Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Luis Fernando García Núñez

La palabra es indispensable para contar la historia negada, la ocultada por los alaridos de los opulentos que disimulan su poder con la misma astucia con que esconden sus deslices, sus pérfidos deslices.


Tantas palabras todos los días. Inútiles e incendiarias en muchas ocasiones, adecuadas y claras en algunos momentos —pocos, infortunadamente—. Ahí están, guardadas para que la historia las utilice —eso se espera—, con acierto, con delicadeza, con honestidad, aunque la marca de quien las diga mengüe sus alcances. Muchas veces se van sin quien la oiga, las lea y las juzgue. El miedo las va arrinconando para que no queden huellas de su vigoroso pasado, de su tarea en el preciso momento en que fueron esgrimidas. Miedo al veredicto, a veces injusto, de quienes escriben la historia, pues ellos están aceitados por el poder, los odios, las inclinaciones, o el deslucido volcán de siniestras pasiones, de abultados intereses.

Para mal nuestro, como sucede aquí, en este embrollo de los cuestionamientos, de las hipocresías, de la barbarie, del mesianismo, del cinismo, de la corrupción, falta la autoridad moral que pueda detener el paso impetuoso de unos ídolos de barro que pretenden señalar el camino que se debe seguir, cuando su pasado y su presente están bañados por crímenes atroces que se han convertido en su carta de presentación. El reto queda para los que luego, apaciguadas las miserias del ahora, deban trazar los borradores del futuro. Quizás los jóvenes puedan rescatar, en un tiempo no tan lejano, el patrimonio de la palabra tantas veces hollada por la miseria de esos ídolos obstinados, de esos que se creen magníficos, elevados, profundos.

La palabra es indispensable para contar la historia negada, la ocultada por los alaridos de los opulentos que disimulan su poder con la misma astucia con que esconden sus deslices, sus pérfidos deslices. La palabra que trascienda los tiempos que, tal vez, tenga vigencia y guardada logré penetrar los últimos resquicios de la fatalidad y del desastre que se vive ahora, cuando ya el mundo parece empezar su declive, su fatal declive. La palabra que pueda sortear los laberintos de quienes hoy, con el mismo léxico, sostienen descomunales falacias y consideran, sin vergüenza alguna, que su actuar es patriótico, que su heroicidad merece monumentos y aplausos, cuando esa incierta forma de su proceder solo esconde su egoísmo, su avaricia, su sordidez.

Escribir, entonces, para que la palabra permanezca, para alentar en el mañana las otras voces, las que van por el camino de la entereza, del amor, de la entrañable fe en los humildes, en los arriesgados pasajeros del respeto por el otro, por el diferente que ayuda a la existencia de todos. La palabra que se arriesga para buscar el perdón, la compasión, la clemencia, la dignidad, la libertad, la ecuanimidad. La palabra que no sucumbe ante la intriga, ante la deslealtad. La palabra que respeta su esencia, que no cae de rodillas ante quienes quieren pisotearla esgrimiendo, con disimulo, aquello en lo que no creen, aquello que combaten con la misma insania con que luego lo defienden.

Escribir para que las voces de los apabullados puedan repercutir en un mañana distinto, si ese mañana es posible, si a él pueden llegar los nuestros que antecedan esta hecatombe a la que han conducido al mundo unos diligentes personajes, respetados por el miedo que infunden, por la capacidad que tienen de atentar contra la libertad, contra la vida. Una autoproclamada dirigencia cuya voz se oye por todas partes, divulgada por sus adictos escuderos con la inusual fuerza de sus arengas. Difundida por explosivos megáfonos al servicio de colosales intereses económicos, de codiciosos personajes con escandalosas y mal habidas cuentas bancarias. Usureros que borran los sueños de muchos con tal de quedarse con todo, de sumar a sus posesiones los territorios que les pertenecen, por historia, a otros que no tienen en sus costumbres esas de arrebatar lo que tiene dueños, ni de correr los límites ni allanar lo que no les corresponde.

Todas las palabras al servicio de la justicia. De la justa justicia. Sin miramientos, sin escabrosas interpretaciones, sin dilaciones semánticas, ni perfidias intelectuales. Cada palabra dispuesta para fortalecer la historia de los pueblos, no la historia de unos pocos, no la de esos héroes de papel, de pretenciosos y excluyentes juicios. La palabra al servicio de la humanidad. La palabra para confiar, para crecer, para soñar sin pesadillas. La palabra para la paz, para la tranquilidad, para la esperanza, para la felicidad. La palabra sin dueños, la palabra de todos, la palabra sin barrotes, sin hipocresías. La palabra, la definitiva, la que falta, la que ayude, la sensata, la magnífica, la que exima de la guerra, del odio, de la venganza, la que dignifique, la que alivie de la miseria de los opulentos. En fin, la palabra sin disfraces, sin artificios, sin miserias, sin ambigüedades. ¡La palabra tal cual es!

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