Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Leopoldo de Quevedo y Monroy

Desde que empezó el capitalismo salvaje, con el Gobierno Gaviria, poco a poco ha ido enseñoreándose de Colombia la llamada inversión extranjera. Uribe y Santos han perfeccionado este modelo económico.


Me acostumbré a entender que industria, ese renglón primario de la economía, era una compleja maraña de compañías que elaboraban productos de unas materias primas. Por mi cabeza pasaban imágenes de extrusoras, grandes hornos con chimeneas, enormes edificaciones con maquinarias importadas donde se elaboraban medicamentos, tejidos de algodón o lana o hilo, o se transformaban líquidas de caña en alcohol aguardiente, o que se fundía la arena, el carbón en grandes fondos de acero o bronce y se fabricaban varillas de hierro o tapas y cajas para contadores de agua o energía.

Y que sus dueños eran capitalistas honestos colombianos que invertían sus dineros en transformar materias primas con maquinaria importada y pago de salarios justos y decentes. Acerías Paz de Río y de Pacho, Cementos Samper, Fabricato, Coltejer, Bavaria, Avianca, Carvajal, Hipinto eran empresas que mostraban a Colombia ante su gente y ante el mundo. Pero se murieron sus primeros dueños y sus hijos quedaron con su capital y herederos de sus sueños. Toda esa fortuna también se ha transformado en humo, yates, lujos, fiestas, clubes y depósitos en bancos extranjeros.

¿Dónde está esa industria que congrega aquella famosa ANDI? Ha quedado convertida en un programa de PYMES: pequeñas y medianas industrias para "emprendedores", se dice con eufemismo barato en cuñas y programas muy risueños en universidades y fundaciones, por Facebook y Twitter.

Desde que empezó el capitalismo salvaje, con el Gobierno Gaviria, poco a poco ha ido enseñoreándose de Colombia la llamada inversión extranjera. Uribe y Santos han perfeccionado este modelo económico que acomoda fácilmente la balanza comercial internacional con importaciones y ventas en cantidades alarmantes de productos extranjeros. Hoy hay pocas exportaciones de productos elaborados en nuestro suelo. No hay capitalistas que crean en el talento colombiano.

Las universidades forman unos "profesionales" para un mercado inexistente. No hay quien recoja a sus egresados y los pocos científicos que aparecen se los llevan universidades, laboratorios, la NASA y organizaciones multinacionales. Aquí no hay consorcios que valgan si no hay talento foráneo. A eso hemos llegado. Vale más un ingeniero extranjero que uno nacional. Se protege más un producto que llega de un TLC que el mercado doméstico.

Lo decía con vergüenza esta mañana por Caracol el sucesor de Luis Carlos Villegas, eterno presidente de la ANDI, el señor Bruce Mac Master: Tal vez no debieron firmarse esos TLC porque hay exceso de desventajas para nuestra débil industria y producción vernácula. Otros sugieren que se cree un Ministerio de la Industria, para ver si hay más plata para llenar bolsillos de los eternos bancos y llenar de casetas y chucherías nuestras calles. No hay capitalistas colombianos que crean en otra Colombia que la que injusta existe. Es mejor que trabajen otros y que siga el Dorado de nuestras riquezas yéndose a Canadá, a España, a Inglaterra, a Corea, a Estados Unidos.

Nosotros, los rasos ciudadanos, tendremos que sentarnos a mirar cómo se rifan los contratos, las licencias ambientales y forestales, las minas de oro y más metales debajo de los humedales y páramos y nevados, cómo se desvían y se acaban nuestros ríos, nuestras selvas y fauna. Y el gobierno Santos no se preocupará por nada porque está asegurado y ya no hay afán de reelección.