Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Luis Fernando García Núñez

Un pueblo sin librerías y sin bibliotecas no ha logrado superar etapas de la historia que demuestran que la humanidad ha avanzado para su bien.


Muy lejos de la capital, en Santander, exactamente en el Socorro, he decidido montar una pequeña librería. En esa idea me ha acompañado la lingüista Neyla Pardo. Y la hemos llamado "La otra raya del tigre", como la formidable novela épica de Pedro Gómez Valderrama. Una pequeña librería es apenas un decir. Unos cientos de libros, todos títulos conocidos y algunos libros nuevos para universitarios, siempre pendientes de qué libros se pueden fotocopiar y, ojalá, no leer.

Y esta es la primera sensación extraña y molesta: sobre todo con los estudiantes de derecho que, con ajustada precisión, empiezan su recorrido académico traspasando las fronteras —casi inexistentes— entre lo legal y lo ilegal. Todavía nada saben de los derechos de autor, ni de las sanciones que se aplican a quienes cometan el abuso de copiar o fotocopiar obras. Y algunos lo hacen con el ¡Dios se lo pague! que, con abuso espiritual, van lanzando al viento como nuevos enviados de la justicia divina.

Pero volvamos al inicio de estas líneas. Fundar una librería lejos del asedio de una ciudad cada día más invivible es una osadía. Casi podríamos decir que una afrenta, una violación a los principios esenciales que juzgan a la provincia como de tercera o cuarta categoría. Esa es una muestra de nuestra rampante exclusión, del racismo y del desprecio que sentimos por el otro, por el que creemos diferente, menor en todos los sentidos. Y lo más triste es que, contadas excepciones, así lo creen quienes llegan desde pueblos y comarcas lejanos de los centros del poder y de la 'inteligencia': ¡se creen menores!

Pero ¿qué es una librería? y ¿qué una librería lejos de las capitales? Pocos quizás entiendan que en estos lugares no solo se venden libros, sino que —como más—, se habla de ellos, se concilian saberes y se discuten y proponen nuevas dimensiones para el desarrollo de la academia, de la ciencia y la cultura. Un pueblo sin librerías y sin bibliotecas no ha logrado superar etapas de la historia que demuestran que la humanidad ha avanzado para su bien.

Una librería reúne una pequeñísima parte de ese mundo que el ser humano ha transformado, reúne a unos cientos de los millones de autores que han tenido el valor de escribir y decir lo que piensan, o lo que imaginan, o lo que a veces les obligan a decir, o plantear doctrinas y divulgar conocimiento. Una librería es un tesoro que se pueden llevar todos a la casa, una biblioteca es un tesoro que podemos ver y leer desde allá, un poco más lejos.

Una librería lejos del poder y del bullicio es un oasis, un descubrimiento, una razón poderosa de la vida, una farmacia con alivios para el alma y para la vida, parafraseando el ya famoso epígrafe de la biblioteca de Alejandría. Y entonces desde ahí, desde ese distante lugar, podemos entablar ese diálogo con los escritores, con los creadores y descubrir que no somos ni más ni menos que los citadinos, que la inteligencia y el saber no tienen fronteras ni géneros, ni las lejanías geográficas limitan las capacidades.

Solo descubrir eso tarda un buen tiempo. Con frecuencia años, y a veces sin el éxito esperado. En el mundo de los desprecios suele ganar la ignominia, se vuelve dueña de vidas y de desaires. Nos arrodillamos ante ella y le rendimos pleitesía. No tenemos otro camino. No hay otro camino, y construirlo, o tratar de hacerlo, puede ser peligroso o, por lo menos, una aventura. Y vale la pena correr el riesgo. Una librería en esas condiciones es una epopeya. Decía García Lorca, en la inauguración de la biblioteca de su pueblo natal, por allá en 1931, "Y no olvidéis que lo primero de todo es la luz. Que es la luz obrando sobre unos cuantos individuos lo que hace que los pueblos vivan y se engrandezcan a cambio de las ideas que nacen en unas cuantas cabezas privilegiadas, llenas de un amor superior hacia los demás".

En esas anda esta pequeña, pequeñísima empresa que solo quiere entregar libros e ideas para cumplir un sueño grande, más grande todavía, un sueño que nos haga verdaderamente felices, si entendemos que esta, como dice el Diccionario de la Academia, es el "estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien", en este caso la posesión de un libro. De uno o de varios. Y las otras acepciones parecen comprometernos más en el sueño: "satisfacción, gusto, contento". "Suerte feliz". En esas anda "La otra raya del tigre", apenas empezando, como una suerte de radiante compromiso con este mundo que, de vez en cuando, tiene otros horizontes y otras búsquedas.

Los libros tienen enemigos y las librerías también. Enemigos poderosos y temibles, que cuando pueden queman ese brazo poderoso del saber. Tan fuerte es la presencia de un libro que hay que extirparlo para siempre, desaparecerlo antes de que su poderosa voz, su firmeza logre alcances insospechados. Los tiranos padecen cuando un libro habla de sus barbaries. Le temen a que llegue a las manos de la historia, porque quedan grabados para la inmortalidad sus crímenes, sus infamias.

Hitler quiso borrar cientos de obras formidables, como lo hizo Franco, o Pinochet, o Stalin. Nunca faltarán los epígonos de estos poderosos señores, verdaderos gérmenes del oscurantismo y de la estulticia. Sí, están marcados en sus frentes con el sello indeleble de la ignorancia. Nada los aterra tanto como la luz del saber, como la fuerza de la palabra, como el fervor que encierran los cientos de palabras que los descubren tal y como son. Imaginarán ustedes lo que entonces puede significar una librería, una biblioteca. Ese recinto sagrado que encierra un universo y que puede significar el fin de los más poderosos déspotas, de esos que con su voz melindrosa encierran las más temibles y diabólicas concepciones de la vida y de la libertad.

Aquí, unos cuantos kilómetros más al norte de Bogotá, en la capital de la Provincia Comunera, en el Socorro, apenas empieza un sueño. "La otra raya del tigre" es un recinto abierto para las voces que han dominado el mundo esencial de hoy. Aquí podrán ustedes conversar con García Márquez, con Saramago, con Hemingway, con Tomás Mann, con Margarita Yourcenar, con Sartre, con Stendhal. Aquí están Agatha Christie y Simenon. Y los poetas Neruda y Juan Ramón Jiménez, los ensayistas y los historiadores, y los otros, sin restricciones. No están todos, una ínfima parte de los tantos que han poblado este universo de las posibilidades, de los atardeceres, de las noches, de los dolores y las alegrías. Una librería, amigos, convoca todas las voces, a todas las oye, sin importar las distancias ni las dignidades.

Otra cosa bien distinta es estar de acuerdo con algunos de ellos. Eso depende de nosotros, nada ni nadie nos obligan, pero a todos los oímos. ¡Las decisiones son libres, libros, librería, libertad!

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