomio. Esta mujer obrera tenía dos únicos amigos: la conversación y el periódico. Sin el consuelo de estas amistades tal vez habría muerto en medio de la pobreza. La miseria la obligo a trabajar durante largas jornadas que se extendían hasta el anochecer, mientras que la lectura del periódico le ofrecía un poco de consuelo en momentos de amargura. El interés de esta obrera por los acontecimientos de todos los días era tan vivo que nunca dejó de sorprender al vendedor callejero. Poco a poco fue comprendiendo el alivio de las penas que produce una lectura de la prensa diaria.

Estando a solas, mientras recordaba los episodios del día, Edilberto envidiaba la alegría de aquella mujer obrera. Una tranquilidad que procedía de sus propias necesidades y de una disciplina atenta a la lectura de la prensa. Cuando ella tomó consciencia que la lectura mitigaba su dolor, leía con mayor atención. Leía abundantemente, periódicos del día, periódicos del pasado, revistas, dominicales, cuentos, historias, páginas judiciales, deportes, notas sociales. Al hacer esto ella estaba ganando una batalla contra una vida difícil.

7 de septiembre de 1974: Un padre desempleado

Los tiempos eran difíciles. Si desayunaban, no almorzaban ni comían; si almorzaban no desayunaban ni comían; si comían, no desayunaban ni almorzaban. Y así los ciclos podían durar seis meses, un año o más. Esas épocas fueron a la vez una oportunidad de aprendizaje. Para los desempleados, los periódicos son un tesoro, un auténtico escape a las tensiones diarias. Contrario a quien trabaja, que lee con esfuerzo y bajo una luz precaria, el desempleado cuenta con unas condiciones envidiables. Por esto el padre del vendedor disfrutaba a sus anchas cuando no había trabajo.

Del mismo modo para el enfermo que debe guardar cama. Esa espera calmada del restablecimiento es una oportunidad de lectura; a quienes les embarga la tristeza, la prensa es una fuente de consuelo y distrae las penas que acongojan. Edilberto aprendía que los periódicos no sólo calmaban las penas acumuladas por malos recuerdos, sino el hambre, el cansancio y la fatiga. Para adolescentes como él, la prensa significaba un desafío que mantenía la disciplina y la perseverancia.

Por medio de los anuncios los ricos daban trabajo a los pobres, en algunas ocasiones demostraban su caridad. Los pobres se informaban sobre fuentes de trabajo o centros de caridad como el Club de Leones. Los negociantes, dueños de almacenes, propietarios del comercio, minoristas y cambistas compraban y leían el periódico porque tenían mejor información para mejorar sus ingresos. Los artistas de la ciudad podían comparar sus trabajos con artistas de la capital, o de otras ciudades del mundo. Edilberto encontraba que la llegada del periódico a la ciudad daba alegría a sus gentes, se despertaba una complacencia entre los vecinos y amigos.

15 de noviembre de 2011: En la capital

Edilberto lleva el periódico entre su maletín. Mientras el Transmilenio se detiene en la estación del Portal, dedica unos minutos para releer el editorial. Luego en marcha lee las columnas; estando de pie o parado. Sigue detallando las notas judiciales, el escándalo de los hermanos Nule, las actuaciones de los órganos de control del Estado, los cambios sucedidos en la geografía del conflicto armado. Mientras llega a su destino, muchos recuerdos pasan por su mente. Su casa paterna, aquellas calles de su ciudad, su primera bicicleta, y la imagen de María la Tabaquera.

Con el tabaco bajo sus labios apretados. Soplando una humarada mientras se acompañaba con una tasa de café. Los pasajes campesinos que recorría cuando viajaba desde Palmira hasta Pereira, aquellos hoteles de pueblo, sus aventuras en los vagones del ferrocarril del Pacífico. Las salas de espera y las decenas de vendedores que rodeaban las estaciones del transporte. En todos aquellos lugares había visto que la gente leía los periódicos. En los buses intermunicipales, en los taxis, los cafés, en bares y cantinas, los periódicos y los lectores formaban un mundo homogéneo.

Admiraba la regularidad y precisión de la prensa. La periodicidad con la que trabajan tantos obreros, empleados, reporteros y columnistas. La prensa le enseño constancia, valores, esfuerzo, disciplina. Una imagen emprendedora. Recordaba que durante los tiempos más difíciles de su país, las violencias y confrontaciones partidistas, los periódicos tenían notable importancia. Cuando voceaba en las calles los titulares con noticias que toda la ciudad debía conocer. Sabia que las personas no se interesaban por las mismas noticias, y que las ventas durante los días de la semana no eran iguales. Pero tenía experiencia que algunos acontecimientos excitaban a los lectores. Más tarde, con los años aprendió que la prensa era el cuarto poder. Y su posición como lector confirmaba esta realidad.

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