Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Leopoldo de Quevedo y Monroy

El arte es el conjunto de juegos que nos presentan la imaginación y una frente sin arrugas. Es el único modo de sortear como en una rayuela las líneas oscuras y caer de pie en el cuadro ganador que los inocentes llaman cielo.


Vivir hoy y volar como un ruiseñor es una hazaña para cualquier humano. No importa el sitio ni la ocupación o el estado civil. Y, valdrá pena, aunque las alas sean nuevas y nos dé algo de miedo.

Sin embargo, hacen falta incentivos que dulcifiquen las angustias, incertidumbres y fracasos que aparecen durante el vuelo.

En efecto, pertenecer al mundo global, confuso, contaminado, relleno de hilos que nos enredan, nos equivocan el camino peor que vivir en un laberinto y nos acorrala como el toro frente a su enemigo en el ruedo. No es fácil caminar y llegar a las metas que nos trazamos o en medio de las tormentas de crímenes, falta de oportunidades o piedras que se nos cruzan a diario.

Sintoniza uno la radio en la mañana o enciende el televisor o sale uno a la madrugada a trabajar o a estudiar el niño o joven y ve cómo en la patria o en muchas naciones las guerras civiles, los desastres naturales o las drogas letales hacen caer vidas y truncan destinos.

Pareciera que no hay esperanza de sobrevivir a tanta amenaza y el ser humano tuviera que andar con la nuca lista para ser segada por la espada de un Damocles moderno. A cada paso se abren precipicios o detrás de las esquinas pareciera que la desgracia estuviera esperando con su segur. Casi que es el mundo un juego de ajedrez en el que caen por igual torres seguras, reinas, malhechores, dragones y peones.

Es nuestro planeta un escenario que nos ofrece desiertos, oasis, horizontes lejanos, muchos vientos, espejismos, tormentas de arena y un camino borroso y largo entre dunas y terebintos.

Muchas veces caminamos por nuestras ciudades, universidades, calles y lugares de trabajo como por cuadros pintados por Picasso o Dalí. Nos vemos con las caras desfiguradas y el tiempo se resbala por sobre una mesa como un río de hierro derretido. De pronto se nos aparece en el espejo el gato Cheshire con sus bigotes y nos señala el recodo por donde podemos enderezar nuestro curso.

Ese modo de sobrellevar los avatares y vivir a diario con la sonrisa a flor de labios sí existe y se llama arte.

El arte es el conjunto de juegos que nos presentan la imaginación y una frente sin arrugas. Es el único modo de sortear como en una rayuela las líneas oscuras y caer de pie en el cuadro ganador que los inocentes llaman cielo.

El Arte, con mayúscula, llámese teatro, danza, música, pintura, el cine, la poesía, el cuento, tal como la enseñaron los maestros griegos o universales, es una amalgama de sabores, quehaceres y placeres que no engaña ni indigesta.

Si alguien está aburrido, cansado, decepcionado porque ha perdido el rumbo o todo lo demás le parece inocuo, tiene una biblioteca, una sala de cine o un chip para introducirlo en la oreja y oír a Bach, a los Beatles, a la Dúrcal o la Sinfonía Nuevo Mundo, el panorama cambia y se remoza el ánimo.

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