Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Leopoldo de Quevedo y Monroy

Los escritores deben saber, cuando escriben e imprimen sus fábulas sobre el plasma o con la tinta de sus venas que en sueños que idearon, también los pueden descifrar sus lectores con la lente de sus propios sueños.


Desentrañar los significados, las figuras, las alas y los rubores que hay entre las letras de un renglón de un poema o del párrafo o un capítulo de un libro no es para seres comunes y corrientes. Solo es manjar para quienes tienen ojos con fiebre y sus mentes deliran cuando toman en sus manos un libro y lo devoran como si tuvieran dientes que volaran como sierras.

Los escritores deben saber, cuando escriben e imprimen sus fábulas sobre el plasma o con la tinta de sus venas que en sueños que idearon, también los pueden descifrar sus lectores con la lente de sus propios sueños.

Detrás de una idea que se escribe hay hadas madrinas, ogros, pantagrueles, fantasmas, fieras verdes, gigantes nublados, monstruos sin cabeza, serpientes que corroen impías y manos que agarran las gargantas.

Quien toma un libro debe estar preparado para asistir a una comedia, un aquelarre a media noche, una batalla, un festín de burlas, una tragedia, un terremoto, un paseo por pueblos desconocidos y con personajes que aún no han nacido.

En efecto, cada escritor es un mago del que salen palabras convertidas en lenguas infernales, tempestades, búhos que ríen a carcajadas con penachos rojos, iglesias que botan monedas por su chimenea, chorros de barro que deambulan en zancos por aldeas y novias de blanco sin corazón ni risa, o campiñas vinolentas sin nubes y ni sol ni paisaje placentero.

¿Qué ser humano con sus sentidos normales tomará un libro sin estar dispuesto a correr este riesgo? Insensato es que quien no tenga la capacidad de ensoñar se acerque a una biblioteca a pedir que la presten un libro o que vaya a una librería a comprar una sarta de palabras que no dicen cómo ganar plata de verdad, cómo disparar con tino, cómo engañar en pleno día y como reír sin ganas.

También hay sueños en los que aparecen locos que son ejércitos de águilas mecánicas de viento, asesinos que lanzan cilindros para asustar a los que duermen, gigantes que devoran billetes en alcaldías y congresos. Con esos ingredientes se visten los guiones que escriben a sueldo los best sellers. Pero eso que parecen sueños son realidades que corren por periódicos, noticieros, cines y que se llaman hoy entretenimiento. Esos libretos no son sueños porque causan daño.

Los libros de letras, frases, en donde hay interrogaciones, enigmas, gnomos, unicornios y sirenas son inofensivos con sus mundos de fantasía, laberintos con ecos y cascadas de plata y salpicaduras de espuma.

Esos sueños sumieron en su sopor a Homero que nunca escribió porque era un cantor vidente y su pueblo vivía sus proezas como una religión diaria. Llenaron las noches y días de Sófocles, Esopo, Horacio, Virgilio, Ovidio, Dante, Cervantes, Goethe, Verne, Doyle, Shakespeare, Tolstoi, Chejov, Salgari, los Grimm, Collodi, Carroll, Apollinaire, Nietzsche, García Márquez, Borges, Saramago, quienes nos han permitido volver a soñar lo que ellos vieron en sus epopeyas, viajes, fábulas, églogas, novelas, cuentos, poemas y castillos encantados.

13 Febrero 2018 Teresa Consuelo Cardona
5 Febrero 2018 Tribuna