Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Lourdes Arriaga

Cada petición a La Santa Muerte podría ser un indicador de lo que la ciudadanía valora y el Estado no garantiza. Es un mecanismo de control social informal.


La filosofía dice que el hombre tiene esperanza en un futuro y explica cómo funciona, la psicología estudia cómo, cuándo y bajo qué circunstancias la esperanza surge en la conciencia del ser humano.

Dice Tomás de Aquino que la esperanza es aquella virtud sobrenatural que cuenta con quien ofrece apoyo seguro. La esperanza propicia en la persona la certeza de alcanzar lo que se pretende facilitando el camino a la excelencia. "El que espera es imperfecto en cuanto a lo que espera tener y aun no tiene; mas es perfecto por alcanzar la propia regla, Dios, en cuyo auxilio se apoya" (II-II q. 17 a. 4).

Y, Erik Erikson, psicoanalista destacado por sus aportaciones en psicología del desarrollo, menciona que la esperanza es la virtud adquirida durante la primera etapa de vida del ser humano, desde el nacimiento hasta aproximadamente los 18 meses, en que la tarea a realizar es denominada Confianza–Desconfianza básica: cuando el bebé recibe el calor del cuerpo de la madre o primer objeto de amor, y es atendido en las necesidades de alimento, cobijo y protección. Es en este momento vital en que se desarrolla el vínculo de confianza que será la base de sus posteriores relaciones interpersonales. En esta etapa el individuo asimila el mundo como peligroso y se vuelve desconfiado, si no le es proporcionada la certeza de ser mantenido con vida, o de confianza si se sabe a sí mismo como merecedor de cosas buenas. A esta tierna edad se gesta la esperanza en el futuro y el mundo.

La esperanza es una necesidad muy humana que va más allá de ideologías, religiones, modelos económicos o gobiernos a los que se pertenezca. De no obtener la certeza en un futuro, que deberían proporcionar los elementos antes mencionados, el individuo la buscará a toda costa acomodando los elementos de su alrededor para sentir seguridad. Es así como en México y algunos países de América Latina surge el culto a La Santa Muerte.

Este fenómeno florece, según el estudio de Felipe Gaytán Alcalá (2008), en el poblado de Tempantepec, en el estado de Hidalgo hacia la década de los sesenta. Responde a la convergencia de varios aspectos: por un lado es la actualización sincrética del culto a la muerte de las culturas prehispánicas, Mictlantecuhtli y Mictlancíhuatl, respectivamente, "el señor y la señora del Mictlán", mundo de los muertos de los Aztecas, y el antecedente cristiano cuya iconografía europea de la muerte como la conocemos actualmente surge durante el renacimiento y está relacionada con las epidemias, la peste, y el arrepentimiento para acceder a una vida eterna antes de morir, porque después ya no hay nada que hacer (T. Sánchez, 2011). La promesa de otra vida después de esta pertenece a ambas cosmogonías que forman una idiosincrasia.

Permite la inclusión en la exclusión, ya que pertenecen a este culto tanto delincuentes como policías, políticos y amas de casa, los de dentro y los de fuera de la ley, los violentos y vinculados con Satanás (Maras Salvatrucha) y los no violentos (los demás fieles), "igualando las diferencias de poder y posición económica puesto que carecen de valor al momento de la muerte, todos morimos" (P. Castells, 2008).

La Santa Muerte es el intermediario entre los seres humanos y una entidad superior, y como podemos observar, esta ha sido una necesidad de todos los tiempos. Media por la solución individual de problemas como la enfermedad, búsqueda de trabajo, pago de una matrícula para estudiar, problemas de convivencia y muchos problemas más que se refieren a todas luces a la posibilidad de vivir dentro de un marco de derechos humanos: vivienda, trabajo y salarios dignos, libertad de creencia y prácticas religiosas, derecho a la vida y a la seguridad, que no son satisfechos en el modelo económico neoliberal que vivimos.

Para el siglo XX los derechos humanos quedan a cargo del Estado–Nación entrelazándose dos realidades: los derechos civiles y políticos centrados en la individualidad por encima del colectivo y los derechos humanos colectivos por encima de la individualidad.

En la Declaración de los Derechos Humanos de 1948, en un marco de término de la guerra mundial que afectó la definición de los derechos humanos, se restablece el espíritu de complementariedad individual y colectiva, y desde entonces esto ha sido una utopía. Aún vemos residencias lujosas frente a otras que no tienen un techo firme que cobije a una familia igual a la de enfrente. La concentración de riqueza en pocas manos ocasiona una terrible incertidumbre en la manera de resolver el presente y el futuro, todo esto conforma lo que Ulrich Beck (2002) define como sociedad de riesgo, en que el Estado ha perdido el sentido de defensa de los derechos humanos por sumergirse en este modelo económico egoísta y ventajoso que depende de la oscilación de todos los bienes y valores por sobre el bienestar del individuo.

De pronto la vida y la muerte valen lo mismo y surge el culto a La Santa Muerte como respuesta bizarra ante esta realidad cotidiana. La Guadalupana no pudo mejorar la situación con su figura amable y aludiendo a lo "bueno", entonces La Santa Muerte que mezcla miedo y manipulación, sí lo logra. Le da sentido a la vida, la muerte reivindica a la vida. Parafraseando a Paz, la muerte es la única certeza. Estos grupos imploran su protección para que la vida no sea tan sufrida y la agonía no carcoma el sentido de vivir.

"La muerte está conmigo, y si está conmigo puede estar contra ti, por eso es mejor que no me molestes". Es la respuesta ante una sociedad peligrosa, es un símbolo de defensa. Permite una re–organización frente a este desmoronamiento social y pone de manifiesto la ineficacia del sistema. Cada petición a La Santa Muerte podría ser un indicador de lo que la ciudadanía valora y el Estado no garantiza. Es un mecanismo de control social informal (Pilar Castells, 2008).

La muerte protege todas las veces menos la última, no defrauda a nadie porque después de la muerte no hay más nada, y todos hemos sido testigos de la existencia de la muerte; cuando la fe es respaldada por la experiencia, aumenta su fuerza emocional más allá de cualquier lineamiento emocional. Como dice Freud en El porvenir de una ilusión:

"(...) Ha de tenerse en cuenta el hecho singular de que los hombres viven, en general, el presente con una cierta ingenuidad, esto es, sin poder llegar a valorar exactamente sus contenidos. Para ello tienen que considerarlo a distancia, lo cual supone que el presente ha de haberse convertido en pretérito para que podamos hallar en él, puntos de apoyo en que basar un juicio sobre el porvenir" (1927).

Esperaremos algún tiempo para saber el derrotero de este fenómeno basado en la desesperada búsqueda de tener esperanza en el futuro.

6 Noviembre 2017 Carlos Eduardo Maldonado
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