Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Leopoldo de Quevedo y Monroy

Francisco parecía un hombre viejo y frágil cuando fue elegido. Pero hoy aparece lúcido y emerge como un humanista con lámpara de oxígeno que busca hombres, mujeres, infantes que crean que el mundo necesita acción, renovación y autenticidad.


Procuro no tocar con frecuencia y directamente los temas relacionados con la religión, porque es un asunto muy personal. Sin embargo, como escritor debo estar atento a lo que ocurre de importante en el entorno social.

No hace mucho que la comunidad católica cambió de piloto en su nave terrenal. El papa Francisco, con saya de jesuita y corazón de pobre moderno no ha demorado en afianzarse y tirar la brida de ese corcel llamado la catolicidad romana. Ese conjunto de dogmas, ritos, costumbres, tradiciones, oraciones y modos de comportarse en la vida que hacen sobrevivir una manera de ver la vida de una manera diferente a otras comunidades.

Ese conjunto, digo, de reglas que algunos llaman inamovibles, no lo son tanto. Porque los seres humanos, aquí y allá, nos movemos al ritmo de los avances que este planeta está viviendo. Nadie está exento de los cambios que llegan desde la ciencia, la tecnología, las comunicaciones, los medios masivos, el turismo y la mezcla de las culturas.

Cuando en el cónclave los purpurados se reunieron e hicieron las postulaciones y calibraron quién reemplazaría a Benedicto XVI, saltó el argentino al escenario sixtino. Y desde el primer momento puso la llama a temblar. Su nombre sin número, a secas, trajo a la memoria al mínimo pobre Francisco, que hablaba con las aves canoras y convivía con los pobres de su tiempo. Y ese ha sido hasta ahora su temple y sonido: el de una campana de umbría.

Su modo de vivir, su celda, su hábito, su comida, su modo de transportarse, su lenguaje claro, sin reservas de duda, su cercanía al pueblo y su compasión por los más débiles. Él, el primero, pone su ejemplo y —sin decirlo— está enviando el mensaje a sus correligionarios y al rebaño que va a la cola.

No lleva ni un año completo en el solio que ocupó Pedro hace dos mil años y ya su reinado causa admiración por su sobriedad, su carisma de brazos abiertos al mundo de hoy, se ha mostrado como un gran conocedor del corazón humano y de las penurias de nuestro tiempo.

No es un hombre mundano, se unta de pueblo como en Brasil, habla sus mismos problemas y alienta a los desvalidos. No se le ven aliños ni vestidos lujosos ni frases descalificadoras. No muestra afán de ser creído ni de ser un nuevo mesías. Sabe que es considerado el primer creyente y el líder de la principal comunidad que toma el nombre de Cristo–Jesús para enrutar a otros en la fe.

Acaba de decirle a todos los llamados superiores de órdenes religiosas, que poseen colegios y universidades en todo el mundo, que examinen cómo están presentando la fe a las nuevas generaciones. Porque los jóvenes se están apartando cada vez más de la religión. Oyen, de parte de obispos, curas de misa y olla y de sus profesores, frases que huelen a odio, a segregación, a desprecio por el modo de ser de sus semejantes. Especialmente ha hablado de lo que aún se presenta como fenómeno gay. En lugar de condenar a mujeres y hombres que siempre han existido, invita a la catolicidad a repensar cómo atraerlos a la fe. No lo considera un problema, sino un desafío para la educación.

Francisco parecía un hombre viejo y frágil cuando fue elegido. Pero hoy aparece lúcido y emerge como un humanista con lámpara de oxígeno que busca hombres, mujeres, infantes que crean que el mundo necesita acción, renovación y autenticidad.

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